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OPINIÓN

Una semana y un día




862

En ocho días los argentinos concurriremos a las urnas una vez más para elegir a las autoridades políticas que definirán los destinos del país por los próximos cuatro años. Y por primera vez en más de una década tendremos un presidente, cualquiera sea el ganador de la compulsa, que no llevará el apellido Kirchner. Quedarán atrás doce años marcados a fuego por un estilo particular y ciertamente único de conducir el Estado. Finaliza un ciclo que selló la primera vez para unas cuantas cosas: un matrimonio sucediéndose en el poder, una mujer Presidente elegida por el mandato popular, dos patagónicos en la Casa Rosada en forma consecutiva y un proyecto político que alcanzó un récord, ciertamente, de continuidad: tres periodos era, hasta aquí, impensado.

Por lo demás, el saldo tendrá sus claro-oscuros según quien escriba la historia, y según también el ángulo que se utilice para analizar.

El matrimonio Kirchner puede haber cosechado cualquier tipo de sentimiento desde su manejo del Poder, menos uno: indiferencia. La generación de adhesiones no entra en discusión, pues los votos que los hicieron presidentes desestiman tal cosa, pero debe reconocerse que también –por las razones que fueran- se ganaron enemigos, dentro y fuera de la política, dentro y fuera del peronismo mismo.

Sí hicieron lo que en general hacen los peronistas, en cualquiera de sus variantes: detentar el poder, ejercerlo, y no sufrirlo. Un estilo que asegura a veces efectividad pero no siempre medidas justas. En eso fueron, y lo es Cristina, pragmáticos.

Los Kirchner dejan un país mucho más politizado que el que encontraron hace 12 años, lo cual es claramente un dato positivo de su paso por el Gobierno: ya no hay, como se dijo, indiferencia respecto a lo que se cocina desde el Poder porque, con sus bemoles, se ha instalado en todas las capas sociales la relevancia de la cosa pública, guste o no guste la práctica política.

No obstante, también debe reconocerse que en el afán por dotar de colores políticos a toda la vida social del país la vehemencia puesta en el camino no siempre resultó simpática ni cosechó los dividendos deseables: hay una profunda división que a partir de las ideas políticas genera enconos implacables, lo que no se condice con la vida en paz que se necesita en democracia. Acaso esa sea una tarea que le queda al gobierno próximo: morigerar esas pasiones, que ya están a flor de piel, y conducirlas para que se extirpen las peleas estériles y se robustezca el sistema. Pues, al fin y al cabo y más allá de los nombres, la historia de un país está marcada a fuego por el sistema de vida que sus habitantes eligen.


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