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La columna de Elio Rossi / River campeón de la Copa Libertadores: “crónica de un final anunciado”


Tres goles arriba es la diferencia desde hace un año entre River y Boca, solo disimulada por el estado de gracia de Benedetto. Gago, el lesionado eterno, no puede ser tu primera alternativa. Y los arqueros nunca salvaron a los “hermanos macana”. crónica de un final anunciado (con el diario del martes).
11/12/2018 02:00

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Es cierto que Jara metió un remate a dos minutos del final en Madrid digno de un cuento del Gordo Soriano. Obviamente no fue gol.

Pero rozó el palo como para que alguno volviera a mencionar aquello de “fútbol, dinámica de lo impensado”, la coartada perfecta para explicar cuando te ganan.

Los Macanas Brothers murieron con las botas puestas. Armaron un 4-3-3 solo explicable a partir de la debilidad física y anímica de quienes habían sido claves para llegar a la final eterna de Madrid.

Benedetto dio por suficiente su tarea en la final luego de su gol maravilloso y su lengua de Kiss que se apresuró a sacar cuando faltaba una eternidad.

Pidió el cambio cuando sintió que debía elongar el gemelo. Se fue trayendo el recuerdo del Pato Abondanzieri en aquel partido de Berlín contra los alemanes.

Tanto al arquero como a Benedetto habría que recordarles que situaciones como las vividas el inolvidable domingo, obligan a que, de salir, sea en camilla.

Son decisiones, diría Miguelito Russo. No habrá oportunidad de reparar la cuestión.

Ábila no podía acelerar. Y los “abastecedores”, Pavón y Villa, están “verdes”. Les falta madurar. Pavón fue el Pavón del seleccionado en Francia.

Y Boca, prácticamente todo Boca, terminó acalambrado.

Lo que podría llamarse “el factor Gago”.

El “Factor Gago”, que llegó lesionado a Boca y permaneció lesionado durante la mayor parte del tiempo que jugó hasta su retiro definitivo (cabe suponer que Madrid fue su última escala, más allá de que esté protegido por el Convenio Colectivo de Trabajo de los futbolistas que obliga a los clubes a renovar el contrato en las mismas condiciones cuando el actor está lesionado; Gago gana en dólares, no lo afecta la inflación anual de nuestro país), Gago, les decía, ha sido una de las pifias más notables que dos conductores con la experiencia de los Mellizos de futuro estadounidense, puedan cometer. De hecho, lo hicieron. Gago fue la primera alternativa (antes que Tévez y antes de Cardona), cuando se vino el fin del mundo.

Uno puede entender la decisión táctica y estratégica de privilegiar la presencia de “glariadores” por encima de generadores de juego.

Guillermo siempre optó por luchadores: Nández-Wilmar y Pablo Pérez, el único que debió salir porque la alternativa era arrastrarse en la cancha.

Pérez jugó lesionado (e infiltrado) las semifinales y las finales. Y no se “rompió” como Gago solo porque tiene mayor fortaleza espiritual y física.

Gago se cortó el tendón (él solo) tres veces. Las tres contra River. Cualquier estudiante de Psicología de 2do año podría dar un festival de explicaciones al respecto.

De otro lado estaba River, que está y lo voy a repetir, tres goles arriba de Boca desde hace un año largo, como mínimo.

Aún cometiendo alguna falla, Armani da la sensación de estar a años luz de Andrada+Rossi.

Jara fue titular en Boca. Algo incomprensible. Montiel juega de lo mismo, pero en otro nivel.

Los centrales (Maidana y Pinola) entregan una tranquilidad inversamente proporcional a los miedos que Magallán le transmite a Izquierdoz.

Casco es, desde el 2011, un lateral izquierdo que parece brasileño; el yorugua Olaza se acalambró antes del final de los 90. Lo sé, no fue el único.

Boca tiene luchadores en el medio. E hicieron lo único que están en condiciones de hacer: luchar. El pase perfecto de Nández a Benedetto en Madrid tiene carácter de inédito y probablemente irrepetible.

River tiene todos jugadores de buen pié. Todos en el medio tienen buen pié. Hasta dejó afuera a uno de los mejores en la final: Quintero. Entró para “romperla”.

Pavón (hablo de rendimientos en los partidos claves de clásicos, incluyendo las finales), está para alcanzarle la pelota a Martínez.

Y Pratto emparda a Benedetto. Gol por gol.

En consecuencia la diferencia entre uno y otro ha sido en éste último tiempo, pongamos año, año y medio, abismal.

La luz de un fósforo fue el empate en la Bombonera. Un espejismo que obligó a jugarse en los escritorios lo que, futbolísticamente, iba camino a convertirse en un dolor que nada podrá consolar.

El triunfo inolvidable de Madrid no borra el bochorno argento de no poder organizar la final en River ni vuelve carmelitas descalzas a Jorge “Caverna” D Onofrio ni al Tano Angelici, alias, “si yo no manejo los escritorios, soy cochería”. Larga vida al Circo.


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