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SOCIEDAD

Historias Mínimas


Por Sergio Pravaz, especial para Jornada.

03/09/2017 02:00 a.m.


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Lucas “La máquina” Matthysse
 
Si tu mamá y tu papá ejercieron el duro y luminoso oficio del boxeo, junto a hermanas y hermanos, ¿qué forma tiene el sonajero y el chupete que te dan cuando sos un niño? El aroma a resina se mezcla con la mamadera y hasta tus primeros trapos, esos que los lactantes buscan como elemento de primer apego como dice la psicología, son los vendajes de los puños. Y entre la escoba que sirve de caballo para jugar a los cowboys y las muñecas de tela abundan los guantes, los cabezales y el protector bucal. El planeta pugilístico mezclado entre los juguetes de los peques. Fue así que de tanto andar saltando en ese imaginario, uno de ellos, el menor, resultó con capacidades extraordinarias para vérselas con su destino arriba de un cuadrilátero. “La máquina” tiró sus primeros golpes bajo la atenta mirada familiar y a los veinte minutos parecía un púgil experimentado cuando su altura no alcanzaba aún el nivel de la mesa de la cocina. El día que la familia salió un rato a la calle a ver pasar la comparsa del carnaval, al regresar se encontraron con un joven lleno de músculos que hacía sombra y espejo con la confianza de Leonard frente a Durán en el segundo combate. Luego desaparecían al segundo los adornos del hogar cada vez que detonaba la nitroglicerina que había en sus puños. Esa es la estirpe del que fue llamado a conquistar el mundo.      

Muhammad Alí
 
Cassius Marcelus fue olímpico pero una bronca con los muchachos blancos de su barrio le puso sulfuroso el corazón y cuando vio todo rojo, la medalla terminó en el fondo del río esperando que el tiempo la corroa. Muy temprano la diosa fortuna le besó los labios y le dijo que muchos de los dones que le entregaba opacarían sus propios excesos. Recogió el guante el joven Clay y su personalidad se convirtió en un artefacto irrepetible. ‘Vuelo como una mariposa y pico como una abeja’ dijo una vez y sacó un golpe fantasma que aún hoy sigue siendo una obra maestra del renacimiento italiano; le alcanzó para derribar en apenas un pestañeo a Sonny Liston. Se bautizó a sí mismo como Muhammad Alí el día que se cansó de ser nieto de esclavos. Fue mucho más que un boxeador asombroso. La influencia que ejerció sobre su generación, en la política y en las luchas sociales fue notable, como su técnica o su temperamento. Cuando ganó la corona de todos los pesos, a poco de andar se la quitaron, le prohibieron boxear y lo metieron preso porque se negó a ser reclutado para matar gente en el sudeste asiático. Tuvo que apechugar conferenciando en bares, clubes y universidades hasta que los planetas se le alinearon nuevamente y comenzó a levantar el cartel legendario que hoy lo recuerda. No fue el mejor boxeador de todos los tiempos, pero sin dudas fue el más grande.
 
Roberto ‘Manos de piedra’ Durán
 
La bandera de Panamá tiene dos estrellas, una para Rubén Blades y otra para el Manos de piedra, que entrenaba todos los días incluidos los feriados empujando barcos por el canal, que en su país fue una herida absurda hasta que el broder Torrijos, quien merece también un lugar en el paño patrio, arregló todo el asunto y lo trajo de vuelta para que sea para el pueblo. El niño que fue Roberto fue un correcaminos bip bip que surcaba la ciudad como quien se siente dueño de cada vereda y cada calle; iba y venía entre los puestos de la feria robando manzanas, con una altura que no sobrepasaba el metro, siempre sonriendo y corriendo como si tuviera por detrás al coyote pisándole los talones. Tenía una inteligencia natural y ese desparpajo congénito que ayuda a crecer entre los pliegues más oscuros de la pobreza. El fuego que había en su corazón hizo que el primero que lo vio se lo llevara al gimnasio al trote y sin parar en las esquinas, como quien lleva en la carretilla la parte más valiosa de un tesoro precolombino. Así las cosas y a poco de andar le comenzaron a aparecer brillos por los hombros que le cargaron los puños con un poder tal que rápidamente le acercó el legendario apodo con el que forjó la leyenda que lo lanzó hasta las mismas estrellas, y allí se quedó, a vivir en la bandera de su país.     
 
Víctor Emilio Galíndez
 
Su torso parecía el tronco de un árbol grande y ancho cuando apenas dejaba la adolescencia. Niño toro le decían en el barrio, ahí va el niño toro, ahí va el niño toro. Resulta que sus furias interiores lo hacían resoplar como el más ilustre de los rumiantes,  golpear el piso con un pie varias veces arrastrándolo hacia atrás -en clara señal de advertencia o simple calentura- antes de salir disparado hacia adelante sin importar el tamaño de su adversario. Naturalmente a esa edad echaba espuma por la boca y ya le aparecía el don del coraje que siempre lo distinguió. Tenía un rostro tallado que bien pudo haber sido el de un personaje de la novela Pedro Páramo, y como ese legendario libro fueron algunas de sus contiendas, memorables y plenas del mejor realismo mágico, por su desarrollo, su vértigo y su extraordinaria capacidad de sorpresa. Como en Sudáfrica frente a Richie Kates en el 76, con un solo ojo y noqueando catorce segundos antes del final, luego de batallar peor que el condenado Sísifo en plena subida de su eterna cuesta, y Christodoulou con su arbitral camisa pintada de sangre latina que hoy se exhibe en el salón internacional de la fama del boxeo como si fuera un meteorito caído de Marte. Bueno, esa pelea sí fue un meteorito caído de Marte. Y Galíndez también.  
 
Gustavo ‘Mandrake’ Ballas
 
Cuando tenía cinco años él ya sabía que su futuro era cruzar el ancho espacio de un ring side. ¿Se imaginan lo extenso que debe verse a esa edad?.Bueno, él vino al mundo equipado por completo para tal faena. Su caja de herramientas tenía todo lo necesario: palancas, fintas, bloqueos, reflejos, piernas, una cintura prodigiosa y una vista estupenda para leer al contrincante. Su habilidad era sorprendente para hacerle creer a uno que estaba allí pero en realidad estaba en otro sitio; nadie podía ver el movimiento y él ya estaba en otro lugar. Por ese motivo lo apodaban Mandrake, como el mago de las historietas. Cuando entrecerraba los ojos y pegaba la planta desnuda de sus pies a la lona del cuadrilátero tensaba los músculos de su cuerpo y desaparecía. Siempre le salía ese truco aprendido en la calle. Con el tiempo conoció todos los secretos, menos uno, y aun así llegó tan alto que chocó con los talones de dios y eso le alcanzó para permanecer unos quince minutos a una altura que ninguno de nosotros podríamos imaginar. Allí arriba, tal vez pudo ver todo el panorama completo pero ya fue tarde. La cantidad de dones que le fueron dados no alcanzaron. El ancho espacio de un ring side, donde habitualmente oficiaba su alto arte restándole rudeza al oficio de los puños, se convirtió en su propio Waterloo.   
 
Salvador Sánchez
 
En cada uno de sus puños tuvo medio kilo del chile más bravo y puro. También la precisión de un astrónomo azteca porque la trayectoria de sus golpes fue tan certera como la primera luz que rompe el día. Fue uno de esos boxeadores equipados para subir hasta el cielo como quien encara la escalinata más larga de Teotihuacán y no se detiene hasta llegar a la cima para quedarse a vivir allí para siempre. Todo le fue dado, calidad, temperamento, categoría, estado físico, coraje. Lo único que no le llegó en cantidad fue el tiempo. Apenas un puñado como para mostrar lo que hubiese podido llegar a ser esa leyenda que ya comenzaba a despuntar, ese puñado de oro que relucía ante cualquier rival. Daba la sensación que Salvador venía ejerciendo el oficio del pugilismo desde hace por lo menos dos, tres siglos, tal era su confianza y su determinación. Aun así, en los pocos años que le fue permitido permanecer entre los mortales guanteó con dios y maría santísima, el de al lado, el de más allá y el de más acá también, y todavía le quedaba en el carrete tanto hilo como para marcar varias veces la distancia entre la tierra y la luna. Fue un prodigio del deporte de los puños al que nadie le vio las alas en ninguna ocasión; tal vez fue por eso que nunca se pensó lo poco que estaría entre nosotros.#


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