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Historias Mínimas / Darle a las teclas hasta que echen humo


Por Sergio Pravaz, especial para Jornada.

09/07/2017 02:00 a.m.


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Por Sergio Pravaz

El tipo aprendió a escribir en las redacciones de los diarios por los que anduvo. Acumuló prácticas, modos y algunos conocimientos básicos mirando a los que más saben, y con el tiempo le apareció un estilo único de sentarse frente a la máquina de escribir, estirar los brazos como Bruno Gelber frente al piano y darle a las teclas hasta que echen humo, y sobre todo, a escribir sin pensar demasiado porque ese es un trabajo para después.
Así fue que Osvaldo Soriano se acostumbró a cumplir con uno y con varios textos de última hora, como siempre sucede durante el cierre de edición. Los escribía con la imaginación disparada y con las reglas fuertes del periodismo gráfico, y ya le aparecía detrás de las orejas, como si fueran alas, ese fino trabajo sobre una prosa que buscaba un poco más, ir hacia ese lugar al que es difícil llegar porque los párrafos que saben caminar como Steve McQueen no abundan y requieren un tipo de tensión especial; ir siempre adelante del carro tirando con decisión y sostener ese ritmo durante mucho tiempo y no sólo una tarde de gloria. Así se aprende a desconfiar de la inspiración porque esa es una señora que aparece muy bien vestida pero llena de caprichos y apenas si te deja un beso con gusto a poco haciendo que el tiempo no valga nada y se disuelva en el aire como un delirio místico. Pico y pala descubriendo el sendero, tres renglones por delante del sudor mirando alto y ancho, desmalezando para que las ideas y las imágenes que vienen atrás estén listas y aparezcan en cuanto les toque su turno.
Me encanta escribir sobre Soriano porque la lectura de sus libros me ponen camino del cielo, y aunque no exista ningún cielo esa es justamente la eficacia extraordinaria del autor de “El ojo de la patria”, yo le creo a pie juntillas, por eso me meto de cabeza en sus obras, sean novelas, cuentos o crónicas, porque me convierte en un devoto lector de historias de aventuras que me sitúa en una zona muy parecida a la infancia, donde asombro, melancolía, sorpresa, vértigo o inquietud no son palabras sino estados de ánimo que conviven con nosotros y los llevamos pegados al alma como la remera o el pantalón que nos negamos a cambiar por más que nuestra madre grite en varios idiomas.
El placer de la lectura a secas porque sus libros muerden y Kafka estaría contento porque fue él quien dijo eso sobre los libros y que si no te muerden en las primeras hojas hay que dejarlos de lado. Bueno, los libros de Soriano tienen dientes preparados para desgarrar nuestras heladas interiores, son fuertes para rescatar al soldado Ryan de la indiferencia más robusta y convertirlo en un prolijo lector, de esos que ponen el mantel, sirven la mesa y ni del salero se olvidan. Los datos que siguen no son ociosos: durante los ochenta y los noventa sus libros pasaron largamente el millón de ejemplares vendidos. En Europa se lo consideraba un semidiós de la literatura. El Washington Post y el New York Time saludaban la aparición de cada una de sus novelas. Muchas de ellas fueron llevadas al cine. Fue publicado en veinte países y traducido a quince idiomas. Escribió para los diarios (entre otros) La Opinión y Página 12 (Argentina), Il Manifiesto (Italia), Le Monde (Francia) y El País (España).
Aun así, en nuestro país la academia lo excomulgó sin dudar y lo hizo por motivos más pueriles que fundados. La envidia fue la adarga que blandieron los supremos gobernantes de la lengua, esos que desayunan escamas de pescado todos los días a la misma hora. Ellos codiciaban su asombrosa capacidad para narrar y su descomunal éxito de ventas.
Un libro de Soriano me dispara la siguiente imagen, sobre todo cuando concluyo con alguno de esos párrafos alucinantes que parecen recortados de la hoja de un diario pero pintados con esa maestría única que poseía: un novel escritor grita sin saber porqué, está exaltado, escribe sin parar, escucha a Deep Purple a todo volumen, canta en un idioma que desconoce, se mueve en la silla, sacude las piernas sin dejar de teclear y sigue así porque apareció una línea de texto que le roba un grito de amor, aunque sea imposible ponerlo por escrito. Eso señores, eso también es la literatura.
Hubo en Rawson hace mucho tiempo un bar de copas que se llamó “El Griego”. Al costado de la caja registradora había una foto del autor de “Cuarteles de invierno” haciendo “jueguito” con una pelota de fútbol; estaba debajo de un vidrio y tal vez esa sea la mejor síntesis para comprender el pacto inquebrantable que este autor irrepetible estableció con sus lectores.
Como Balzac, Soriano intentó su propia comedia humana para comprender y presentarnos su visión de la realidad argentina. Era un experto para tomar ese complejo pulso nacional. Su capacidad de observación era la misma que la de un águila con hambre. Lástima que murió tan joven. Este año se cumplieron veinte de su ausencia. Quizás hoy estaríamos leyendo una gran cantidad de sus nuevos libros. Quizás aún escribe y todavía no nos hemos dado cuenta.#


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