El fútbol: la última patria antes del silencio

El ataque a la AFA y a Deportivo Madryn encierra otro motivo: o el fútbol es sinónimo de identidad o algoritmos de inversión.

Claudio tapa y los dirigentes del fútbol indirectamente afiliados.
27 NOV 2025 - 16:39 | Actualizado 28 NOV 2025 - 12:06

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay algo más hondo —más oscuro, más antiguo, más visceral— que el chisme moral o la “desprolijidad institucional” en la fijación casi patológica con la que ciertos sectores apuntan a Claudio “Chiqui” Tapia, Pablo Toviggino y Javier Treuque y la AFA. Algo vibra por debajo, como una corriente subterránea que arrastra piedras viejas, prejuicios heredados y miedos que nadie quiere confesar.

No es la transparencia lo que buscan.

No es la ética lo que claman.

Lo que asoma es la incapacidad de mirar la grieta verdadera, la contradicción principal, el temblor profundo que separa dos mundos: el avance sobre el fútbol como territorio de soberanía popular y, por lo tanto, el avance sobre una de las últimas fogatas donde el pueblo argentino sigue calentando su identidad en noches de frío histórico.

El fútbol —nuestro fútbol— no es un deporte. Es un latido. Es un idioma. Es el modo en que esta tierra conversa consigo misma cuando ya no puede hablar de otra cosa.

Pero muchos críticos prefieren quedarse en la espuma. Se aferran a la estética personal, a los modismos, al origen barrial, a la informalidad como si fueran pecados capitales. Son como navegantes que critican la pintura del barco mientras se acerca la tormenta. Se detienen en el gesto, en el perfume, en la cadencia, en el modo en que transpira un hombre que viene del barro.

Porque mirar el fondo —el verdadero fondo— exige coraje.

Pensar políticamente exige filo.

Tomar partido exige espalda.

Entonces eligen la superficie, ese espejo cómodo donde sólo se refleja la propia cobardía. Lo superficial funciona como un blindaje psicológico para no enfrentar la verdad incómoda: no les da el cuero para discutir poder.

Es más “seguro” indignarse por una firma torcida que por el intento de vaciar un país.

Es más sencillo burlarse del que habla como en el barrio que enfrentarse a los que quieren entregar ese barrio al mejor postor.

Es más fácil acusar al de abajo que interpelar al de arriba, porque interpelar al de arriba requiere valentía y memoria.

Reunión del Consejo Federal. Ricardo Sastre y Javier Treuque.

Si cae Tapia —ese hombre que para muchos nunca será “presentable”—, detrás no viene la moral impoluta ni la república higienizada.

Vienen los fondos, viene BlackRock, viene la privatización total, viene la conversión de nuestra cultura en un papel financiero.

Viene la noche brillante de las pantallas frías donde el fútbol ya no es cancha sino algoritmo.

Y allí están ellos. Aspiracionales de cotillón, tilingos de hotelería boutique, celebrando una modernidad que los dejaría afuera del estadio para siempre.

Cuando lo acusan de “mafias”, de “corruptelas”, en realidad hablan de otra cosa. Del arquetipo que encarna, del dirigente parido en el subsuelo argentino, ese que no se disculpa por haber nacido donde nació ni por no hablar con el tono de los salones alineados.

A él le exigen pureza absoluta.

Pureza de quirófano.

Pureza de laboratorio.

La pureza que jamás le piden a quienes, desde despachos alfombrados, negocian el destino del fútbol como quien aparta ganado.

La moral que le exigen a los de abajo es una moral esclava; pues siempre deben justificarse, demostrar, limpiar, pedir permiso.

Mientras tanto, los verdaderos mercaderes del juego, los que vienen con camisas italianas y balances suizos, caminan sin ser revisados por ningún control de moralina.

Es el derecho de los ricos: juzgar sin ser juzgados, condenar sin rendir cuentas, mirar desde arriba aunque estén parados en un pedestal de cartón.

El fútbol —ese monstruo hermoso, contradictorio, criollo y desbordado— no nació para ser perfecto. Su grandeza es precisamente su caos. Su barro. Su épica de imperfecciones. Pretender que sus dirigentes sean santos desinfectados es pedir que el pueblo se presente ante la élite con guantes blancos.

Eso no es ética.

Eso es servilismo.

Eso es cipayería de salón.

Y allí, en esa cloaca de hipocresías, cae Deportivo Madryn.

Porque todo lo que para otros es anécdota, para Madryn sería condena eterna.

Todo lo que en Buenos Aires se barre bajo la alfombra, en Patagonia sería tapa de diario con sangre falsa.

¿Se imaginan que si en vez de Alicio Dagatti, el empresario y presidente de Estudiantes de Rio Cuarto detenido hace un año por ingresar droga y alcohol en un camión frigorífico a una cárcel, hubiese sido Ricardo Sastre?

Ya tendríamos series de Netflix, editoriales indignadas, debates sobre “la corrupción del sur salvaje”.

“Pablo Escobar versión chubutense”, gritarían.

Pero del empresario mediterráneo, la potencial cuarta pata del fútbol cordobés en primera, nadie pide explicaciones.

El silencio es su traje.

¿Y si las barras bravas que manejan logística, accesos y negocios paralelos operaran en el Abel Sastre?

Hablarían de célula criminal, de terrorismo social.

Pero cuando esas mismas barras actúan en estadios iluminados por las luces de la General Paz, se convierten en “simpatizantes distinguidos”, viajeros VIP que recorren el mundo como quien cruza a Playa Unión.

El Deportivo Madryn ante su gente.

¿Y si la eliminación de los descensos —pedida desde lo más alto del Estado— hubiese beneficiado a Madryn?

Titulares incendiarios.

Editoriales moralistas.

“Cárcel o bala”, dirían algunos diputados con la liviandad del que nunca pasó frío en una platea.

Pero cuando el favor fue para dos clubes tradicionales, la repentina amnesia institucional invadió todas las redacciones.

¿Y si la resolución 1309, hecha para un club a medida, hubiera favorecido a Madryn?

Sería la prueba irrefutable del “secanuca” de Tapia.

Pero como el beneficiado fue otro, esa resolución duerme envuelta en naftalina.

¿Y si la Puerta 12, esa masacre de asfixiados y aplastados, hubiese ocurrido en el Abel Sastre?

Hace rato que Chubut sería sinónimo de tragedia nacional.

Pero como sucedió en un estadio “modelo”, se convirtió en un fantasma educado que apenas asoma en documentos amarillentos.

Ni hablar de echar a un jugador por insultar, siendo -el- mudo.

Menos mal que en ese entonces Tapia no dirigía y Madryn no peleaba el ascenso.

Si no, el escándalo habría sido continental.

Todo es doble vara.

Todo es doble moral.

Todo es catecismo hipócrita.

Y todo tiene un objetivo: disciplinar a los de abajo para que los de arriba sigan repartiendo las cartas.

Por eso, esta discusión jamás fue Tapia sí o Tapia no.

Jamás fue Madryn sí o Madryn no.

La discusión verdadera —la que importa, la que arde, la que define destino— es qué Argentina se discute detrás de ese frente de ataque.

Una Argentina donde el fútbol siga siendo un territorio de vida colectiva, una usina de identidad, una patria emocional que se defiende en cada potrero.

O una Argentina convertida en Zonas Francas del alma, donde los clubes sean sociedades anónimas manejadas por algoritmos de inversión, donde el hincha sea cliente y la camiseta código QR.

Por eso, al final, la metáfora se escribe sola: defender al fútbol popular no es defender a un dirigente. Es defender la última trinchera donde el pueblo todavía existe sin pedir permiso.

La última fogata antes de que llegue la noche.

La última frontera antes del despojo.

La última patria antes del silencio.

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Claudio tapa y los dirigentes del fútbol indirectamente afiliados.
27 NOV 2025 - 16:39

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay algo más hondo —más oscuro, más antiguo, más visceral— que el chisme moral o la “desprolijidad institucional” en la fijación casi patológica con la que ciertos sectores apuntan a Claudio “Chiqui” Tapia, Pablo Toviggino y Javier Treuque y la AFA. Algo vibra por debajo, como una corriente subterránea que arrastra piedras viejas, prejuicios heredados y miedos que nadie quiere confesar.

No es la transparencia lo que buscan.

No es la ética lo que claman.

Lo que asoma es la incapacidad de mirar la grieta verdadera, la contradicción principal, el temblor profundo que separa dos mundos: el avance sobre el fútbol como territorio de soberanía popular y, por lo tanto, el avance sobre una de las últimas fogatas donde el pueblo argentino sigue calentando su identidad en noches de frío histórico.

El fútbol —nuestro fútbol— no es un deporte. Es un latido. Es un idioma. Es el modo en que esta tierra conversa consigo misma cuando ya no puede hablar de otra cosa.

Pero muchos críticos prefieren quedarse en la espuma. Se aferran a la estética personal, a los modismos, al origen barrial, a la informalidad como si fueran pecados capitales. Son como navegantes que critican la pintura del barco mientras se acerca la tormenta. Se detienen en el gesto, en el perfume, en la cadencia, en el modo en que transpira un hombre que viene del barro.

Porque mirar el fondo —el verdadero fondo— exige coraje.

Pensar políticamente exige filo.

Tomar partido exige espalda.

Entonces eligen la superficie, ese espejo cómodo donde sólo se refleja la propia cobardía. Lo superficial funciona como un blindaje psicológico para no enfrentar la verdad incómoda: no les da el cuero para discutir poder.

Es más “seguro” indignarse por una firma torcida que por el intento de vaciar un país.

Es más sencillo burlarse del que habla como en el barrio que enfrentarse a los que quieren entregar ese barrio al mejor postor.

Es más fácil acusar al de abajo que interpelar al de arriba, porque interpelar al de arriba requiere valentía y memoria.

Reunión del Consejo Federal. Ricardo Sastre y Javier Treuque.

Si cae Tapia —ese hombre que para muchos nunca será “presentable”—, detrás no viene la moral impoluta ni la república higienizada.

Vienen los fondos, viene BlackRock, viene la privatización total, viene la conversión de nuestra cultura en un papel financiero.

Viene la noche brillante de las pantallas frías donde el fútbol ya no es cancha sino algoritmo.

Y allí están ellos. Aspiracionales de cotillón, tilingos de hotelería boutique, celebrando una modernidad que los dejaría afuera del estadio para siempre.

Cuando lo acusan de “mafias”, de “corruptelas”, en realidad hablan de otra cosa. Del arquetipo que encarna, del dirigente parido en el subsuelo argentino, ese que no se disculpa por haber nacido donde nació ni por no hablar con el tono de los salones alineados.

A él le exigen pureza absoluta.

Pureza de quirófano.

Pureza de laboratorio.

La pureza que jamás le piden a quienes, desde despachos alfombrados, negocian el destino del fútbol como quien aparta ganado.

La moral que le exigen a los de abajo es una moral esclava; pues siempre deben justificarse, demostrar, limpiar, pedir permiso.

Mientras tanto, los verdaderos mercaderes del juego, los que vienen con camisas italianas y balances suizos, caminan sin ser revisados por ningún control de moralina.

Es el derecho de los ricos: juzgar sin ser juzgados, condenar sin rendir cuentas, mirar desde arriba aunque estén parados en un pedestal de cartón.

El fútbol —ese monstruo hermoso, contradictorio, criollo y desbordado— no nació para ser perfecto. Su grandeza es precisamente su caos. Su barro. Su épica de imperfecciones. Pretender que sus dirigentes sean santos desinfectados es pedir que el pueblo se presente ante la élite con guantes blancos.

Eso no es ética.

Eso es servilismo.

Eso es cipayería de salón.

Y allí, en esa cloaca de hipocresías, cae Deportivo Madryn.

Porque todo lo que para otros es anécdota, para Madryn sería condena eterna.

Todo lo que en Buenos Aires se barre bajo la alfombra, en Patagonia sería tapa de diario con sangre falsa.

¿Se imaginan que si en vez de Alicio Dagatti, el empresario y presidente de Estudiantes de Rio Cuarto detenido hace un año por ingresar droga y alcohol en un camión frigorífico a una cárcel, hubiese sido Ricardo Sastre?

Ya tendríamos series de Netflix, editoriales indignadas, debates sobre “la corrupción del sur salvaje”.

“Pablo Escobar versión chubutense”, gritarían.

Pero del empresario mediterráneo, la potencial cuarta pata del fútbol cordobés en primera, nadie pide explicaciones.

El silencio es su traje.

¿Y si las barras bravas que manejan logística, accesos y negocios paralelos operaran en el Abel Sastre?

Hablarían de célula criminal, de terrorismo social.

Pero cuando esas mismas barras actúan en estadios iluminados por las luces de la General Paz, se convierten en “simpatizantes distinguidos”, viajeros VIP que recorren el mundo como quien cruza a Playa Unión.

El Deportivo Madryn ante su gente.

¿Y si la eliminación de los descensos —pedida desde lo más alto del Estado— hubiese beneficiado a Madryn?

Titulares incendiarios.

Editoriales moralistas.

“Cárcel o bala”, dirían algunos diputados con la liviandad del que nunca pasó frío en una platea.

Pero cuando el favor fue para dos clubes tradicionales, la repentina amnesia institucional invadió todas las redacciones.

¿Y si la resolución 1309, hecha para un club a medida, hubiera favorecido a Madryn?

Sería la prueba irrefutable del “secanuca” de Tapia.

Pero como el beneficiado fue otro, esa resolución duerme envuelta en naftalina.

¿Y si la Puerta 12, esa masacre de asfixiados y aplastados, hubiese ocurrido en el Abel Sastre?

Hace rato que Chubut sería sinónimo de tragedia nacional.

Pero como sucedió en un estadio “modelo”, se convirtió en un fantasma educado que apenas asoma en documentos amarillentos.

Ni hablar de echar a un jugador por insultar, siendo -el- mudo.

Menos mal que en ese entonces Tapia no dirigía y Madryn no peleaba el ascenso.

Si no, el escándalo habría sido continental.

Todo es doble vara.

Todo es doble moral.

Todo es catecismo hipócrita.

Y todo tiene un objetivo: disciplinar a los de abajo para que los de arriba sigan repartiendo las cartas.

Por eso, esta discusión jamás fue Tapia sí o Tapia no.

Jamás fue Madryn sí o Madryn no.

La discusión verdadera —la que importa, la que arde, la que define destino— es qué Argentina se discute detrás de ese frente de ataque.

Una Argentina donde el fútbol siga siendo un territorio de vida colectiva, una usina de identidad, una patria emocional que se defiende en cada potrero.

O una Argentina convertida en Zonas Francas del alma, donde los clubes sean sociedades anónimas manejadas por algoritmos de inversión, donde el hincha sea cliente y la camiseta código QR.

Por eso, al final, la metáfora se escribe sola: defender al fútbol popular no es defender a un dirigente. Es defender la última trinchera donde el pueblo todavía existe sin pedir permiso.

La última fogata antes de que llegue la noche.

La última frontera antes del despojo.

La última patria antes del silencio.