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SOCIEDAD

Historias del Crimen / Informe post-mortem




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Por Daniel Schulman  /  Psicólogo forense / Especial para Jornada

Tal vez nunca le había tocado hacer un peritaje en una causa tan sensible y tan mediatizada y aun así no le habrá temblado la voz ni el pulso cuando se puso a laburar en el terreno y en las conclusiones más tarde.

El trabajo del perito siempre es un trabajo embadurnado en objetividad, protocolos, y cientificismo en definitiva. No puede dejar de lado nunca elementos objetivos, y si en su pericia encuentra elementos que se contradicen, tendrá que informarlo. Y si no puede llegar a una conclusión acabada y unívoca, tendrá que informarlo también. A veces a uno le gusta que le cierre todo lindo y bonito en su trabajo, pero claro que hay otras veces en que eso sucede, precisamente por la naturaleza del caso que le toca trabajar.

Y lo cierto es que este perito al menos alcanzó a transmitir sus conclusiones de manera verbal, y ya se sabe que a las palabras se las lleva el viento, pero en este caso no fue así. Sus palabras quedaron resonando a través de los años, y más tarde que temprano, el tiempo terminó por darle la razón.

Esa mañana en que recibió el llamado telefónico se encontraba en su oficina tomando mates con otro fulano de su laburo, mientras le comentaba lo que había encontrado en un caso que estaba trabajando. Le mostraba las fotos y le señalaba los detalles que lo orientaban en una dirección para alcanzar la conclusión que ya venía pergeñando. El fulano lo miraba serio y atento, y cuando terminó la exposición asintió con la cabeza y unos pocos segundos después con una frase. Estaba totalmente de acuerdo con lo que había escuchado.

Cuando el perito se estaba por servir otro lavado, su jefa entró rauda en el recinto, sin golpear la puerta ni saludar, cosa poco común en ella: generalmente tenía ese comportamiento cuando había algo picante en el panorama. “Venite a mi oficina. Hay un llamado para vos y quiero que lo atiendas ahí”. Recién cuando le terminó de dictar la orden vio al otro fulano que se aprestaba a irse. Ahí recién lo saludó y se disculpó. “Pará, no te vayas. Vení vos también. A lo mejor necesitemos un testigo en medio todo este quilombo”, le dijo cuando lo paró en seco, antes de que saliera.

Los tres fueron hasta la oficina de al lado y ahí el perito habló poco y nada con su interlocutor. La primera frase que escuchó fue lapidaria y todo lo que vino después casi ni lo registró. En esa primera frase estaba condensado todo lo necesario para hacer el laburo y sentir un escalofrío casi constante.
“Salís hoy mismo”, le dijo la jefa. “Sí, por supuesto. Dejame ir hasta mi casa y vuelvo”.

A las pocas horas el perito ya se encontraba en el lugar del hecho, que se encontraba debidamente resguardado, aunque la zona periférica era todo un quilombo enorme: policía, periodistas, cámaras, furgonetas con grupos electrógenos, curiosos… Todo el folklore multiplicado por mil. “La puta que lo parió. Qué quilombo”, se dijo a sí mismo el perito mientras saludaba al personal criminalístico.

En eso se le acercó el juez que puteaba con igual o mayor intensidad que el perito. “¿Cómo lo ves”?, le preguntó luego de unas cuantas horas de laburo de campo. “Todavía no saco ninguna conclusión. En cuanto tenga algo claro se lo adelanto por teléfono. ¿Le parece bien?”, contestó el perito. “Sí, bárbaro. Cualquier cosa hablamos”. Esa fue la última vez que se vieron. Volverían a hablar pero por teléfono.

El trabajo de oficina que siguió al trabajo de campo fue menos arduo en destreza física, pero sí lo fue más en destreza mental. El tipo iba uniendo elementos, formulando hipótesis, descartando más tarde si había algo que la contradecía. Todo un proceso de construcción y reconstrucción. Hasta que llegó a una posición en la que no había dudas: no se trató de un accidente. “Acá hubo criminalidad”, se dijo a sí mismo.

Eso fue lo que al día siguiente le dijo al juez por teléfono, cosa que el magistrado sostuvo hasta el cansancio, aunque muchos no le creyeran y se empeñaran en ensuciar sus dichos. Pero después de esa llamada el perito de la Fuerza Área, Miguel Lucow, jamás pudo volver a hablar con nadie.

Cuando intentaba salir de su casa a escasos días de esa llamada, sufrió una balacera “en ocasión de robo” y murió en el acto. Su billetera con pocos pesos no fue tocada ni durante ni después del homicidio. Nada le robaron. Pero sí lo mataron. Y el presunto homicida, que fue detenido, murió a los pocos días, sin poder declarar ni aclarar nada del asunto.

La cosa, igualmente, no terminó ahí, porque en esas maravillas que supo tener nuestro país, a los meses de su muerte, Lucow se las arregló para confeccionar su informe pericial y arribar a una conclusión totalmente opuesta a la que le había comunicado al juez por teléfono: que el helicóptero de Carlitos Menem se había caído por accidente, cosa que el expresidente primero afirmó categóricamente y más tarde terminó por sostener que se trató de un atentado, aunque más de eso no dijo.

El resto de la historia que sabe Menem es algo que seguramente se llevará a la tumba, tal como hizo con Lucow y otros tantos que tuvieron la desdicha de tener contacto directo o tangencial con el caso.

Carlitos Menem, como tantos de otros de nuestros muertos, todavía no descansa en paz.#


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