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La magia en los pies


Historias Mínimas.

03/07/2016 02:00 a.m.


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Por Sergio Pravaz

El seleccionado de fútbol de la Argentina, además de ser la síntesis perfecta de todas nuestras desmesuras, es también y no provisionalmente, la sinopsis de nuestras más caras frustraciones.

Somos nosotros quienes le ponemos el ropaje de un perfecto Sísifo y su endemoniada condena para que cada vez que se presenta, sobre todo si es en un campeonato de fútbol, suba la cuesta empujando una piedra descomunal y diez centímetros antes de llegar a la cima se desmorone para comenzar todo de nuevo; y en tantas ocasiones el árbitro ni siquiera ha dado el pitazo inicial para que comience el partido.

Es muy difícil que nos conforme; si no es la filosofía, es la geometría, el bigote del técnico, el espesor del pasto, la panza de los periodistas, los planetas que se resisten, el jugador ese que tiene las medias caídas y mira fulero o directamente la sinarquía internacional, ese concepto con el que Perón corría a sus adversarios por derecha y por izquierda a comienzos de los setenta.

Lo cierto es que nada nos satisface; de los cinco o seis mejores jugadores de la historia del fútbol mundial, tres son argentinos, pero ¡queremos cuatro!. Fuimos los mejores del mundo dos veces y dos veces los casi mejores; bueno, ¡es poco!. Salimos campeones en dictadura y también en democracia, bueno, queremos más de ese último porque así ¡consolidaremos nuestro sistema republicano!. Le ganamos la guerra a los ingleses con los dos goles de Maradona, uno con la mano y el otro tan sensacional que lo estudian hasta los economistas y los matemáticos para elucubrar no sé qué tipo de teorías.

Todos somos directores técnicos y poseemos un oráculo personal a la hora del armado del equipo y el sistema de juego, más la elección de jugadores, y nos descoyuntamos la cadera si la estrategia elegida no coincide con la nuestra, esa que llevamos “in pectore”.

Desde el Papa Francisco hasta el último clase cuatro de la Administración Pública, somos capaces de hacer tronar rayos y centellas como para que se asusten los mismos dioses si el asunto no es como nosotros lo deseamos.

Somos como el coyote que persigue eternamente al correcaminos por todos los cañadones posibles inventando mundos absurdos por no hacer lo más simple, es decir, disfrutar la belleza del juego dejando nuestra incredulidad natural atada en el fondo del patio.

Pregunta al electorado futbolero: ¿alguna vez estuvimos enamorados de nuestra selección? O mejor dicho ¿es posible ese romance? ¿se da en algún país? ¿O simplemente somos como la pareja de esa canción de Joaquín Sabina que se llama “Ruidos”, en donde la convivencia es sencillamente fatal?.

Si nos equivocamos al votar a nuestras autoridades, vamos a la cancha y descargamos una artillería más pesada que la de “Boogie, el aceitoso”. Si la represión es feroz, vamos a la cancha. Si nos disparan como a patos en la kermés, vamos a la cancha. Si recuperamos la democracia, vamos a la cancha. Si el plan económico no funciona, vamos a la cancha. Si ganamos un Oscar o un Nobel, vamos a la cancha. Si se privatiza el erario público, vamos a la cancha. Si el tipo huye por los techos y se sube al helicóptero, vamos a la cancha. Si asumen cinco presidentes en siete días, vamos a la cancha. Si un argentino llega al techo del mundo y se pone la pilcha de Papa, vamos a la cancha.

En realidad, si lo observamos mejor, el fútbol es como una bendición laica; a todos nos iguala, nos empareja, nos deja desnuditos como recién nacidos, sin diferencias (como en el más caro sueño de la izquierda aunque el negocio lo maneje la derecha) para gritar, aborrecer y echar culebras por la boca sin ningún tipo de reparos; y también para disfrutar, porque el placer está incluido, más allá de que siempre nos arrojemos a los brazos de la sufridera sin dientes que nos espera para arroparnos.

Somos como esos poetas místicos españoles del siglo XVI que se debatieron entre la agonía y el éxtasis para suplir una carencia fundamental y aun así escribieron maravillas.

Ah, pero sí somos bien capaces de poner a la parrilla junto a la tapa de asado a todo el equipo completo si las cosas no salen como lo dicta nuestro trauma futbolero.

Al fin y al cabo, ese sempiterno Sísifo que también es nuestra selección nacional, lo es porque se animó a meterse en el armario de los capos del cielo y les robó los designios a los dioses para que nosotros, los mortales de a pie veamos de tanto en vez algo que valga la pena, una ilusión, una fantasía, algo de belleza, más allá de nuestros delirios colectivos, broncas y macanas.

Será nomás que así es la pasión, atropellada y sin ojos, con una soga tan larga que alcanza para atarnos a todos juntos y así nos dejemos llevar, unos ríen, otros lloran, otros se mueren de un infarto o comparten la cerveza, convidan el fiambre o hacen comercio del feo mientras algunos se encomiendan a la virgen de Guadalupe, y aquel que me afanó la bici o la novia se abraza conmigo cuando el gol nos llama porque así es la magia que se desata desde los pies y trepa que te sube como un fuego, nos pinta la cara de celeste y blanco, y nos olvidamos por un rato que la vida está afuera esperando, a veces muy brava, a veces no tanto.

Sí, será así nomás. Una pasión descontrolada y medio perra que nos permite largar una energía única, como para encender todas las luces de una ciudad y creer que el que tengo al lado es mi hermano, aunque no lo sea. Y ojalá que todo este fervor no se convierta en un castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

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