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Trilogía del crimen


Historias del crimen, por Daniel Schulman, especial para Jornada.

13/08/2017 02:00 a.m.


368

Por  Daniel Schulman  /  Psicólogo forense

Aunque la madrugada ya le había dejado lugar a la mañana, el sol aún no se asomaba y el frío invernal invadía sin tregua. Las calles se encontraban cubiertas con una mezcla de barro, escarcha, y una capa de rocío que se depositaba por la niebla que parecía no ceder.
Así la mañana empezaba como muchas otras, aunque el clima era diferente. Esa mañana el frío era más crudo y menos tolerable. Por tanto frío que hacía, el agua de la ducha nunca terminó por salir caliente, y la mujer tardó mucho más en bañarse. Así, también tardó más en vestirse y en salir a la calle. Todo costaba más esa mañana.
Cuando por fin cerró la puerta con llave, miró su reloj y se dio cuenta de que había pasado veinte minutos más en prepararse para salir que lo que solía tardar. Y claro, era lógico. Con tanto frío nadie quería salir, y por supuesto, con tanta niebla, los movimientos por el espacio público serían mucho más calculados y tal vez más torpes.
Se subió a su auto e intentó darle arranque. No pasaba nada. El clima, una vez más, estaba en contra de su día, y el auto no arrancó. No hubo caso. El sedán color gris plata no iba a arrancar ese día.
Después de un río de puteadas con afluentes y crecidas, la mujer optó por patear hasta el trabajo. Haciendo cálculos, si caminaba más o menos rápido, llegaría dentro de todo a tiempo, o por ahí un toque tarde, pero dentro de los límites de la tolerancia para esos casos.
Así emprendió camino a su laburo, a paso firme, mientras pitaba un cigarrillo y se cagaba de frío y veía poco y nada las veredas que pisaba  y las calles que cruzaba.
Faltaban pocas cuadras para que arribara a su destino, cuando sintió que chocaba con un cuerpo que venía desde su derecha, luego de haber cruzado una calle a paso rápido. Ese tropiezo la desestabilizó y tardó unos segundos en componerse, hasta que sintió un fuerte golpe en la cabeza, luego un estallido fuertísimo y más tarde se le nubló la vista, se mareó, comenzó a notar que las piernas ya no podían sostener su peso y se desvanecía. Casi como un instinto llevó sus manos a la altura del abdomen y un calor interior brotaba hacia afuera, dejando evidencia de que la vida se perdía en esa esquina, en esa mañana atípica, de frío, oscuridad y niebla.
Despertó en un lugar que no reconoció desde el vamos. Su cabeza le daba vueltas y el estómago le pasaba factura por una noche de mucho escabio y poco control. Se paró como pudo pero se tambaleó hasta una pared, donde se golpeó la cabeza, despertándose y despabilándose un poco más.
Entró al baño que encontró sobre un pasillo y se lavó la cara y tomó abundante agua. El fuego interno tenía que apagarse de alguna manera y la más rápida que encontró era esa. Luego de esa parada, recorrió los pocos metros cuadrados que restaban por explorar, hasta que reconoció algunos de sus compañeros de juerga, todos hechos pelota, durmiendo en el piso o en alguna superficie más confortable. Intentó despertar a uno pero fue imposible. El tipo parecía desmayado o muerto. Apenas si se podía percibir su respiración.
Encontró la puerta de salida y ya una vez afuera la niebla le impidió reconocer en qué lugar se encontraba. Nada de lo que recordara de la noche anterior le permitía saber dónde había terminado ni en qué circunstancias. De hecho, eran pocos los recuerdos que tenía de la noche anterior, aunque mientras caminaba calle abajo, con las manos en los bolsillos, tanteó un reloj de pulsera que nunca había visto antes. Ahí se dio cuenta que probablemente esa noche se habían mandado alguna con sus compañeros.
Mientras apretaba el paso para entrar en calor y vencer el frío, el bolsillo interno le devolvió una silueta que pudo identificar rápidamente. Esa silueta rígida, aunque chica, le dio un aire de seguridad y bríos de adrenalina. Ahí cerraba todo. Ese dato fue el que faltaba para terminar de hacer el rompecabezas nocturno que se encontraba desordenado esa mañana fatal de frío, escarcha y niebla.
Mientras llegaba a escasos metros de una esquina, su oído le permitió reconocer un repiqueteo de pasos apresurados que probablemente estuvieran cruzando la calle; unos pasos tal vez asustados o ansiosos por llegar a un lugar más seguro que una vereda oscura y con niebla, que por el simple hecho de estar en soledad, puede volverse más riesgosa aún.
Casi siguiendo en compás de esos pasos, sacó la silueta rígida del bolsillo interno del abrigo y asestó un golpe en la cabeza a esa persona que jamás pudo ver del todo bien, y con unos fuertes movimientos logró reducirla y dispararle, dejándola morir en una mañana atípica, de frío, oscuridad y niebla.
Dos calles más abajo no vio venir un impacto que le quitó la vida.
“Che, no veo una mierda. ¿Te parece que paremos un toque hasta que se aclare todo?”, le preguntó el conductor de la camioneta a su compañero que iba a su derecha, tratando de sintonizar una radio que hablara algo del pronóstico del tiempo. “Ni en pedo. Sigamos, sigamos que estamos re atrasados. Total, con este tiempo, ¿quién carajo va a andar en auto? Olvidate. Olvidate y sigamos. ¿A ver esta radio…?”. “No, no seas hincha pelotas. Esa radio no me gusta. Bancame que busco una yo”, dijo el que tenía el volante, mientras dejaba de mirar la calle para fijar su visión en el estéreo.
“¡Cuidado boludo!”.
Pero ya era tarde cuando su compañero lanzó la advertencia. Cuando pisó los frenos el cuerpo de un flaco, con una pistola en una mano y una cartera de mujer en la otra, ya había sido arrollado por esas gruesas ruedas de la camioneta.
“Che, agarrá el equipo y el móvil. Hay dos personas muertas, de manera violenta. Una por un arma de fuego y otra por accidente automovilístico. La primera es una mujer. La segunda un tipo, que tenía un arma de fuego. Vamos a ver si tienen que ver las dos muertes. Avisale al resto que salimos ahora. Y manejá vos, que sos prudente. No se ve un carajo afuera con esta niebla”. #      


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