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Historias del crimen/ Tan caro que te arrancan la cabeza


Por Daniel Schulman, especial para Jornada.

19/03/2017 02:00 a.m.


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Por Daniel Schulman
Psicólogo forense
Especial para Jornada


La era digital nos permite desplegar muchas más cosas que antes que existieran todas las tecnologías comunicacionales conocidas como TICs, y su aplicación a los diversos ámbitos de la vida cotidiana nos genera un ahorro de tiempo en un montón de actividades.

Así podemos ver que pagar muchas cuentas mensuales a través del llamado “homebanking” desde un simple teléfono celular nos ahorra el hecho de permanecer muchos minutos en una fila de un Banco u otro comercio para poder cancelar todas esas cuestiones. Desde la comodidad del hogar, o de cualquier otro lugar, uno puede pagar con el simple acto de apretar un botón o dos, y listo. Se terminó el trámite.

Pero claro, existen aún escépticos a esta avanzada informatizada, como así también existen muchas cuentas que todavía no están informatizadas y se tienen que pagar en metálico interactuando con el cajero o cajera. Y claro, lamentablemente, a veces también hay que interactuar con el resto de la gente que está en fila.

Así me pasó hace unos años. Yo era todavía bastante escéptico a pagar algunas cuentas así de manera “on line” y juntaba tres o cuatro boletas y me iba al local a pagar.

Me jodía igualmente bastante esa cosa de tener que ir, no tanto por el hecho de perder el tiempo, sino que siempre había alguno que se quejaba de que la fila avanzaba lento. Y lo que iniciaba alguno o alguna en esa onda generaba un efecto contagio en el resto, y la pobre persona en la caja era el blanco de todos los improperios. Hoy en día, en varios lugares del mundo, ser cajero o cajera es un laburo de altísimo riesgo: nunca falta el pelotudo que agrede.

Pero también es de alto riesgo estar en un fila esperando.

Así lo pude ver esa vuelta que estaba en la fila. Ese día salí tranquilo a la mañana de un sábado con unas tres o cuatro boletas en una carpeta y me dispuse a pagar lo adeudado.

Ya me molestaba un poco hacer eso en una mañana que tenía libre, pero pensaba que si el trámite se hacía rápido podría volver a mi casa y tomarme unos mates y aprovechar el resto de la mañana.

Así y todo llegué al local para pagar y la fila era bastante larga y avanzaba bastante lento. Me intentaba convencer, después de unos cinco a siete minutos y de que sólo hubiera avanzando en una sola persona, que la fila avanzaba a esa velocidad porque la gente tenía muchas cosas para pagar y que por eso la velocidad máxima era la que se estaba imprimiendo, y puteaba para mis adentros por no haberme llevado un termo con agua y el mate y al menos matear durante la espera, o por no haberme llevado un libro y leerlo de parado.

Y la fila no avanzaba. Y como no avanzaba no faltó la queja de la gente: “Che, ¿qué pasa que no avanzamos. Mirá que tengo que hacer otros trámites yo después?”, fue lo primero que se oyó a tono de molestia. “Chiquita”, dirigiéndose a la cajera, “¿empezaste hace poquito a trabajar acá. Apurate nena”, dijo una mujer entrada en años deslizando y amortiguando cierto tono agresivo hacia la pobre flaca que cobraba. “Flaca, ¿qué pasa que no avanza esto? Metele che. ¿No sabés laburar, vos?”, fue otro comentario que hizo uno de la fila.

Y la flaca no dijo nada al principio, pero después sin levantar la vista de lo que venía haciendo dijo a toda la fila: “Si la fila avanzara lento por mi culpa yo no estaría laburando acá. Tengan paciencia, por favor”. Y los ánimos durante unos pocos segundos se calmaron.

Pero claro, otro fulano que estaba en pantalón de jogging, pantuflas, remera de los Guns´n Roses y claros indicios de que no se bañaba hacía varios días empezó a putear a todos. No puteaba solamente a la pobre cajera. Puteaba a todos por haber optado estar ese día en ese momento en ese lugar.

Primero sus comentarios agresivos estaban bastante bien armados y tenían lógica. Uno no oía nada raro y pasaba por un ciudadano enojado. Pero al ratito empezó a decir boludeces totalmente incoherentes. No sólo puteaba sino que empezó a hablar de los ovnis, la inducción de ideas a través de la música y de que un tipo lo había cagado vendiéndole frijoles mágicos que al final no eran mágicos sino que eran cantantes, y que encima cantaban desafinado.

Hasta ahí todos nos empezamos a mirar entre nosotros, pero el quilombo se acentuó cuando sacó de la mochila un machete de esos que se usan en la selva misionera para abrirse paso y como acusaba al mundo de que en todo lo que se compraba le arrancaban la cabeza, decidió cortarle la cabeza a una mujer que había llegado hacía poco y no entendía a cuento de qué venía tanto alboroto.

Resultó que el fulano era un paciente esquizofrénico de un hospital de internación en salud mental y le habían dado el alta temporaria por ese fin de semana. Los médicos le habían recomendado a la familia que el paciente hiciera algunos quehaceres hogareños porque le iban a ayudar en su recuperación.

Cuando salió del local se paseó con la cabeza en la mano durante varias cuadras, hasta que fue detenido.

Hoy sigue internado en un hospital – cárcel de Mendoza.

Cada tanto, dicen los que laburan ahí, suele manifestar que los precios bajaron y que ya no te arrancan la cabeza, pero sí que te sacan un ojo de la cara.


tag crimen Informática
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