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OPINIÓN

Juvenal


Historias mínimas

14/03/2017 06:36 p.m.


659

Por Carlos Hughes / Twitter: @carloshughestre


Los hospitales tienen aroma a jazmines marchitos y rosas negras desechadas. Y sus salas de espera, la inopinada virtud de adecuarse a la lectura de Borges, por ejemplo, mientras el convaleciente espadea por la vida en el lecho lindante.

Pero sobre todo poseen la extraña cualidad de rasar las diferencias; allí probos y tahúres padecen por igual porque La Muerte elije azarosamente, menospreciando tales minucias.

Los mexicanos, que la veneran, afirman que la guadaña que lleva La Flaca representa un claro símbolo de equidad y armonía. Ejerce lo suyo, dicen, sin pudores ni favoritismos.

El inconcebible Juvenal Donoso Escamilla observó agudamente estos detalles cuando los puñales lo postraron durante meses, en la primavera de 1897. No era aquello un hospital, pero oficiaba de tal. Tampoco había médicos, ni enfermeras, pero un cura laborioso y dos monjas austeras se las arreglaban para sanar cuerpo y alma.

Un lustro antes Escamilla regenteaba damas de vida veloz en el puerto de Buenos Aires. Y antes de ello trabajaba de lava copas en un piringundín del Bajo, lugares siempre plagados de marineros generosos en cuerpo y bolsillo, y mujeres ávidas de dinero rápido, aunque no fácil.

Nunca conoció a su padre y creció junto a una madre lenguaraz que oficiaba de madama por la zona de San Telmo, hasta que una noche la encontró tumbada en su habitación con un tajo que comenzaba en la ingle y no tenía final.

El por entonces adolescente –estimamos- Juvenal deambuló por las noches de Buenos Aires oteando su destino. La necesidad, acaso la sangre, lo depositaron en aquel lupanar de ginebras ásperas, puros dudosos y risas estridentes.

Allí conoció a Galilea, que le reveló los secretos de las alcobas después de que él la rescatara de un marinero polaco totalmente borracho que la golpeaba violentamente por el precio de dos copas.

Galilea tenía boca generosa, de labios desafiantes, y una sonrisa universal en la que brillaba una fila de dientes celestiales. De ojos negros impenetrables, atropellaba con un par de pechos puntudos y una cadera rumbosa, de potranca experimentada; todo sostenido sobre dos piernas algarrobadas, macizas, siempre enfundadas en medias provocadoras.

Apuraron un amor viciado, azaroso, en donde no faltaron besos, pero tampoco reproches. Aun así decidieron independizarse del tugurio en cuestión, con ella como estandarte de un futuro de madama. Les fue mal y al cabo de un par de meses baldíos de suerte Galilea enamoró a un hacendado entrado en años y se mandó a mudar con él. Escamilla vagabundeó entonces por aquel puerto hasta que escuchó hablar de un asentamiento galés en el sur del continente.

Allí se perdieron sus pasos y recién lo volvemos a encontrar en 1890, asentado en un lugar llamado TreRawson –creemos-, dueño de un almacén de ramos generales y una tropilla de mercachifles que se adentraba en territorio inexplorado en búsqueda de clientes.

Al parecer hizo buenos tratos con los aborígenes que le supusieron pingües negocios. Por un valor que aquellos consideraban razonable les conseguía armas en desuso, pertrechos para la monta y sobre todo un alcohol borgeano que contrabandeaba desde la banda oriental.

Ganada su confianza, se hizo a la meseta para engrosar su capital exportando sobre todo cueros que canjeaba por paquetes de yerba, tabaco y unas ginebras arcanas, cuando las conseguía.

Cebado, Juvenal Donoso Escamilla subestimó la ira de los telúricos y comenzó a engañarlos en los trueques. Los aborígenes patagónicos, menos elegantes que los comanches de Hollywood pero más terrenales y dueños de una crueldad más mundana, sucumbieron ante su desconfianza ancestral y sospecharon. Entregaban bultos enormes y recibían poco.

Por cada cuero que exportaba, Escamilla lograba 10 kilos de yerba, 20 ginebras y dos bolsones de tabaco. Con una décima parte de ese botín les sacaba de las manos la materia prima a los aborígenes, que hicieron averiguaciones y –obviamente- lo descubrieron.

Hubo un último viaje al interior de la Colonia. Cuatro de aquellos bravos lo esperaron en el vado de un río y le dieron una tunda soberana, le clavaron dos puñales en las piernas y otros dos en los hombros, lo estaquearon a la carreta y lo mandaron de vuelta a la Colonia a modo de advertencia hacia los comerciantes ladinos. No lo mataron para que cuente lo vivido.

Juvenal Donoso Escamilla cerró el negocio, vendió todo y pasó el resto de sus días leyendo a los clásicos y recitando poemas en gaélico en la escuela dominical de los colonos galeses. Dicen que aprendió tales artes en la convalecencia, entre aquellas monjas.

Aún no había nacido Borges, lo hubiese leído con avidez.


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