OPINIÓN

Más que una pasión


La última caña con Adela
31/08/2018 15:22

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Por Carlos Hughes

carloshughes@grupojornada.com

Twitter: @carloshughestre


Adela custodia las puertas del templo que cobija al Dios del fútbol. Y eso la hace feliz, acaso la más feliz del mundo, seguramente más feliz de lo que nunca imaginó.

Tiene las manos curtidas por el trabajo, un rostro que es como un mapa de las experiencias, los sinsabores, las alegrías; y una sonrisa de abuela eterna que, sin explicación alguna, atrapa desde la ternura. Los ojos le brillan cuando habla de su pasión y las facciones se le endurecen cuando pelea por lo suyo, por esa tierra que adoptó como su hogar para siempre y por ese estadio que para ella guarda mucho más que una pelota y unos muchachos jugando al fútbol, por los que la gente se afana por verlos con sus destrezas de esgrimistas.

Adela Cánova tiene 64 años y más de la mitad los vivió en la periferia del Camp Nou, el estadio del Barcelona, que cada día, aun cuando el equipo no juega, recibe a miles de fanáticos del planeta que lo visitan ávidos por recorrer los vestuarios en donde se cambia Messi, las tribunas desde donde los “culé” disfrutan de la magia en cada encuentro y las copas ganadas a lo largo de la historia de un club que es “mes que un club”, como dice su gradería.

Una tarde de calor bochornoso en la ciudad condal, un encuentro casual, un amigo en común y un regalo inesperado provocó el encuentro. Ahí mismo imaginé estos retazos de su historia, que es única e irrepetible.

Andaluza, pero de nacimiento

Ella se acostumbró a la lucha desde siempre. Pasaron cuarenta años desde que falleció su padre y tomó la decisión que le cambiaría la vida. Nacida en Córdoba, esa tierra con innegable influencia mora a orillas de Guadalquivir, rodeada de olivares y dueña de calores de averno en los veranos, partió -allá por el 76- rumbo a Cataluña.

“Me hice catalana, con papeles, trámites y todo lo necesario”, me dice mientras compartimos una cerveza ligera, a media tarde, en una de las confiterías del Camp Nou.

Llegamos allí después de la faena, que siempre es mucha. “Aquí todos los días son iguales, con cientos de personas, y cuando hay partido es mucho más”, explica. Es que Adela tiene su carrito de ventas de bebidas y comestibles al paso sobre una de las puertas del Estadio, una ubicación de privilegio que abre cada mañana de su vida y cierra a media tarde, salvo que el equipo juegue de noche. Ahí nos recibió. “Recorran el museo mientras terminó acá”, prometió entonces.

Daniel, argentino con un par de décadas en Cataluña, cultiva una larga amistad con ella y fue el nexo para conocerla.

Volver a vivir

Fenecían los 70 y Adela tenía, allá al costado del estadio, su mesita de abarrotes para atender a los fanáticos del Barca. Lo apreciaba, pero hoy reconoce que “no era un lugar lindo”. En la tangente, con poca luz y lejos de los accesos principales.

Pero el agua llegó para cambiarle la vida: fue por la inundación de fines del 79, acaso comienzo de los 80 (el recuerdo suele ser traicionero con las fechas), una tromba furiosa que se desató sobre la región provocando estragos. Hubo decenas de damnificados y grandes destrozos.

Estamos ahora en el restaurante de Nuria y Manuel. Una fonda en la zona de Sants. Es viernes por la noche y el movimiento es intenso porque la feria del barrio está en pleno auge. La mesa es larga, huele a despedida y la colman los catalanes anfitriones. La preside Adela que es la razón del encuentro. Y la cena es una excusa para forzar un tercer encuentro que permita armar un pequeño rompecabezas sobre la historia de su pasión.

Y allí lo cuenta: “Jugábamos contra el Zaragoza. Hubo una lluvia tremenda. Yo estaba en ese lugar feo, en la calle, con mi mesita y mis cosas. Empezó a correr agua, cada vez más fuerte”, recuerda y se mueve mirando a un lado y a otro, con todos atentos a sus palabras.

“Por la corriente de agua se hizo una grieta en la calle que se fue agrandando y de pronto la mesa se me vino encima, me apretó contra la pared”, explica, y extiende sus dos brazos para doblarlos y marcar con las palmas de la mano hacia arriba la zona del pecho. “Se me clavó acá y me apretó contra la pared… No sabía qué hacer, veía que me iba a llevar con todo puesto. Me dolían los pulmones”.

La miramos con atención, expectantes y ella marca con gestos el miedo de aquel episodio. “Tuvieron que salvarme los bomberos. Me rescataron… O no estaría acá”, resume.

La vida es azarosa y está colmada de caprichos. Ese momento de desasosiego, de pánico, de horror, de espanto, de temor, de incertidumbre, de inseguridad, de duda y de perplejidad tuvo el premio grande: enterados del episodio los directivos del Barcelona decidieron cambiarle el puesto de lugar y le otorgaron el que hoy tiene, casi 40 años después, sobre uno de los accesos más importantes al Camp Nou.

El amor a Messi

Adela adora a Iniesta, aprecia a Piqué y lo quiere a Xavi, no puede ni escuchar hablar de Figo que se fue al Real Madrid en medio de una polémica formidable; y reivindica a Núñez, el presidente que hizo del Barcelona “más que un club”. Respeta a Cruyff pero, para ella, “no todo fue brillo” con el holandés.

Pero con Messi, del que alguna vez recibió una llamada por una camiseta, sólo una cosa hay: amor incondicional… La Pulga es todo lo que está bien y hay que dejarlo tranquilo, porque “los argentinos no lo cuidan”, se queja.

Medalla y beso

La noche languidece y los rostros cambian en la fonda de Nuria y Manuel.

Apuramos la última caña con Adela y comienzan las despedidas. Busca entre sus ropas y extrae una medalla del Barcelona que entrega a modo de obsequio, acaso para que la recuerde siempre.

No hace falta. Adela es inolvidable…


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