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SOCIEDAD

El amor en tiempos de escrutinio


Historias Mínimas, por Sergio Pravaz
29/05/2016 01:59

Cuando la gente busca el amor, éste suele aparecer en los sitios más inverosímiles y en los momentos menos adecuados. Pueden pasar años con ese espasmo indescifrable escondido detrás del corazón y la vida que los lleva y los trae como a cualquier hijo de vecino, pero cuando la flecha hace centro aguantando un viento de cola más poderoso que Marlon Brando en El Padrino cuando medio mundo le besaba el anillo, ahí sí, pierde entidad lo que informe nuestro sofisticado sistema de sensores, porque cuando te salen ojos de lince y el centro del alma alcanza niveles de potencia incendiaria, no importan los cataclismos, ni los compromisos, ni los malhumores de los políticos, ni las intrigas que como un pan se convidan a diario, ni los dientes apretados, las traiciones, los nervios, los apurones, ni el gentío de medio país que transitó por cada rincón de la honorable legislatura.

Todo aconteció entre marzo y abril del año 2011. Habíamos votado para elegir nuevas autoridades provinciales pero el carro de todos nosotros se empantanó de tal manera que unos empujaban para un lado, otros para el contrario, los de más allá indicaban en arameo vaya uno a saber qué cosa, los de más acá vociferaban y hacían señas que nadie entendía, los del medio se encerraban en su propia alquimia pero esas son gentes a las que la emotividad les cambia el color cada quince minutos; los de las gradas altas descansaban a la sombra del talud de los frailes, miraban todo con el ceño fruncido y se tapaban la boca con el canto de la mano, mientras los de gradas bajas iban y venían con papeles, carpetas, fotocopias, urnas, votos, planillas, mediaslunas, transpiraban y aceleraban el paso soñando con el final del día.

Fue un espectáculo fascinante para el espíritu observador, decadente y extraordinario a la vez porque todos los mecanismos de la democracia estaban en juego, como en un gran tablero repleto de perillas, botones, teclas, esferitas, palancas, clavijas, puertitas y llaves, con todas las luces encendidas y con el cortinado corrido de par en par, que todo el mundo diga, opine, reserve su argumento y largue al ruedo su opinión.

Y la carreta embarrada como nunca antes mientras por la noche bajaba desde el norte buscando su lugar, una tropilla de periodistas de todos los medios nacionales, los habidos y los por haber también, más los nuestros, que por cierto estaban de antes y conocían al detalle esa corte de los milagros establecida en plena casa de las leyes.

El forcejeo se presentaba como una parada brava y cada contendiente estaba dispuesto a ejercer su mayor destreza a fin de obtener su parte del león.

Todos hacían lo que creían que debían hacer y por eso, ocupados como estaban en sus intensos menesteres, nadie reparó en el fogonazo que aconteció en plena puja comicial. Fue un resplandor único que nació de la caprichosa urna celestina que tanto se nombró por esos días. Recorrió cada esquina del palacio legislativo atropellando a quien hallara en su paso y aun así, nadie reparó en ese maravilloso suceso.

El amor no cotiza en estas ligas donde se juega el destino colectivo pero en medio de ese escenario operístico, hubieron dos que se prendaron de tan magnífico modo que sólo por eso, el complejo, acalorado e intrigante escrutinio definitivo del año 2011 valió la pena; no sólo para la democracia, por cierto.

Qué sería del mundo sin estos eventos irracionales, desbordados, generosos en entregas hormonales que aceleran de tal modo a la razón que la ponen verde e inadecuada para proseguir con su intento de orden; si esto no sucediera, no habría canción popular, ni poesía, ni cine, ni imaginación apremiada por una combustión que te lanza a la estratosfera, ida y vuelta, en solo un pestañeo.

Aconteció en el sitio donde se sueña el futuro para que el dictamen alcance a todos, y fue justo cuando las ruedas del carretón de todos nosotros estaban más profundamente hundidas en el charco, pero qué le importa eso al amor?, qué pena puede sentir el amor?. No sólo hay que asegurar la especie gritó el trovador, también debe haber júbilo indicó el juglar, contacto visual, temblor, incertidumbre, confusión, risas sin motivos, ganas de compartir, un bebida, una reunión de dos, una comida, el salto tan temido.

El desatino de la creación humana es lo que siempre ha puesto temeroso al juicio y en el más inadecuado de los escenarios posibles la adhesión incondicional a los dictados del corazón, dijo presente.

Él carga con 70 y ella con 53. Son inocentes de toda práctica teórica ejercida en ese escenario de doctrina, pero ambos, cuando se acuestan por las noches y se miran a los ojos, piensan con alegría en las palabras del bardo español, Ángel González, cuando dijo “... para que mi ser pese sobre el suelo, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo”.

Finalmente, cuando se abrieron las urnas, hallaron votos, votos y más votos, junto a los rastros de dos plumas de cupido.

Algunos señalaron fraude; en realidad fue el amor.


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