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Política
03/12/2010 2:00 AM
El pediatra que logró devolver todo lo que los médicos hicieron por él
Raúl Sarriés tiene casi medio siglo de ejercicio de la profesión. Respetado y querido por las miles de familias de los pacientes que tuvo a lo largo de su carrera, no dudó en atender gratis cuando hizo falta. Lo mismo que hicieron con él en Buenos Aires cuando, a los 4 años, sufrió la poliomielitis.
Sarriés en su consultorio de Trelew desde hace varias décadas.
El paciente, de 12 años, entró ansioso al consultorio, con la esperanza de que le dijeran que el esperado estirón llegaría pronto.

- Vos aflojale al diente que más de 1,65 no vas a medir- le dijo el médico con honestidad brutal basada en la evidencia: en los últimos dos años el chico había crecido 10 centímetros. Y había aumentado 20 kilos.

A pesar de la bronca con la que el paciente se fue del consultorio, el tiempo le destruyó las esperanzas de ser alto y le dio la razón al pediatra: el pronóstico estuvo errado solo por tres centímetros. Y sus tiempos de mejor aspecto físico no fueron por gracia de la genética, sino por la práctica del deporte, de adolescente, y la visita periódica al nutricionista, ya de adulto.

Ahora, 20 años después, en el mismo consultorio de Trelew en el que se produjo ese vaticinio, Raúl Sarriés se ríe ante el recuerdo del paciente, convertido en cronista. Sarriés no se sorprende por la exactitud de su pronóstico. Y su falta de sorpresa no es ausencia de humildad. Es la certeza de saberse “apenas un buena pediatra” que, a lo largo de 47 años de carrera, acertó mucho más de lo que se equivocó.

Pero el consultorio no es solamente escenario de la nota, que pretende ser un homenaje por el Día del Médico. Sigue siendo el lugar en el que Sarriés, de 72 años, atiende a cada uno de sus pequeños pacientes con la misma alegría de siempre. Rodeado de títulos que cuelgan en la pared y con muñecos que esperan a alguna nueva visita en lo más alto de un modular, Sarriés muestra su actual fichero, guardado en el mismo cajón de siempre -“a mí se me va a caer cualquier otra cosa menos el sistema”, dice, simpático- y ante la pregunta de a cuántos chicos atendió en su vida responde: “Si guardara todas las fichas que hice en su momento necesitaría una habitación para eso nada más”.

El cálculo no es exageración. Son varias las generaciones que conocieron y conocen a Sarriés, por cuya sala de espera quizás ya no transiten las decenas de chicos por día que solían hacerlo hace unos años, pero que sigue sin fijarse demasiado si el paciente le trajo la orden de consulta para recibir su atención. Esa es una de las cosas que caracterizaron al pediatra durante su carrera: no dudó en atender gratis cada vez que hacía falta.

“Porque lo sentía”, responde cuando se le pregunta por qué hacía eso. “Yo creo que uno se siente gratificado cuando el chico anda bien -agrega-. Por más que te paguen, si el chico no anda bien… yo me despierto a la noche pensando en la cara de la madre, fundamentalmente. Son formas de ser”.

Pero hay otro motivo más profundo, ligado visceralmente a la historia personal de Sarriés. En 1942, cuando apenas tenía cuatro años, fue víctima de una poliomielitis aguda -“en ese momento era una enfermedad bastante poco conocida aún en la Argentina”, cuenta- que le afectó las dos piernas. Acompañado por su madre -inmigrante española, igual que su padre- durante tres meses estuvo internado en el hospital de niños de Buenos Aires, alejado de su Trelew natal, y luego de un año de recuperación su pierna izquierda recuperó la movilidad normal.

“A mí me atendieron gratis en el hospital de niños. Nadie me cobró nada. Era un poco devolver eso”, completa la causa por la cual él mismo muchas veces no cobró nada.

Los dos motivos

En la polio residen los dos motivos por los cuales Sarriés dice que decidió estudiar medicina. Curiosamente, el primero que menciona es su “admiración por uno de los pocos médicos que había en aquel momento en Trelew”. Se trata de su pediatra, Gallastegui, un hombre “muy serio, muy honesto”, que le diagnosticó la enfermedad. “Yo tuve la mala suerte de tenerla acá. Fui el único de esa época”, dice sobre la poliomielitis. “Y fue Gallastegui quien le dijo a mi padre: hay que llevarlo a Buenos Aires”.

Con una sola secuela que le quedó en la pierna derecha -“problemas me trajo en la adolescencia, cuando había que hacer fintas para ir a bailar y atracar chicas”, dice ahora, como restándole importancia a la cuestión- Sarriés transitó gran parte de su adolescencia convencido que iba a ser médico. Su destino fue la Universidad de La Plata, donde obtuvo su título a los 25 años y donde además conoció a su esposa, también pediatra, pero ahora retirada de la profesión.

Con algunos años de prácticas en aquella ciudad, Sarriés regresó a Trelew en 1964, ya contratado por concurso en un puesto de hidratación, ubicado “en la primera sala de niños que hubo en Trelew, frente a la farmacia Querol, por 25 de Mayo”, recuerda.

A fines de ese año se casó y, mientras su familia crecía -su hijo Alejandro es hoy cardiólogo y su hija María Laura es bioquímica- y, a fuerza de trabajo, su prestigio también, se involucró además en la salud pública, como jefe del servicio de pediatría del hospital local durante doce años, hasta que renunció.

Hoy, con casi medio siglo de ejercicio a cuestas, Sarriés no piensa aún en dejar de hacer lo que más le gusta.

“Sigo trabajando en primera instancia porque no he sido un individuo capaz de cultivar hobbies que pudieran suplir mi actividad. Y además porque me sigue gustando mucho la medicina. Me gusta, es lo que poco o mucho sé hacer. Y todavía sigo disfrutando. Mientras pueda darme cuenta de que todavía sirvo para algo, lo voy a hacer. Y si no, me lo van a decir los demás, no hay problema. Pero creo que me voy a retirar antes de que me lo digan”, sostiene, convencido.

Por ahora, nadie se lo dice. Ni siquiera aquel pequeño paciente que se fue con bronca del consultorio por no haber pegado nunca el estirón.#

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