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SOCIEDAD

Morir por amor


Historias del crimen, por Daniel Schulman: especial para Jornada.

23/07/2017 02:00 a.m.


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Si hay algo que va contra la naturaleza humana, eso es no sentir amor, o al menos, no conmoverse cuando se está en presencia del mismo.

Pero como somos seres humanos, solemos construir, reglar normas que a veces van en la misma dirección que nuestras pulsiones, y otras que van en contra de las mismas. Así, vivir en sociedad, ya lo dijo Freud, es casi un padecimiento diario que genera ese malestar por la renuncia. La renuncia de las pulsiones.

Igualmente, este no es un escrito antropológico ni sociológico ni nada de eso. Este es un escrito más donde se puede ver que las pulsiones del alma fueron más allá de las reglas y las normas, avasallando todo eso que pretende marcar un límite artificial a cuestiones tan naturales y viscerales.

Esta historia llegó a nuestro país en una época en que no podía ser. Esta historia de amor se dio en unos años en que Argentina no era la Argentina de hoy, cuando ni siquiera nuestro país se conocía de esta manera, sino que su nombre era Confederación Argentina, durante el gobierno de Don Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio, o Juan Manuel de Rosas, como lo conoció más tarde la Historia.

Odiado por muchos hasta el día de hoy. Recuperado por otros, revisionistas y no tanto, que han encontrado cosas buenas en el Restaurador de las Leyes y el Orden, le tocó gobernar en una época difícil de nuestro país, donde las guerras intestinas, una vez concluida la Guerra de la Independencia, amenazaban con desintegrar ese conglomerado de provincias confederadas que habían delegado el poder central en su figura, y no sólo ese poder central, sino también “la suma del Poder Público”.

Entre los años 1847 y 1848 se comenzó a gestar esta historia, cuando todavía no declinaba la autoridad del Brigadier.

Camila O´Gorman era una mujer muy hermosa, ilustrada, hija de un matrimonio influyente de la Argentina de aquellos años, devota cristiana y practicante católica, joven, pianista y de una voz que deleitaba los oídos de sus oyentes. Su abuela, Anita Perichon, había sido amante del mismísimo Virrey Liniers.

Por esa época, la iglesia del Socorro, ubicada en la Recoleta Porteña, contó con un nuevo párroco, un joven llegado de Tucumán, de cutis moreno y mirada viva, apasionado por su profesión y más apasionado aún cuando daba sus sermones. Camila y este cura, Ladislao Gutierrez, rápidamente se hicieron amigos en la iglesia, y más tarde esa amistad se trasladó al domicilio familiar, lugar que Gutierrez frecuentaba asiduamente por Camila y por uno de sus hermanos, quien asistía al seminario en pos de convertirse en portavoz de la fe católica.

Así la amistad fue creciendo, aunque ambos, de a poco, se fueron dando cuenta que eso que sentían no era amistad, sino algo distinto. Se suele decir que dos personas que tienen una relación amorosa “son más que amigos”, pero las relaciones amorosas no son un superlativo de la amistad, sino algo distinto.

De esta manera, Camila y Ladislao se fueron enamorando, sintiendo algo que nunca habían sentido en su vida, apercibiéndose de que había algo de transgresor en ese sentimiento que los iba uniendo, y a pesar de eso, no podían dejar de verse y frecuentarse.

La fe católica del cura comenzó a trastabillar. Sus votos de castidad, esa normativa artificial a la ebullición pulsional, fueron cediendo paulatinamente, con la aceptación y crecimiento de ese amor prohibido por la ley de los humanos pero permitido por la naturaleza humana, dio lugar al acto de dejar todo para tenerlo todo. O lo que es lo mismo, largar todo al carajo para vivir su vida juntos.

Así, cuenta la historia que Gutierrez desposó a Camila bajo la mirada de Dios, pero no la de los hombres. Reconoció haberse equivocado de carrera, y luego de haber hecho eso, la novel pareja de dio a la fuga de la ciudad de Buenos Aires.

Los avatares por los que pasarían no habrían de ser fáciles. Pasaron hambre, frío, sueño, y miedo, todo en aras de alcanzar llegar a Rio de Janeiro, donde soñaban asentarse para alejarse completamente de la probable represión que sufrirían en manos del Restaurador.

Se fugaron a mitad de diciembre y el padre de Camila, Adolfo, hizo la denuncia unos diez días después, cuando ya se sabía qué había pasado con los entonces fugitivos. Para ese momento, ellos ya se encontraban en Santa Fe, con nombres falsos, prestos a pasar hacia la región mesopotámica, eligiendo Goya como lugar de residencia (que se extendió durante cuatro meses), lugar donde se hicieron pasar por maestros y abrieron una escuela para niños que fue la primera que funcionó en esa ciudad. Todo iba bien hasta que en una casa en la que andaban de visita, en Goya, se cruzaron con un sacerdote irlandés que conocía a Gutierrez, y fue quien encendió la chispa de la hoguera que terminó dando aviso al gobierno central. Camila y Ladislao fueron detenidos y trasladados hasta una de las peores prisiones que tenía nuestro país por aquellos años: Santos Lugares.

En celdas separadas pudieron compartir la novedad de que Camila se encontraba embarazada.

Manuela Rosas, hija de Don Juan Manuel, intentó interceder para que su amiga Camila no fuera condenada. Pero los planes del Restaurador eran otros. Dado que contaba con “la suma del poder público”, su voluntad era la ley. Y encarnando él mismo la ley, viendo que los otrora fugitivos no se sentían arrepentidos por las trasgresiones cometidas, mandó fusilarlos, sin juicio previo.

Como adorno de todo esto, ambos fueron sentados en sendos banquillos, con los ojos vendados, al son del redoble de tambores. Tres balas fueron para Gutierrez, quien murió en el acto. Cuatro para Camila, quien se retorció de dolor durante unos segundos.

Así como Rosas y otros intentaron poner un coto a las pasiones humanas, fueron estas las que le pusieron más tarde un coto a él.

Ese acto de crueldad no fue perdonado, y ahí empezó el principio de su final.


tag Amor crimen Historias del crimen
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