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OPINIÓN

Nadia




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Por Carlos Hughes / @carloshughestre

Bela y Marta Karoloyi no imaginaron aquella vez, impactados mientras observaban los movimientos elásticos de esa nena de seis años que jugaba en un jardín de infantes de Onesti, que muchos años después les cambiaría la vida, y en muchos sentidos.

A esa edad y en ese cuerpo mínimo, Nadia Elena Kemenes-Comaneci los atrapó sin quererlo, y sin darse cuenta, mientras jugaba los juegos que juegan las niñas a esa edad, rodeada de compañeritas de colegio, aunque la pareja que después sería su primer dupla de entrenadores sólo tuviera ojos para ella.

Fue tanto el impacto que allí mismo le preguntaron si quería ser gimnasta y Nadia, que nada sabía de eso, ni de la vida, se entusiasmó al instante.

Rumania era entonces, aunque esta criatura prodigio no lo sabía, un país que comenzaba a tener problemas. Bajo el poder de un cansado Gheorghiu –Dej, veía el nacimiento de un líder controvertido y popular, Nicolae Ceausescu, que para esos años ya acumulaba un historial frondoso de protestas, encarcelamientos y ascenso dentro del partido comunista, que gobernaba allí como en todo los países del bloque que cobijaba el hierro de la cortina que comandaba la entonces Unión Soviética.

Ceausescu compartió con Gheorghiu-Dej el encierro en un campo de concentración de Targu Jui, sobre el final de la segunda guerra mundial, y a partir de allí se convirtió en su protegido. Cuando este murió, en 1965, se transformó en su sucesor. Su popularidad creció de la mano de su posición desafiante a la URSS y alcanzó incluso repercusión internacional cuando, en 1968, condenó la invasión a Checoslovaquia que sofocó la Primavera de Praga. Todo ello aun sin ser la máxima figura política del país, aunque sí con la presidencia del Consejo de Estado que en sus manos constituía, en rigor, un poder paralelo.

Finalmente, en 1974, se convirtió en presidente.

Nadia Comaneci nació en 1961 y fue niña hasta los 6 años, pues comenzó a vivir como adulta ni bien fue reclutada por sus instructores, con los que entrenaba todo el día y quienes, como premio a sus esfuerzos, acaso como incentivo, solían regalarle muñecas cuando su tarea suponía un avance significativo.

Era una mujer ya adulta con sus efímeros 15 años cuando rompió la tradición de los Juegos Olímpicos para siempre: En su habitación de Onesti guardaba ya algunas medallas y 200 muñecas cuando cambió la historia en la justa de Montreal, en 1976.

Aquella vez cosechó cinco medallas (tres de oro, plata y bronce) y destronó a Olga Korbut, reina de la gimnasia artística, pero sobre todo sorprendió al mundo convirtiéndose en la primera mujer en obtener un 10 en barras asimétricas, hazaña que después repetiría seis veces durante su carrera. Su performance fue de tal magnitud que, al acabar su rutina, el mundo se sorprendió porque los carteles de puntuación aparecieron con un 1.0: es que el tablero de calificaciones solo estaba preparado para otorgar 9.50, considerada hasta entonces la máxima puntuación en un campeonato de gimnasia. Su actuación fue “biomecánicamente inconcebible”, dijeron los jueces.

Para entonces Rumania sumaba ya dos años bajo la presidencia de Ceausescu, que poco a poco construía la ingeniería para convertirse en un férreo dictador. Su gobierno estuvo atravesado por una política independentista respecto a la Unión Soviética pero fue feroz con sus rivales internos, además de excentricidades como la construcción del Palacio de gobierno (2do edificio más grande del mundo, después del Pentágono) que provocó decenas de muertes. Fue acusado de genocidio y todo tipo de tropelías, hasta que el pueblo se hartó de él y se lo sacó de encima. Pero antes debió soportar varios años de su tiranía.

Cuando Nadia volvió a Bucarest después de conquistar al mundo en Montreal su vida cambió por completo. Heroína nacional, Ceausescu vio en ella una figura a explotar para sí mismo y puso su dictadura a disposición para rodearla de privilegios y usufructuar así sus proezas deportivas. De pronto, la nena de Onesti pudo ingresar a las tiendas donde se vendían frutas, verduras y otros productos occidentales, y tenía acceso –junto a su familia- a lugares que les eran vedados a sus propios vecinos.

Esa vida siguió aún después de su retiro, en 1980, cuando inició sus estudios de educación física y comandó al éxito al equipo junior de gimnasia. Pero, en su intimidad, Nadia se sentía presa del déspota, quien utilizaba su figura de las formas más variadas para justificar ante el mundo su gobierno brutal. Por si fuera poco el hijo del dictador, Nicu, un bruto acostumbrado al oro de la holgazanería que proveía la tiranía de su padre, se obsesionó con ella y la persiguió demencialmente, relación a la que luego le atribuyeron mil atrocidades, aunque ella siempre las negó.

Una gira en 1981 la marcó: Bela y Marta Karoloyi, sus entrenadores, aprovecharon un viaje por el extranjero y huyeron del régimen del bestial Ceausescu. Nadia no fue inmune a este episodio, porque el tirano comenzó a temer que ella también desertara y la sometió a una vigilancia rigurosa que incluía la violación de su correspondencia, sus llamadas telefónicas y hasta los más mínimos detalles de su vida íntima. En esa gira del escape, Comaneci recaudó para sí mil dólares pero le dejó 250 mil a las arcas del opresor tras exhibirse en 11 ciudades de Estados Unidos.

La resistencia rumana, al tanto de todo, vio en esta mega estrella mundial la posibilidad de promocionar las atrocidades que ocurrían puertas adentro del régimen. Fue el exfutbolista Constantinu quien la contactó para idear un plan de fuga aprovechando una reunión del Comité Olímpico Internacional en Suiza. Ella aceptó pero todo se fue al demonio porque la Securitate, temible policía del dictador, registró la conversación que mantuvieron en un pequeño hotel de Bucarest. A partir de allí le fueron canceladas las salidas legales del país e innumerables invitaciones fueron rechazadas por el Gobierno sin que Nadia se enterara.

En medio de esa desesperación un techador de casas, Constantin Panait, le ofreció un salida posible, aunque riesgosa.

El 25 de noviembre de 1989, durante una fría noche y mientras la Securitate concentraba sus esfuerzos en el Congreso del Partido Comunista, Nadia y Constantín huyeron por los bosques y cruzaron clandestinamente la frontera oeste de Rumania. Caminaron a tientas en la oscuridad, entre árboles y barro, escaparon de ladridos lejanos de perros y evitaron las luces hasta que, varias horas después, llegaron a Hungría. Desde allí fueron a Canadá y más tarde a Estados Unidos. El destino, que suele ser irónico, terminó con Ceausescu un mes después cuando el pueblo se levantó en armas y lo terminó fusilando para ponerle punto final a su dictadura.

En Oklahoma, finalmente, Nadia Comaneci fundó su compañía junto a Bart Connor, el gimnasta estadounidense que se convirtió en su esposo y hoy, a sus 55 años, lleva su leyenda por el mundo y divide su tiempo entre su tarea de entrenadora, comentarios para programas deportivos y embajadora de distintas marcas.

Atrás quedó la oscuridad de Bucarest en los tiempos del cruel Ceausescu, y del bosque que cruzó rumbo a su libertad.


tag Carlos Hughes Historias Mínimas
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