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Galensas y galensos en el mar


Historias Mínimas.

30/07/2017 02:00 a.m.


1.392
Por Sergio Pravaz

Los tres últimos días de navegación fueron un inmenso hastío en el conjunto de almas acurrucadas que tiritaban a bordo del velero Mimosa, más por la incertidumbre y el hartazgo que por el temor a lo desconocido, la humedad o el frío.
Esta empresa loca y descarriada de la colonización galesa sólo se sostuvo por el amor al otro, que es el conjunto y también uno mismo, porque cuando está por caer por la borda la esperanza que se fue tejiendo con el agónico retraso humano de la duda, cuando uno está listo para que el diablo lo desvista y lo acomode porque el bendito y perverso mar consume las pocas energías que van quedando, que ni orando al altísimo se calma por las noches y mece a todos por igual como si fueran nuevamente niños arrullados por quién sabe que misteriosas fuerzas de la naturaleza, aun así, con todos los padecimientos encarnados en el corazón, ellos continuaron con su marcha.
Fue la pura obstinación la que los acercaba a una tierra prometida que de tanto ser verbalizada se hizo fantasía, ilusión, espejismo, y que tal vez, sólo tal vez los esperaría allá, cruzando ese horizonte que nunca termina de aparecer a todos los que se fueron al agua arriesgando su única pertenencia, un sueño de libertad.
Alguien susurra unos versos, los dice lento como si tragara cada una de sus palabras. Ella los repite una y otra vez, como si las dejara caer al mar en el afán de que lleguen a algún lugar con tierra firme bajo los pies. Ella quiere llorar feliz porque quiere un hogar que sea de tierra firme. Quiere plantar un verso, quiere plantar un coro, quiere gritar, ser niña otra vez, correr sin rumbo sabiendo que alguien la espera en algún lugar. Ella quiere ser la mujer que fue allá en su patria vieja, regresar a los tiempos en que su mirada era otra. Ella quiere ponerse de pie y escuchar esa voz colectiva que los hombres dicen que habrá, ahí nomás, ya falta poco, es pasando el agua. Ella, mujer fuerte pero abatida, repite con la mirada perdida en la extensión líquida  que la rodea: “Ojalá seamos capaces de retomar el rumbo de nuestro mundo, mirarnos a los ojos, cantar juntos mientras bebemos, compartir la tierra, un pedazo de pan, otro de paz, otro de cultura. Que el temor y la desconfianza sean prendas olvidables y la solidaridad, las patas de nuestra mesa para que sobre ella echemos fraternas las palabras y los días. Amasemos nuevamente, compartamos el sudor y nos dispongamos a sonreír en conjunto. El camino es largo pero el ánimo no escasea. Empinemos la cuesta que el futuro tal vez nos aguarde y antes de soltarse, nos convide su pan y su bebida sentado en el portón de esta meseta”.
Pero hubo un arribo inesperado y hubo un primer día cuando ya nada parecía ser real, un barco extenuado que cruje desde su misma garganta, un grupo humano aferrado a la costilla de su quimera, el último aliento que se mueve al compás del viento y una epopeya que ilumina ese anhelo largamente buscado y duramente padecido.
Ellos supieron, más por intuición que por algún otro tipo de conocimiento que lo difícil es posible y que lo imposible no es real. Lo supieron porque esas cosas se saben por la piel y no por la razón, y cuando se siente en el costillar ese llamado que es el mismo que impulsó a Don Quijote a emprenderla contra los molinos de viento se llega a la costa deseada, aunque ese comienzo sea un mapa desconocido, hostil por el temor y la desconfianza, una tierra seca y dura pero soñada por galensas y por galensos, los que llegaron desde el mar para que su lengua, su arte y su credo alcancen el color y la temperatura que se les negaba allá lejos, de donde partieron.   
La historia de la Colonización Galesa en el Chubut es una película cuya trama chorrea pasión humana por los cuatro costados porque no reconoce fronteras ni arrojos para alcanzar aquello que fue reservado a un conjunto de mujeres y hombres que decidieron, a costa de perderlo todo, buscar su propia utopía en el otro extremo del planeta. El mes de julio fue el testigo, junto a  las bardas, el mar y el pez.
Finalmente, esa misma voz de mujer que sueña con ser nuevamente la que fue, murmuró infatigable hasta hacerse oír por todos: “Hagamos un fuego en la playa, sequemos los libros, el corazón y que las almas regresen porque hemos llegado, hemos arribado. Que nadie piense que esto es el fin del mundo. La libertad siempre es un comienzo, jamás un final. Es mucho el tiempo que nos espera y ya no habrá agravios pendientes. Hoy somos más livianos porque estamos naciendo. Atrás quedaron la espuma y la sal en las heridas. Todo será nuevo a partir de hoy y el dolor que nos espere será sólo nuestro. Esa será la voz principal. La mejor metáfora. Nuestra será esta comarca y nuestro el sufrimiento que nos lleve a amarla hasta que su fruto sea maduro como la hermosa manzana que cae del árbol. Que regresen los tiempos antiguos porque se acerca la época de una nueva siembra. A partir de hoy y nunca más por mano ajena, seremos nosotros, y con lo nuestro”.#

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