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SOCIEDAD

Chau Misterix o siempre la ternura


Historias Mínimas.
08/05/2016 02:00

Por Sergio Pravaz

En Chau Misterix Rubén Petrucci y compañía asumen el riesgo, ponen el cuerpo y alcanzan el cielo con las manos porque los diferentes estados que logran cuando trabajan esa comarca que se llama infancia, resulta algo así como leer El Quijote, de lado a lado y sin respirar.

Resulta extraordinario observar los diversos niveles de ternura que se pueden dar arriba de un escenario; el cuerpo que tiembla y habla, el gesto que detiene toda una avanzada emocional para cambiar de dirección y profundizar aún más; el diálogo que acompaña pero apenas si sostiene sus palabras porque lo que se está jugando en el tablado acontece en una frontera intangible sobre la que hay que trabajar mucho para que la potencia deje de ser tal y se convierta en acto; como todo lo que habita al teatro desde hace, al menos, un par de miles de años.

Son los actores los que abren el libro y le dan vida a lo que hay allí esperando ese lance de magia; porque allí hay un país, un universo completo. Son ellos los taumaturgos que nos llevan y nos traen y meten la mano en nuestro corazón y así extraen ese pedacito que necesitan para arrojarse desde esas alturas que ellos transitan. Lo huelen, le pasan la lengua, se miran, lo comparten y se lanzan.

Así aconteció la noche de un sábado sin mucho destino que mutó en maravilloso al entrar en el teatro Verdi de Trelew para ver Chau Misterix de Mauricio Kartun.

El responsable de ese fogonazo fue Rubén Petrucci y compañía, porque son ellos quienes asumen el riesgo, ponen el cuerpo y alcanzan el cielo con las manos porque los diferentes estados que logran cuando trabajan esa comarca que se llama infancia, resulta algo así como leer El Quijote, de lado a lado y sin respirar.

Tanto Cecilia Euler, brillante en sus silencios, sus elocuencias y su parada actoral, como Nathalia Brunetti y Matías Rojas, cada uno con un rol al que saben darle la vuelta y ponerlo en acción, poseen un amplio registro de texturas y matices, siempre complejo cuando lo que se aborda es el paraíso perdido de la inocencia de la niñez y el inquietante paso a la adolescencia.

El imaginario de la cultura popular de los años 50, los momentos previos al baile de carnaval, el club del barrio y sobre todo un superhéroe poderoso como paliativo a una realidad difícil de aceptar que sirve para escapar a la sobreprotección, las frustraciones y las feroces contiendas del universo de los niños, desencadena los mejores momentos de la obra.

Petrucci no sólo es un actor de trayectoria y prestigio, por momentos parece un mago, un brujo o un encantador, por cómo se conduce arriba del escenario, sobre todo por los niveles emotivos que su cuerpo y su rostro son capaces de entregar al momento de jugar cada acción. Maravillosas las instancias de la mutación de Rubén a Misterix, y sobre todo, el regreso, luego de planificar y luchar contra los malhechores que azotan al mundo; ese retorno a la timidez, los problemas irresueltos, los odiosos anteojos que tanto lo irritan, que apenas si puede separar el movimiento de las pasiones que lo desbordan.

Se trata de un magnífico tratado sobre el juego de roles del mundo infantil, cuya dirección pertenece a Luis Rivera López. Es notoria la destreza de los actores madrynenses, luego de cinco duros meses de apalear carbón a la boca de una locomotora incansable para que conserve ritmo, afine tendones, prepare los huesos y apile parejitas las armonías y disonancias necesarias para que la notable paleta de hechizos que manejan Petrucci y su troupe, encandile cuando ellos se disponen a dar vida a ese otro mundo, que también es nuestro.


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