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Ay, Fidel


Historias Mínimas, por Sergio Pravaz, especial para Jornada.

04/12/2016 02:00 a.m.


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Por Sergio Pravaz

Ay Fidel, sí, hiciste bien en partir, ya era hora, aunque quedaran mil cosas por hacer, porque ese verbo es bien bravo, nunca concluye, es voraz y no se llena con nada, ah pero la leyenda, esa sí que reclamaba a su hijo pródigo, y eso que vos como viejo guerrillero con mirada de halcón para la geopolítica leyendaste de lo lindo en tu larga y cinematográfica vida, pero la historia, esa otra tía vieja, también te andaba reclamando como propio y etcétera y etcétera.

Finalmente es lo que iba a suceder, más tarde o más temprano y como a todos nos llega, bueno, a él también le iba a tocar, no sin antes incendiar palabras, dibujar árboles azules en la frente del mundo, respirar hondo para luego soplar como Hamelin pero con mejor destino, convidar a todos un banquete modesto pero bien servido, o mirar lejos y ancho durante tanto tiempo que cuando se despluman las chances aún se sigue soñando.

Sin dudas el hombre nació destinado porque desde chiquito inventó un país y un prototipo de país, singular y parejito para todos, para lo que hay, para lo que no hay, todo hermoseado por una disposición moral, como decía Immanuel Kant cuando se deslumbró con la revolución francesa y hablaba de un “pueblo pletórico de espíritu que puede triunfar o fracasar pero que no puede tener otra causa que la disposición moral en el género humano”, que en Cuba se convirtió en pasaporte y ofrenda al mismo tiempo.

Los logros obtenidos, muchos si consideramos que como nación estaban destinados a ser Haití, son gratis para el pueblo y para el mundo, y lo que aún falta y no llega, bueno, a seguir trabajando por ello, por más contradicción que haya y más allá de que arrecie la tormenta costera del norte lanzando palos, clavos y cornetas.

Pero justo es señalar que el comandante ya comandaba desde la época en que todavía tenía el sonajero en la mano y un habano en la otra. Es así, nació angelado y como fue educado por los jesuitas, aprendió desde temprano que dios no existe pero siempre está en los detalles, y fue de ese modo que comenzó a trabajar un tipo de convicción bien pegadita al temperamento de fierro que siempre se calzó al cinto, lo que le hizo pensar cómo son las cosas, cómo deberían ser y qué es lo que se debería hacer para que sean del modo correcto.

Y así ha funcionado y seguramente lo seguirá haciendo en el lugar donde se haya ido. ¿Se imaginan a San Pedro en la puerta del cielo preguntándole quién es y a Fidel pelando un discurso de ocho horas para contarle qué hizo con su vida?

Hay que decir también que fue un superhéroe latino pero más lindo que los del norte porque fue humano y hablaba la lengua que se habla de este lado del mundo. Como Camilo y el Che pero más longevo que sus amigos; o como el Chapulín Colorado, en la esquina del barrio, aquí cerquita, y bravo como todas las aventuras que le tocó atravesar, como si fuera un personaje de la literatura, mientras ponía un ladrillo sobre otro y sobre otro para construir un estado de conciencia general que nos sacó varios estigmas de encima y nos puso en una órbita impensada en el concierto de la naciones, señalando en el mapa de nuestro subcontinente una raya fluorescente para que se note y no se lo pase por alto así como así.

Una vez una paloma blanca se le posó en el hombro a Fidel en el medio de uno de sus maratónicos discursos; lo hizo para contarle parte de su futuro y de paso darle el aspecto de misa laica a esos encuentros multitudinarios, de religiosidad sin deidades, de liturgia racional para ser contada y compartida.

Sin dudas que la “La sinfonía del nuevo mundo” del gran Antonín Dvorák fue la banda musical de toda su vida, sobre todo el “Allegro con fuoco”, donde las tempestades sonoras arrecian y otras capas de sonido preparan el dramatismo necesario para lo que se acerca, todo es tensión y son pocos los momentos para la calma.

Finalmente alguien dijo, no recuerdo quién pero la frase es lo suficientemente elocuente como para determinar la estatura de este personaje que bien pudo blandir pistolas, espadas o argumentos en cualquiera de los maravillosos libros del boom latinoamericano -que estalló a mediados de los sesenta como una nueva avanzada editorial a nivel mundial-: “Millones de niños en el mundo dormirán en la calle esta noche; ninguno de ellos será cubano”.

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