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OPINIÓN

Petranca




891

Roberto Petranca se despidió aquel domingo para iniciar su viaje a Oriente en búsqueda de un metafísico de leyenda cuyas historias, por esos días, lo tenían cautivado.

Ya no se lo volvió a ver. Algunos años más tarde envió una postal suya desde un lugar llamado Boksity en el que contaba su inminente ingreso a un monasterio de monjes oscuros que practicaban el celibato, ciertos ritos místicos y se abandonaban a la vida silvestre descartando todo lo mundano, y lo artificial, por lo que en casa de los Valderrama evaluaron que sería poco probable que le interesara la suerte que corrieran aquellos escritos que había olvidado en el cuarto de la azotea, que supo ocupar en otros años. Roberto Petranca decantó en ensayista después de actividades variopintas que probó con distinta suerte, casi siempre esquiva. Llevó con dignidad, sí, sus tiempos de sepulturero, tarea a la que se avino en una época lóbrega, sin encanto, que lo tenía hundido en el desánimo. Su caso fue, para la profesión, un tanto curioso: la tomó por elección desestimando otras tareas más seductoras, y su tránsito por el cementerio local resultó tan beneficioso que cuando valoró que era tiempo de cambiar de aires la Ciudad misma le rogó que examine la decisión buscando, quizás, un arrepentimiento. No lo tuvo.

Es que Petranca, lector empedernido de cuanto texto metafísico rescatara, solía inmiscuirse en los sepelios, mezclándose entre los concurrentes, y allí entablaba conversaciones fascinantes con los deudos, intimaba con ellos, y en muchos casos terminaba no sólo consolándolos ante la pérdida irreparable sino dando explicaciones insólitas del destino de las almas, los que van al “más allá”, justificando aquello de “pasar a mejor vida” y otros tantos asuntos de los que seguro había leído, o inventado, con gran prestancia. Con el paso del tiempo consiguió fama y era buscado en las inhumaciones. Se debió incluso elaborar un registro de pedidos para quienes deseaban tener el servicio en sus turnos laborales, y así se llegó al caso de que una enorme cantidad de familias, mayormente de la aristocracia del lugar, reservaban días y horarios para meses y años venideros aun cuando no esperaban desenlaces trágicos entre sus integrantes. Preferían esa prevención temeraria si es que así las chances de contar con su presencia se acrecentaban. Roberto Petranca era el acompañante perfecto de la muerta en la despedida final.

No se sabe bien por qué decidió concluir con esa tarea en la que tan a gusto se mostraba. Don Diego Valderrama, que lo cobijó en su casa y lo trató como familia propia durante años, contó tiempo después que las intenciones de acercarse a las almas devastadas por las pérdidas no siempre habían terminado de la mejor forma. No se supo de rechazos, pero sí de ciertas ocasiones que los consuelos fueron algo más que eso.

Al parecer Petranca tenía cierta predilección por la endeblez que presentaban las viudas en semejante estado, a las que les prodigaba especial atención. Su verba sutil, y seductora, hacía el resto. Logró manejarlo mientras el secreto se mantuvo entre dos, pero cuando Dominga Monteros, hermana del senador Reginaldo Monteros, cayó en sus garras tras perder a su marido en un funesto accidente comenzó también su declive, y su perdición. El de Petranca.

Sólo Don Diego se enteró del asunto pero reveló el secreto cuando ya lo pensaba escalando los Urales rodeado de librepensadores siberianos, alimentándose de vegetaciones salvajes, y cazando todo tipo de alimañas para sobrevivir.

Dominga Monteros, después viuda de Sánchez, nunca resultó la atracción de las fiestas. Nació a los tumbos y vivió una adolescencia difícil, luchando con sus excesos de carne y su nariz puntiaguda. Su propio padre, Lisandro Monteros, dudó de su salud cuando la vio tras un parto difícil y pensó que la niña estaba enferma, negando que la belleza pueda ser también interior y que no siempre se advierte en las facciones.

Su viudez le dio un cierto aire que a Petranca, que coqueteaba con las almas en pena, lo seducía casi insólitamente; y Dominga no fue excepción a la hora de conocer los encantos del sepulturero. Tuvieron un amor fugaz, secretísimo pero intenso que se concretaba en las oscuridades de los mausoleos o las hondonadas de las tumbas que el tiempo ocuparía después.

De pronto Dominga, que había sufrido con Sánchez el rigor de los casamientos políticamente correctos y el desprecio a su figura siempre oscura, poco atractiva, encontró en el enterrador de osamentas la luz que nunca antes tuvo, y jamás después.

La pasión nunca se extinguió pero Don Valderrama afirma que Lisandro, capanga de hectáreas infinitas y animales incontables, ruralista de eternas presidencias sociales, no soportó los rumores de aquel amor insólito, detestable, y puso su propia pasión y todos sus recursos para finiquitarlo. Don Valderrama sospecha que el viaje mítico de Petranca tuvo, también, algo de advertencia, bastante de temor, y mucho de instinto de supervivencia.

Cuando se revisaron sus escritos, esos que dejó en el olvido del cuarto del altillo, se encontraron ensayos interesantísimos y de los más variados, algunos con brillo literario y otros con oscuros secretos. Uno de esos hallazgos fue ésta pieza, que estaba escrita aun antes de ser escrita; mucho antes de que Roberto Petranca pisara por primera vez, incluso, algún cementerio.


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