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SOCIEDAD

Historias Mínimas


Por Sergio Pravaz, especial para Jornada.

27/08/2017 02:00 a.m.


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Nicolino Locche

De chico le gustaba plantarse en el medio de las vías a esperar que venga el tren. Parecía un monje, de pie, concentrado, calibrando cada músculo del cuerpo mientras sonreía a la mañana que clareaba allá por el fondo de la copa de los árboles. Cuando la locomotora mostraba la nariz en la punta de la curva, apenas unos movimientos para acomodar el esqueleto y a último momento, cuando ya la tragedia parecía inevitable, una finta imperceptible, los hombros levemente hacia adelante, preparar la tensión, abdomen, muslos, un movimiento de caderas y el salto maravilloso para dibujar un esquive que en el futuro lo haría célebre. La gloria se enamoró de él y le rozó con sus labios cada uno de los nudillos de sus manos. Le pintó en la frente la palabra artista y le dejó un susurro incomprensible que aún hoy, luego de mil batallas resulta difícil descifrar. Nada dijo de su vista de halcón peregrino y de sus reflejos perfectos como el trayecto del viento, y aun así, esos fueron los dones que le permitieron desplegar sobre un cuadrilátero, tanto en nuestro país como en cualquier parte del mundo, una magia inolvidable que lo convirtió definitivamente en “El Intocable”. Un ídolo sin par cuyo aporte al pugilismo es tan grande como los sueños de los que recién están llegando.  
Juan Domingo Malvarez

El corazón siempre le anduvo como desbocado; encaraba por una recta y así como venía doblaba, subía al ring y no se le movía un solo tendón. Su seguridad era su prestancia, esa parada del que sabe que sabe aunque dude que sabe. Puro potro le decían en el barrio porque si algo le sobraba era coraje y temperamento. Se formó guanteando contra el viento patagónico y así pulió técnica, desarrolló fibra y aprendió sobre la obstinación a la hora de enfrentar a un rival enorme. Corría todo el día por las bardas del Valle Inferior del Río Chubut y sonreía cuando la estampida alcanzaba su punto máximo; ese era el momento en que elegía su presa y cuando la tenía a tiro de brazo agarraba por el cuello un ñandú aterrado, lo paraba en seco y lo desafiaba a pelear. Las horas de sombra y espejo le dieron frutos maduros en grandes canastas porque era bueno en serio. La trayectoria de algunos de sus golpes fueron como esos rayos que iluminan la negrura de una noche cerrada. Logró pararse en el techo del mundo por un rato pero los dioses le fueron esquivos justo ahí, a medio metro del mayor de los logros. Le sucedió dos veces y aun así le alcanzó para una última cátedra; la dictó como para grabar la imagen de quién era. Sergio Víctor Palma nada pudo hacer para evitar el magisterio que le tiró por la cabeza el nacido en Trelew.
Omar Andrés ‘Huracán’ Narváez

El primer entrenador que tuvo le clavó el ojo y luego de mirarlo de arriba abajo, dictaminó como lo haría René Favaloro a la hora de arrojar un diagnóstico impecable: “el niño tiene talento natural”, dijo el viejo guerrero de los cuadriláteros y lo aceptó en su gimnasio. Cuando el futuro huracán se subió a un ring las lamparitas de la luz del galpón alcanzaron el máximo de su voltaje y comenzaron a estallar todas en hilera. Afuera en la calle se levantó un viento furioso que iba y venía juntando vigor; sólo aguardaba a que estuviera listo porque el prospecto del pequeño gladiador era una maravilla que había que terminar de tallar hasta concluir en la obra maestra que se convirtió con el tiempo. Los records fueron su desayuno y su merienda. Omar Andrés se acostumbró a ellos como el puma a la meseta. Iba para la cocina y rompía un record, salía al patio y rompía otro, hacía guantes y se le apilaban de a dos, de a tres y él los pulverizaba con solo estornudar. Siempre supo cómo ganar el centro del ring y también cómo leer el combate antes de que se produzca. Esa ventaja extraordinaria le ponía fuego en el pecho y contra eso señores, contra eso es muy poco lo que podían hacer sus rivales.  
Oscar Natalio ‘Ringo’ Bonavena

Cuando andaba de pantalones cortos ya tenía una fortaleza inusual. Le ponían dos baterías de auto, una en cada palma de sus manos, estiraba los brazos y era capaz de quedarse así, como un monje lama listo para iniciar el viaje que el destino le tenía asegurado. También solía permanecer sentado en la esquina de la calle de su casa mirando pasar la vida para soñar con los ojos abiertos. Imaginaba un futuro, soplaba torciendo la boca para un costado, sonreía y continuaba dándole forma a eso que se le presentaba bajo la forma de un designio. Algunas de sus apariciones fueron sensacionales, arriba de un ring y abajo también. Siempre le sobró confianza para encarar las epopeyas que lo distinguieron como un ídolo. Fue un maestro del marketing antes que ese concepto fuese tomado como oro por publicistas y asesores. Sus músculos habitaron en su cuerpo como lo hacen las abejas en el panal; fueron sus mejores credenciales para la vida que decidió llevar. Dirigía esa orquesta desafinada y poderosa una lengua sagaz que cubrió sin pudor todos los registros. Enfrentó rivales colosales y siempre fue él mismo, un tren lanzado a la carrera cuya dignidad se sufraga en una medida más profunda que el mero resultado de la contienda. Tal vez por eso el pueblo lo adoptó como el talismán eterno que es.  
Ray ‘Sugar’ Leonard

Como sucede en la película “Billy Elliot” cuando el protagonista debe decidir por el boxeo o la danza, en igual circunstancia estuvo Ray Sugar, quien felizmente para todos nosotros, se decidió por el deporte de los puños. Fue así que fajándose todos los fines de semana en el Club Social y Deportivo de Palmer Park depuró de tal manera su técnica que además de convertirse en el rey del gimnasio, comenzó a incluir pasos de ballet en el pugilismo local elevándolo en ocasiones a la categoría de arte insuperable. Un día empezó a notar que el asunto le resultaba sencillo y fue en ese momento cuando aprendió a volar. Nadie podía acertarle una trompada porque el tipo tenía una motoneta en cada pierna y levantaba vuelo luego de conectar una docena de golpes, jab, directo, gancho, cross, volea y al instante, no sólo ya no estaba allí sino que se había elevado por encima del encordado, bailaba y sonreía mostrando los 32 dientes blancos del mejor marfil de Carolina del Norte. Fue así que se le acabaron los guapos del barrio y eso que recién estaba comenzando. Luego le llegó todo junto. La gloria se agarró tal amor con él que le llenó la puerta de la casa con sus mejores dulces, demasiados para cualquier mortal. Así y todo, el moreno de azúcar ejerció su asombroso magisterio durante dos décadas completas.
Carlos ‘Escopeta’ Monzón

Derribaba oponentes como quien sacude la colcha en el fondo del patio, así, con un poco de empeño pero sin esfuerzo aparente. Sucede que le sobraba de todo; altura, osadía, estampa, dinamita en las manos y una computadora en la cabeza que le permitía resolver cualquier complejidad sobre un cuadrilátero. Todo lo que se le negó en su niñez algún ángel burlón se lo metió por las orejas cuando comenzó a guantear y le permitió ver que había una salida por ese lado. Si tenía un ají putaparió en los puños para qué iba a seguir hombreando bolsas, se dijo mientras comenzaba a soñar. Golpeó, golpeó y golpeó y siguió golpeando hasta que un día se encontró en Italia arrinconando a un tano desesperado que vio venir esa mano endemoniada y todas las luces se encendieron para él. Entrenaba de lunes a viernes mientras el ascensor subía y subía y hasta el cielo no paró. En un momento se encontró tan alto que le agarró el gustito y siguió repartiendo sablazos como quien hace sapito a la orilla del río. Y para eso hace falta meterle duro a la huella que el destino te obliga a marcar. Un día notó que esa soledad, sólo reservada para apenas un puñado, lo comenzó a marear y se puso a pensar si ya no era hora de hacer otra cosa. Miró para un lado, miró para el otro y no supo qué hacer; tiró unos cuantos golpes más y dijo chau. El gran campeón se evaporó en el aire y se convirtió en leyenda.#


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