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SOCIEDAD

Historias Mínimas / Textos


Por Luis Jones, especial para Jornada.

19/11/2017 02:00 a.m.


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Marcos lo sabe

Marcos sabe todo y cuando está en casa lo demuestra. De lo que a uno se le ocurra. Historia, Filosofía, deportes y también actualidad política. Tanto nos asombra que a veces nos proponemos ponerlo a prueba. El otro día nomás Carlos, nuestro hijo mayor, había leído sobre la vida y obra de Picasso. Se tiró un lance con Marcos para averiguar cuánto sabía, pero antes de comenzar a responderle le pidió si quería conocer sobre obras de la etapa figurativa o abstracta. No hizo falta que le comunicara la elección. Empezó a hablar de ambas enumerando la producción del pintor y extendiéndose hasta los vaivenes de su ideología política.

Marcos llegó a casa como amigo de uno de nuestros hijos. Ya tiene veintiún años y claro su sapiencia se ha hecho ilimitada gracias a Internet. Le agradecemos cuando viene porque su tiempo es escaso. Se entiende, estudia Sociología y trabaja en una agencia de viajes. Allí se da el gusto de responderle a la mayoría de los turistas extranjeros en el idioma natal. No totalmente, pero a la mayoría los maneja por los menos en el básico. Por su trabajo ha sido beneficiado con algunos viajes dentro y fuera del país y eso por supuesto le ha agregado sabiduría. No le atraen los deportes con compromiso físico. Es que Marcos no cree en el azar. Confía en la inteligencia y la estrategia, por eso ama el bridge que, dice, es el ajedrez con naipes. Sin embargo no le dedica mucho tiempo porque si bien refina la estrategia le resta espacio a la hora de acumular conocimientos. Tiene otras cualidades de las que nunca se jacta, dice lo que sabe y calla. No obstante nosotros por lo menos sentimos que él hace realidad aquella frase “Nada peor que el que todo lo sabe y lo dice”.

El otro día una tía de mi esposo quiso correrlo por el lado de la literatura. Yo definiría el diálogo como el encuentro entre un gato y un león. Dejó que le diera algunos manotazos y luego se la devoró, en conocimiento, se entiende. Y no es sólo con nosotros, el otro día nos contaba que al ver la identificación del taxista que lo llevaba, notó que podía ser descendiente de algún habitante de los países que integraron la Unión Soviética. Tanto exprimió el árbol genealógico del chofer que le encontró un primo que, a su saber, había dirigido ópera. A veces nos cansa pero casi siempre nos moviliza. Es como si desde su llegada fuese tejiendo una telaraña de interrogantes sobre diversos temas y cuando elegimos uno, nos atrapa. Las visitas frecuentes de Marcos han aceitado nuestra relación con él y como a veces nos quedamos con ganas de preguntar más, ha ideado una agenda temática que usamos toda la familia. La vamos integrando durante su ausencia con las dudas que nos interesan disipar a su retorno. La semana pasada inclusive se permitió dejarnos una tarea para cumplir antes de su nueva visita. Empezaba así “Alfonso fue a despedir a su hermano llorando. ¿Quién lloraba, Alfonso o su hermano?”. Todavía no hemos podido descifrar este intríngulis gramatical, pero nos apasiona.

Marcos anda muy ocupado por estos días porque debe dar un examen y naturalmente él no se permitiría una nota por debajo del 9. Nosotros, como siempre , lo aguardamos con ansiedad. Nos prometió explicarnos las razones por las que Argentina, teniendo tan buenos jugadores de fútbol, ganó sólo dos mundiales. Seguro que nos va a dejar satisfechos como siempre. Es que hay que reconocerlo, Marcos sabe todo.

De tanto dar

Era de “Hacer el bien sin mirar a quien”. Cada vez que salía de su casa llevaba en el bolsillo del saco, bien a mano, una discreta cantidad de monedas. Luego de los treinta y cinco minutos de colectivo, caminaba siete cuadras hasta su trabajo. El primero en encontrar sentado con la espalda en la pared y la muleta al lado fue un ex combatiente de Malvinas. Sin dudarlo le extendió la limosna. No había caminado dos cuadras cuando alguien le hizo un gesto desde la esquina. Al acercársele reconoció a quien fuera su compañero en la Marina durante el servicio militar. Mal entrazado, le contó su historia más llena de tristezas que de alegrías, sucedidas en tanto tiempo sin encontrarse. Concluyó con un pedido de efectivo para ir armándose un vestuario más decoroso y presentarse a una entrevista de trabajo para salir de la ruina. Se detuvo luego en una vidriera donde un par de mocasines atrajeron su atención. El precio era razonable y los necesitaba, otro día entraría, ahora el tiempo lo apremiaba. Al dar vuelta la cara para seguir se topó con un joven alto, barba incipiente y vestiduras informales. Le solicitó auxilio para juntar monedas para regresar a San Isidro antes que oscureciera. El bolsillo del saco se iba alivianando y la billetera igual, recordando que a ella debió apelar por el amigo desempleado. Al volver, ya tarde, a una cuadra de la oficina se le cruzó otro pedido. Este era urgente, una compra de medicamentos receta en mano. La derecha entró y salió del bolsillo sin nada. Lamentó su imprevisión para volver a casa. Vivía lejos, muy lejos para una limosna. Se sorprendió que su generosidad se le había vuelto en contra y que para este caso no se había dado aquello de “El que da recibe”. Pero no le quedó otra y el verbo dar empezó a cambiarlo por pedir. Cuando llegó a casa esa noche su señora estaba inquieta. Fueron casi dos horas más de lo usual y le costó mucho convencerla que su bondad lo había convertido en mendigo.

La barrendera y su escoba

Hasta hace unos meses atrás Carola era apenas una barrendera. Tenía un cuadro familiar complejo. El esposo enfermo, una niña en la escuela y su abuela viviendo con ellos. De tanto limpiar se aburrió en el trabajo y comenzó a hacer malabares con la escoba. Muchos paseantes la gratificaban mirando y aplaudiendo, algunos le dejaban monedas. Empezó a sentirse en otro mundo. Se ausentó del real y descuidó la limpieza. Hasta faltó algunas veces. Intervino la supervisora por quejas y sin más la echó.

Dejó el uniforme y por supuesto las concurridas calles que atendía. Se las arregla para sostener a la familia. Atiende un puesto de verduras por la mañana. Por la tarde, día por medio, trabaja en una cooperativa en su barrio donde hacen artículos de limpieza. Carola está tan contenta como antes porque a ella le tocó hacer escobas.

El ladrón

El vecindario hablaba solo de eso. La primera en ser robada fue la señora Benavidez. Vivía sola y sospechaba que la habían observado cuando salía. El ladrón era silencioso, rápido y no dejaba huellas. Después le tocó al matrimonio Segovia. No tenían hijos que vivieran con ellos y bastó que el sábado fueran a ver a sus nietos para que su casa fuera asaltada. El ladrón era selectivo. No robaba cosas de gran volumen, solo joyas, dinero o efectos personales. Tenía buen gusto y sabía de valores. La policía estaba desorientada porque era tan astuto que se cuidaba de dejar indicios. No tenía una frecuencia sino que aparentemente lo hacía cuando las circunstancias eran propicias. A tal punto que ya todos temían salir para no dejar la casa sola. Todos se sentían observados. El barrio se había sumido en una histeria colectiva. Al desconcierto se sumó que en la última casa robada, la de la esquina precisamente, rompió con su hábito y se llevó algo que desconcertó a todos, una botella de lavandina. ¿Cuándo me tocará a mí? se preguntaban los vecinos. A medida que pasaban los días cada uno adoptaba más medidas de seguridad. Todos los recaudos para prevenirse eran válidos. Alarmas, grandes candados, trabas en las ventanas y hasta perros guardianes. Don Mario, el más viejo del barrio, pensó en electrificar el alambrado del fondo, pero lo disuadieron por el peligro que ello implicaba.

En la vereda o en el mercadito del barrio cada vez que se encontraban los vecinos no tenían otro tema para hablar. En medio de esa atmósfera de duda y temor, Benítez llegó de la farmacia el jueves y luego de entrar a su casa, sintió un ruido seco en el fondo. Corrió y al llegar al dormitorio vio que la ventana que daba al jardín estaba abierta. Se aproximó y alcanzó a ver que alguien saltaba la cerca y se alejaba rengueando. Seguro que se había torcido un tobillo, pensó. Pero nada más, solo la misma incertidumbre y la triste realidad que ahora le había tocado a él.

En esa ambivalencia de temor y prevención, Benítez que vivía a mitad de cuadra y tenía una coqueta ligustrina en el fondo, recibió la siempre bienvenida visita del señor Gorman. Se conocían desde que eran vecinos, así que hablaron de varios temas pero no pudieron eludir tocar la situación que en este momento los unía... Para despedirlo lo acompañó al frente y luego de trasponer el portón, lo miró alejarse camino a su casa. Fue curioso, al verlo caminar le llamó la atención algo que no había notado antes, el señor Gorman rengueaba.


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