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Historias Mínimas / La edad de la ciruela


Por Sergio Pravaz, especial para Jornada.

18/06/2017 02:00 a.m.


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Por Sergio Pravaz

Que experiencia notable es ver teatro. Desde un ensayo a pura fajina, o el día del estreno, o mejor aún, asistir a la cuarta o quinta función, que es cuando la maquinaria ya arrancó y todos sus engranajes están en línea y los nervios del debut ya dieron paso al oficio y al temperamento dando forma a la trama de algo perfecto que hace sucumbir el aire que respiramos.
Así sucede con “La edad de la ciruela”, obra de Arístides Vargas, y la última producción del grupo de teatro Ampoya, un ex semillero de la Asociación Cultural El árbol que desde hace muchos años entrenan y entrenan como si tuvieran por delante el campeonato mundial de los pesos completos. Naturalmente que ese tipo de disciplina les permite montar sobre el escenario un montón de prodigios, como si sacaran conejos de la galera, pañuelos de colores por la nariz, naipes que se esfuman detrás de la palma de la mano, o mujeres que entran a un armario con un vestido y luego del abracadabra, se abre la puerta y ¡pum!, otro vestido.
Bueno, de eso se trata la obra; de mujeres que hacen la magia, abren la boca y pintan el escenario con la angustia de ese cuadro alucinante de Edvard Munch llamado El grito, o leen una carta que están escribiendo y nos dan las pistas necesarias para comenzar, o cuando se suben a las bicicletas y en medio de una huida hacia ninguna parte se confiesan sobre el dolor, la intolerancia, la impotencia, o la crianza que tuvieron.
Pilar Murano y Maite Luchelli Fassa, las únicas protagonistas de la obra, parecen dos sufragistas de comienzos del siglo XX, de esas que corrían todo el día para que no se les caiga el ideal y batallaban sin cesar para encontrar una voz colectiva que les de sustento en un mundo áspero de hombres ásperos que no regalaban nada y las fajaban sin piedad, por las dudas y entre tanto.
Las dos actrices llevan una multitud en su interior: hacen de tía, de abuela, vuelven a hacer de tías, luego de niñas, de criada, de hermanas y así entran y salen de los personajes como si fuera la cosa más fácil del mundo. Y no lo es, por cierto; pero recuerden que estas chicas se entrenan para el campeonato mundial de todos los pesos, y así, el músculo, que tiene memoria, le avisa al oficio, y este pone en acción al recuerdo que llama a los suyos, arma la asamblea y todas juntas se largan a hablar por la voz del autor y el texto, que es hermoso y está muy bien escrito, se disuelve en ellas dos, solitas ahí arriba llenando de luz todos los espacios con momentos de antología. Escuchen y pónganse atentos que va un pequeño panorama desde el puente: cuando ellas hablan de la belleza del ciruelo de jardín, o cuando luego de declamar sobre lo duro de la existencia concluyen que no son mujeres sino que son simplemente oficios. O cuando en el medio de una charla aparece una confesión asombrosa que lo cambia todo y no cambia. O los discursos sobre la soledad, o el debate sobre el tiempo, y el juicio al tiempo. Pura belleza hecha carne porque Murano y Luchelli Fassa no actúan, vuelan sobre el escenario, y hacen, al modesto entender de este cronista, lo más difícil y lo más inusual: hacen poesía ahí arriba; sí, leyó bien: poesía como el beso de Marcello Mastroiani y Anita Ekberg en la Fontana di Trevi, poesía como la multitud de mujeres en todas las plazas reclamando por el “Ni Una Menos”, poesía como el mensajero al poblador rural de la veinte, poesía como el puente de hierro de Rawson que es un viejo saurio encadenado sobre un río, poesía tirada sobre todos nosotros desde un escenario con dos féminas que tiene mil caras y hacen piruetas con los ojos cerrados en el borde mismo de la medianera y lo disfrutan tanto que nos contagian todo eso a nosotros, los espectadores.
Ellas son complejas, apasionadas, contradictorias, intuitivas, lúcidas, saben volar como pedía Girondo, pero son frágiles y hermosas, finas y torpes a la vez porque así las hizo la vida. Ellas debaten con fervor y someten a escrutinio todo, sin dejar nada afuera porque en el planeta femenino están convencidas que a pesar del temor absoluto que las inmoviliza en ocasiones, no hay nada que sea tan sagrado que no pueda ser discutido. Y eso las hace más encantadoras aún.
La dirección de Luis Molina hace que Gumersinda, Adriática, María, Jacinta, Francisca, Eleonora, Celina y Blanquita entren al alma de las protagonistas, se acomoden, estiren las piernas, se pinten las uñas, saquen el tejido, se miren a los ojos con odio o ternura y se larguen a rodar a partir de los gestos y los movimientos corporales de estas dos jóvenes actrices que brillan en el ámbito regional de las tablas.  
La música original y los arreglos son un gotero exacto en el medio del desierto con propiedades narrativas inocultables; fue compuesta por Horacio Pecci y Juan Llancamán. La escenografía surge de la habitual paleta minimalista de Ariel Testino.
La edad de la ciruela es una obra que sostiene la memoria como un elemento vital para que las imágenes del pasado dejen de ser confusas y el recuerdo no termine por sucumbir al paso inexorable del tiempo.
La obra posee una voz con la suficiente autoridad femenina como para pensar en esos versos de Olga Orozco, que dicen: “Quién no lleva en la punta de su arpón una ballena blanca”.#

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