Muhammad Alí cumpliría 75 años

Acaso el deportista más grande de todos los tiempos, fallecido el 3 de junio de 2016 en Scottsdale, estado de Arizona, el boxeador estadounidense estaría cumpliendo este martes 75 años de edad.

17 ENE 2017 - 18:59 | Actualizado

Nació como Cassius Clay, nombre "esclavo" según su propia consideración, un 17 de enero de 1942. Fue el primer boxeador en consagrarse tres veces campeón mundial entre los pesos pesados.

Pero su condición de "más grande" deportista entre todos los que lo precedieron y lo sucedieron estriba en el hecho de que Alí­ modificó la manera de entender lo contextual. Fue un adelantado y comprendió antes que nadie el entretejido de relaciones entre la difusión de su actividad y la participación de los distintos soportes periodí­sticos.

Además, Alí­ resultó el primer protagonista del deporte que "se plantó" a las corporaciones, al poder establecido. En este caso, al Ejército de su propio paí­s, cuando se negó a ir a la guerra a Vietnam, allá por 1967.

Por aquellos años, Clay (tal como se lo conocí­a por esos dí­as) ya habí­a disfrutado de las mieles del éxito y se habí­a consagrado campeón del mundo, tras derrotar a Sonny Liston, por nocaut, en febrero de 1964.

Alí­ no sólo rehusó ir a combatir a territorio asiático sino que argumentó los motivos por los cuales no concurrí­a: "Ningún pacifista puede alentar la guerra", dijo, cuando ya habí­a abrazado la religión musulmana y los lí­deres negros Malcolm X y Elijah Muhammad se erigí­an en sus guí­as o paradigmas.

El Estado norteamericano respondió como se presumí­a que lo harí­a: le retiró el tí­tulo del mundo de los pesados, la Justicia lo condenó a cinco años de prisión en suspenso y la prensa lo fustigó con dureza, cuando tiempo antes habí­a reconocido sus cualidades de boxeador.

"Yo soy negro, qué me puede ocurrir? Si temo ir a prisión? Cómo voy a temer si hace 400 años que la gente de mi raza no es libre?", desafió Alí­, para dar cuenta de las persecuciones racistas

que sufrí­an los negros en los 60, con el Ku Klux Klan vigente y los Estados Unidos en "ebullición pura".

Esa declaración fue, quizás, el primer eslabón de una cadena sustentada en la coherencia y en la fortaleza de sus convicciones.

Trabajó como nunca para recuperar el cetro mundial que le pertenecí­a ("Odio el entrenamiento, pero me digo sufre ahora y vivirás el resto como un verdadero campeón", aseveró) y en la ex Zaire (hoy República Democrática del Congo), en el corazón de una África indómita, en octubre de 1974, tuvo su chance y no la desperdició.

En una ciudad de Kinshasa convulsionada por el acontecimiento de "recibir una pelea de campeonato del mundo de los pesados", Alí­ volvió a ser "Rey", cuando venció por nocaut en el octavo asalto a George Foreman, desplegando sobre el cuadrilátero parte de ese arsenal boxístico que identificó su carrera: capacidad para pegar aún en retroceso, el juego de piernas necesario para bailotear sobre el ring como ninguno y esa justeza para colocar golpes potentes que minaban las resistencias de los rivales.

El público congoleño lo adoptó como í­dolo porque vio qué él "mejor que nadie" iba a convertirse en "el protector de los derechos de los negros". El ya mí­tico grito "Alí­ Bomayé!" ("Alí­ matalo", la traducción) atronó en el estadio 20 de Mayo, colmado por más de 100.000 personas, con el dictador Mobutu Sese Seko como testigo privilegiado.

Con su mentor y maestro Angelo Dundee en la esquina, Alí­ desplegó un plan de pelea perfecto: desgastó a Foreman, lo cansó y lo tumbó en el octavo round. Cuando las cámaras de la TV lo enfocaban, una vez consumado el triunfo, repetí­a a quién quisiera: "I`m the Greatest" ("Soy el mejor"). Disputó 61 peleas y ganó 56 (37 de ellas por la ví­a rápida).

Entre sus vencidos figuraron el argentino Oscar "Ringo" Bonavena, a quien superó por nocaut en el decimoquinto asalto, en el Madison Square Garden de Nueva York, allá por diciembre de 1970.

Ya retirado y con el mal de Parkinson que afectaba su cuerpo y su andar, Alí­ tuvo un reconocimiento de los estamentos oficiales de su paí­s que tiempo antes lo habí­an combatido con suma fiereza. En 1996, la organización de los Juegos Olí­mpicos de Atlanta lo eligió para encender el pebetero y declarar inaugurada la competencia. Una distinción tardí­a.

Otro reconocimiento llegó en 1997, en Hollywood, cuando el documental 'When we were Kings' ('Cuando éramos reyes'), de Leon Gast, obtuvo un Oscar.

El film, basado en la épica pelea que protagonizó con Foreman en Kinshasa, fue galardonado y allí­ estaba él, junto a George, ahora transformado en "mi amigo", tal como aseveró.

Con dificultades por la enfermedad que lo aquejaba, Alí­ subió al escenario, agradeció y descerrajó la frase que todos querí­an escuchar: "Todaví­a sigo siendo el más grande". La concurrencia asintió y respondió con una sonora carcajada.

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17 ENE 2017 - 18:59

Nació como Cassius Clay, nombre "esclavo" según su propia consideración, un 17 de enero de 1942. Fue el primer boxeador en consagrarse tres veces campeón mundial entre los pesos pesados.

Pero su condición de "más grande" deportista entre todos los que lo precedieron y lo sucedieron estriba en el hecho de que Alí­ modificó la manera de entender lo contextual. Fue un adelantado y comprendió antes que nadie el entretejido de relaciones entre la difusión de su actividad y la participación de los distintos soportes periodí­sticos.

Además, Alí­ resultó el primer protagonista del deporte que "se plantó" a las corporaciones, al poder establecido. En este caso, al Ejército de su propio paí­s, cuando se negó a ir a la guerra a Vietnam, allá por 1967.

Por aquellos años, Clay (tal como se lo conocí­a por esos dí­as) ya habí­a disfrutado de las mieles del éxito y se habí­a consagrado campeón del mundo, tras derrotar a Sonny Liston, por nocaut, en febrero de 1964.

Alí­ no sólo rehusó ir a combatir a territorio asiático sino que argumentó los motivos por los cuales no concurrí­a: "Ningún pacifista puede alentar la guerra", dijo, cuando ya habí­a abrazado la religión musulmana y los lí­deres negros Malcolm X y Elijah Muhammad se erigí­an en sus guí­as o paradigmas.

El Estado norteamericano respondió como se presumí­a que lo harí­a: le retiró el tí­tulo del mundo de los pesados, la Justicia lo condenó a cinco años de prisión en suspenso y la prensa lo fustigó con dureza, cuando tiempo antes habí­a reconocido sus cualidades de boxeador.

"Yo soy negro, qué me puede ocurrir? Si temo ir a prisión? Cómo voy a temer si hace 400 años que la gente de mi raza no es libre?", desafió Alí­, para dar cuenta de las persecuciones racistas

que sufrí­an los negros en los 60, con el Ku Klux Klan vigente y los Estados Unidos en "ebullición pura".

Esa declaración fue, quizás, el primer eslabón de una cadena sustentada en la coherencia y en la fortaleza de sus convicciones.

Trabajó como nunca para recuperar el cetro mundial que le pertenecí­a ("Odio el entrenamiento, pero me digo sufre ahora y vivirás el resto como un verdadero campeón", aseveró) y en la ex Zaire (hoy República Democrática del Congo), en el corazón de una África indómita, en octubre de 1974, tuvo su chance y no la desperdició.

En una ciudad de Kinshasa convulsionada por el acontecimiento de "recibir una pelea de campeonato del mundo de los pesados", Alí­ volvió a ser "Rey", cuando venció por nocaut en el octavo asalto a George Foreman, desplegando sobre el cuadrilátero parte de ese arsenal boxístico que identificó su carrera: capacidad para pegar aún en retroceso, el juego de piernas necesario para bailotear sobre el ring como ninguno y esa justeza para colocar golpes potentes que minaban las resistencias de los rivales.

El público congoleño lo adoptó como í­dolo porque vio qué él "mejor que nadie" iba a convertirse en "el protector de los derechos de los negros". El ya mí­tico grito "Alí­ Bomayé!" ("Alí­ matalo", la traducción) atronó en el estadio 20 de Mayo, colmado por más de 100.000 personas, con el dictador Mobutu Sese Seko como testigo privilegiado.

Con su mentor y maestro Angelo Dundee en la esquina, Alí­ desplegó un plan de pelea perfecto: desgastó a Foreman, lo cansó y lo tumbó en el octavo round. Cuando las cámaras de la TV lo enfocaban, una vez consumado el triunfo, repetí­a a quién quisiera: "I`m the Greatest" ("Soy el mejor"). Disputó 61 peleas y ganó 56 (37 de ellas por la ví­a rápida).

Entre sus vencidos figuraron el argentino Oscar "Ringo" Bonavena, a quien superó por nocaut en el decimoquinto asalto, en el Madison Square Garden de Nueva York, allá por diciembre de 1970.

Ya retirado y con el mal de Parkinson que afectaba su cuerpo y su andar, Alí­ tuvo un reconocimiento de los estamentos oficiales de su paí­s que tiempo antes lo habí­an combatido con suma fiereza. En 1996, la organización de los Juegos Olí­mpicos de Atlanta lo eligió para encender el pebetero y declarar inaugurada la competencia. Una distinción tardí­a.

Otro reconocimiento llegó en 1997, en Hollywood, cuando el documental 'When we were Kings' ('Cuando éramos reyes'), de Leon Gast, obtuvo un Oscar.

El film, basado en la épica pelea que protagonizó con Foreman en Kinshasa, fue galardonado y allí­ estaba él, junto a George, ahora transformado en "mi amigo", tal como aseveró.

Con dificultades por la enfermedad que lo aquejaba, Alí­ subió al escenario, agradeció y descerrajó la frase que todos querí­an escuchar: "Todaví­a sigo siendo el más grande". La concurrencia asintió y respondió con una sonora carcajada.


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