Sociedad
01/07/2012 2:00 AM
Escabeche de frases
Historias Mínimas.
Por Pedro Méndez
Hace algunos, tal vez muchos, años atrás, supo habitar la pantalla de la televisión argentina más vista por entonces un hermoso muchacho rubio, alto y de ojos verdes que dejó su impronta con envíos y entrevistas exclusivas que hacía las delicias de los televidentes.
Entre los tantos programas en los que destacó, rescato de mi archivo memorioso los viajes (“Por el Mundo”) que emprendía con un invitado ilustre de ocasión recorriendo distintos países, poniéndonos al tanto de las distintas culturas y hábitos de los pueblos que visitaba. Recuerdo particularmente su visita a los países asiáticos donde encontró que era una costumbre milenaria comer bichos de los más comunes como hormigas, ratas, arañas y reptiles.
Así asistimos a la transmisión en vivo de degustaciones de distintos preparados con bichos que tanto el conductor como su acompañante, hacían frente a las cámaras, combinando una excelsa muestra de valentía y un estómago a toda prueba.
El asco y las arcadas fueron por un programa y sus repeticiones, importantes puntos en el rating y un recuerdo tan asqueroso como inolvidable para los que tuvimos la insensatez de mirarlo y verlo.
En actos como ese no sólo se hacía uso de la libertad de expresión a través de medios audio-visuales sino también se incorporaba un nuevo elemento al desarrollo de propuestas de carácter cultural, dedicadas al ocio y al entretenimiento. Aquello podríamos definirlo como la apología del asco. Nada ilegal, nada que uno no pueda evitar si es que así lo desea.
Con el transcurrir de los años, distintos estamentos donde prevalece la expresión del hombre contemporáneo tomó por asalto la pretenciosa idea de que está okey hablar de cualquier cosa o como se le dé la gana al que cree en sus fueros más íntimos que así se debe hacer radio o televisión.
Así hubo, por un par de años, furor por escuchar y ver por televisión a un tipo (“El ángel de la medianoche”) que charlaba con gente por teléfono y en determinado momento llevaba la charla a un punto en que se puteaba con sus televidentes y los dejaba como pipa porque les cortaba la comunicación cuando su interlocutor entraba en estado de ira o lo empezaba a maltratar verbalmente.
Y así como así, la ola llegó a la costa de la música y la palabra, y yo llego al punto central de ésta historia mínima.
Un día equis, cuando se despedía marzo, arribó a las redacciones latinoamericanas un news letter bajo el título: Ricardo Arjona: “Poeta de profesión”.
Cualquier “desearía ser poeta” sabe que la palabra para el poeta encierra un significado tan sagrado como profundo. La sola idea de la palabra poetizada ya transmite una fuerza que hace que el rostro del agraciado que se atreve a manipular sus luces, brille más.
Poco a poco entré en pánico ya que, a medida que leía la producción del poeta en cuestión, podía presentir cómo la pretenciosa idea, combinada con la apología del asco, ponían en el altar de sus exponentes a un muchacho latino, devenido en un pobre millonario que se cree y se siente poeta.
Marche un surtido de sus frases más logradas:
“Tu reputación son las primeras seis letras de esa palabra” (Tu reputación).
“O aprendes a querer la espina o no aceptes rosas” (Fuiste tú).
“El amor siempre empieza soñando y termina en insomnio” (El amor).
“Amarte a ti es un veneno que da vida” (Amarte a ti). “Acompañame al silencio de charlar sin las palabras” (Acompáñame a estar solo).
”Hay tantos lunes que los viernes están armando sindicatos” (5to piso).
“Endulcé el agua del mar para tu sed” (Cómo duele).
“Y como desahacerme de ti si no te tengo” (El problema).
“¿Cuándo fue la última vez que te besaron tanto que dijiste mi nombre?” (Cuándo).
“Mientras yo caliento el banco de suplentes con la camiseta puesta para incluirme en tu futuro” (Duele verte).
“Tengo boletos de primera fila para verte despertar por las mañanas” (Adiós melancolía).
“Quiero decirle a Jesús qué si esta que aparezca y qué me corten la luz pa’ prender una vela y soñar” (Quiero).
“En el día busco estrellas, en la noche encuentro al sol” (Creo que se trata de amor).
“Del otro lado del sol hay un mundo en decadencia. No es casualidad que tierra rime con guerra” (Al otro lado del Sol).
“Mujeres, lo que nos pidan podemos, si no podemos no existe y si no existe lo inventamos por ustedes” (Mujeres).
“Permítame descubrir que hay detrás de esos hilos de plata y esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben quitar” (Señora de las cuatro décadas).
“De vez en mes, la cigüeña se suicida y ahí estas tú tan deprimida” (de vez en mes).
Había un mecánico que sostenía que le debía el éxito de su taller a la ignorancia de la comunidad en los menesteres mecánicos. “Hay gente que no puede diferenciar entre un bife a la plancha y un carburador. Hay mucho dinero en la ignorancia, nene”, me decía.
Esto viene a cuento porque justamente estos son retratos de ese limbo de la existencia donde las neuronas en receso, los humores en huelga, lo inaudito y los dislocados miembros del orden simbólico encuentran desde Mesías hasta Poetas donde no los hay.
Y donde no existen palabras ni señales para nombrar lo que, aún existiendo, la ignorancia no podría reconocer.
Excepto, claro está, aquellas que nos producen tanta violencia emocional como ver un tipo putearse con otro en vivo por tv o tanto asco como comer mermeladas de bichos.#
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