REL/RAW

20°
CRD

21.5°
PMY

22.4°
EQS

16°
PLAY

OPINIÓN

Chicos de ciudad




1.065

Sé que no me quemó. Pero el recuerdo es ardiente. Sulun, porque así llamaba yo al segundo esposo de mi abuela, por su nombre de pila, torció la ubre de la vaca, me apuntó y certero como un franco tirador me dio de lleno en la cara. Leche, bien fresca, por caliente que estuviera.

Hay allí, ahora, una casa moderna, de dos plantas. Jardín apagado pero prolijo, quincho del tamaño de una cancha de tenis y una camioneta importada de esas con tantos lujos que hasta te sirven el café, cuyo dueño lo toma sin siquiera imaginar la historia que tuvo que olvidarse para que duerma por las noches sin los ruidos de la ciudad.

Ya no existe el tambo, con sus corrales desprolijos, sus parvas de pasto seco acumulado para el invierno y esas vacas que mi abuelo, nunca supe cómo, llamaba a los gritos desde la puerta del corral para que con su parsimonia vinieran cada mañana y cada tarde, a ocupar su habitáculo para ser ordeñadas.

No lo supe entonces pero ahora confieso, 40 años después, que fui feliz en esa infancia sin muchas más pretensiones que pasearme libremente entre los manzanos, descabezando cardos con un palo como si fuera un guerrero celta y molestando a Sulun cuando trabajaba sobre las tetas de las vacas.

Sara Jane, la abuela a la que todos llamábamos nain, los nietos con derecho absoluto y el resto por pura costumbre, supo tener allí su casa de té, con sus tortas negras, su pan y su manteca casera, y el manjar más increíble que ha inventado el ser humano: la tarta de crema.

Había un galpón en donde se estibaban los cajones de frutas –peras y manzanas- y también un chiquero, con un par de chanchos gigantes que me producían pánico, seguramente por alguna historia metida en la cabeza por algunas de mis tías más jóvenes, que eran las únicas que vivían allí en la chacra.

La zanja, que en estos tiempos modernos denominan casi con eufemismo como “canal de riego”, cruzaba de punta a punta toda la propiedad que estaba rodeada por ese río magnífico que serpentea la provincia desde la cordillera hasta el mar.

Sulun, me han dicho, llegó allí cuando tenía unos pocos años y jamás se fue. Lo imagino elegante en su juventud, con su porte cumbre, sus bigotes finos y rubios, y su pelo peinado a los lengüetazos. Yo lo conocí cuando ya el tiempo, y las cosechas, le habían quebrado la espalda y la seriedad se había vuelto una sonrisa bonachona, que descartaba los malos tiempos.

Primero murió Nain, por cuyo cariño peleábamos celosa –y silenciosamente- sus nietos y poco después, yo creo que de tristeza, desafiando los diagnósticos científicos, se fue Sulun.

La mitad de la chacra, allí donde estaban el tambo, la casa y el galpón de los frutales, se vendió. Su nuevo dueño la despedazó en lotes, borró de un plumazo décadas de trabajos sobre la tierra, le puso servicios y ahora está poblada por gente de ciudad que duerme allí al compás de los árboles que mece el viento en las noches estrelladas.

Ya no se produce nada allí, ni ruidos.

Y, estoy seguro, tampoco infancias demasiados felices. A esos chicos citadinos nadie les apunta con la teta de una vaca y les tira la leche en la cara, que es una forma de felicidad.
 


tag
Agregar a Favoritos. En PC: CTRL+D | En Mac: ⌘+D