Nacional B: cuando el fútbol argentino empezó a jugar de punta a punta del país

El primer Nacional B, inaugurado en julio de 1986, fue mucho más que una nueva categoría. Abrió el mapa del fútbol, unió geografías, derribó viejos privilegios y dio origen a uno de los campeonatos más apasionantes de la historia.


18 JUL 2026 - 15:29 | Actualizado 18 JUL 2026 - 15:50

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Los torneos no nacen. Irrumpen.

Algunos llegan para llenar un casillero del calendario. Otros aparecen para cambiar la geografía de un país. El Nacional B, que vio la luz en julio de 1986, perteneció a esa segunda especie. No fue solamente una nueva categoría. Fue un terremoto institucional que demolió una época y levantó otra sobre sus escombros.

Morían los viejos Nacionales, aquellos torneos impulsados por el visionario Valentín Suárez que, desde 1967 (aunque su génesis había comenzado en la década del 50), habían abierto las puertas del fútbol grande a las provincias. Con sus virtudes y defectos, habían roto el monopolio porteño y permitido que el Interior respirara el mismo aire que los gigantes de Buenos Aires.

Pero el fútbol argentino volvía a reinventarse.

Julio Humberto Grondona decidió adaptar los campeonatos al calendario europeo. Las temporadas comenzarían a mitad de año. Los Nacionales desaparecían.

En su lugar nacía una criatura desconocida, observada con desconfianza por muchos y con ilusión por otros. El Campeonato Nacional B.

Nadie imaginaba que aquel experimento terminaría convirtiéndose en uno de los torneos más apasionantes de la historia del ascenso.

Un país entero dentro de una tabla de posiciones

Veintidós equipos. Veintidós historias. Veintidós maneras distintas de entender el fútbol.

Desde el norte tucumano hasta el sur bonaerense. Desde Córdoba hasta Mendoza. Desde Salta hasta el conurbano. En la gatera, Patagonia. El Nacional B fue mucho más que una categoría. Fue un mapa. El primer campeonato donde el Interior dejó de ser un invitado ocasional para transformarse en protagonista permanente.

Por primera vez, trece clubes indirectamente afiliados compartían un torneo largo con nueve instituciones metropolitanas.

El federalismo dejaba de ser un discurso para empezar a jugarse todos los fines de semana.

Cada viaje era una expedición.

Cada provincia, una emboscada futbolera.

No existían vuelos chárter, hoteles cinco estrellas ni canchas impecables. Había micros interminables, estadios difíciles, tribunas calientes y pueblos enteros esperando al grande de turno como quien recibe a un ejército invasor.

Allí comenzó a construirse la verdadera identidad del Nacional B.

Nadie vio venir al campeón

Huracán aparecía como el candidato natural.

Su historia pesaba como una montaña. Tenía figuras experimentadas como Carlos Gay, Osvaldo Rinaldi y, sobre todo, José Raúl "Toti" Iglesias, un delantero que transformaba cada centro en una amenaza de gol.

Banfield también soñaba en grande. Lanús mostraba un poder ofensivo temible. Belgrano reunía experiencia y talento.

Pero mientras todos miraban hacia los favoritos, un equipo construía silenciosamente la campaña perfecta.

Deportivo Armenio.Sin estridencias.Sin grandes nombres. Sin estrellas mediáticas. Con la humildad de quien entiende que los campeonatos largos no se ganan con aplausos sino con convicciones y con Alberto Parsechián como orientador táctico y referente de la comunidad.

Después de perder en Córdoba ante Belgrano por la octava fecha, nunca volvió a caer.

Treinta y cuatro partidos invicto. Veinte victorias. Catorce empates y un ascenso conseguido dos jornadas antes del final.

No fue el campeón de los flashes. Fue el campeón de la constancia.

Como esos ríos que parecen mansos hasta que un día descubrís que fueron capaces de perforar una montaña.

Armenio dando la vuelta olímpica a dos fechas del final del torneo.

Un campeonato donde los goles caían como granizo

Aquel primer Nacional B no conocía la palabra especulación.

Los arcos parecían demasiado grandes. Las goleadas eran moneda corriente.

Banfield aplastó 10-2 a Unión de San Juan. Huracán lo goleó 9-2. Belgrano le hizo ocho. Los Andes, nueve.
Lanús venció 7-2 a Los Andes y protagonizó uno de los partidos más espectaculares del torneo al derrotar 5-4 a Banfield.

El fútbol todavía no había sido domesticado por las pizarras. Todavía existía la osadía. Todavía se atacaba con más pasión que cálculo.

Dos pistoleros disputando una misma corona

Si el torneo fue una película, la tabla de goleadores escribió uno de sus mejores capítulos.

José Raúl Iglesias y Abel Darío Blasón.

Dos delanteros que parecían desafiarse cada fin de semana.

Uno respondía cada gol del otro.

Como dos pistoleros del viejo oeste que nunca desenfundaban al mismo tiempo.

El duelo alcanzó su punto máximo cuando Huracán y Belgrano se enfrentaron en Córdoba.

Ambos marcaron dos goles. Ambos mantuvieron viva la pelea. Finalmente, el "Toti" terminó imponiéndose por apenas una conquista: 37 contra 36. Una carrera inolvidable.

El descenso también fabrica héroes

Las epopeyas no siempre nacen de los campeones.

A veces aparecen entre quienes luchan simplemente por sobrevivir.

Chacarita parecía condenado. Descender dos temporadas consecutivas habría significado una herida histórica.

Entonces ocurrió una de esas historias imposibles que sólo el fútbol sabe escribir.

Los dos arqueros estaban ausentes para la última fecha. El entrenador recurrió a un hombre retirado que era ayudante de campo. Carlos Barisio. El Hombre récord con Ferro y que había colgado los guantes hacía años. Aceptó volver. Como un viejo soldado que escucha otra vez el llamado de la batalla. Atajó un penal ante Chaco For Ever. Llevó a Chacarita al triangular. Y allí, frente a Gimnasia de Jujuy, volvió a detener otro penal decisivo.

No levantó una copa. Salvó una categoría. Y, recién entonces, pudo retirarse definitivamente congestas que no necesitan medallas.

El Banfield de Orte y Aquino fue el segundo ascendido.

Banfield escribió el último capítulo

El reducido tampoco quiso ser sencillo.

Belgrano y Banfield debían jugar dos competencias al mismo tiempo por un insólito reglamento.

Aun así llegaron a la final.

Los cordobeses ganaron la ida.

Todo parecía encaminado.

Pero en Peña y Arenales apareció Daniel Toribio Aquino. Último minuto. Gol y ascenso.

Banfield regresaba a Primera División después de casi una década.

Belgrano se quedaba a las puertas.

Dos equipos enormes. Dos campañas memorables y en donde sólo uno podía subir.

El torneo que hizo federal al ascenso

Con el paso de los años llegaron las reformas. Los formatos cambiaron y las reestructuraciones fueron borrando parte de aquella esencia y el Nacional B dejó de parecerse a sí mismo hasta en el nombre.

Pero el campeonato inaugural permanece intacto.

Porque no fue solamente una competencia.

Fue una declaración de principios.

El Interior dejó de pedir permiso y subió al mismo tren que Buenos Aires y decidió viajar en el vagón principal.

Cada kilómetro recorrido por aquellos micros fue una pequeña conquista contra décadas de centralismo.

Cada estadio provincial dejó de ser una excursión para transformarse en una escala obligatoria del fútbol argentino.

Hace cuarenta años nacía una categoría.

En realidad, nacía algo mucho más importante. Una nueva manera de entender el país futbolero.

Porque aquel Nacional B no unió solamente clubes. Unió geografías.

No repartió únicamente puntos. Repartió pertenencia.

Y le recordó al fútbol argentino una verdad que todavía hoy incomoda a muchos.

Las mejores historias nunca nacen en las oficinas de la AFA. Nacen donde la pelota rueda entre pueblos, rutas interminables y tribunas que aprendieron a resistir cantando.

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18 JUL 2026 - 15:29

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Los torneos no nacen. Irrumpen.

Algunos llegan para llenar un casillero del calendario. Otros aparecen para cambiar la geografía de un país. El Nacional B, que vio la luz en julio de 1986, perteneció a esa segunda especie. No fue solamente una nueva categoría. Fue un terremoto institucional que demolió una época y levantó otra sobre sus escombros.

Morían los viejos Nacionales, aquellos torneos impulsados por el visionario Valentín Suárez que, desde 1967 (aunque su génesis había comenzado en la década del 50), habían abierto las puertas del fútbol grande a las provincias. Con sus virtudes y defectos, habían roto el monopolio porteño y permitido que el Interior respirara el mismo aire que los gigantes de Buenos Aires.

Pero el fútbol argentino volvía a reinventarse.

Julio Humberto Grondona decidió adaptar los campeonatos al calendario europeo. Las temporadas comenzarían a mitad de año. Los Nacionales desaparecían.

En su lugar nacía una criatura desconocida, observada con desconfianza por muchos y con ilusión por otros. El Campeonato Nacional B.

Nadie imaginaba que aquel experimento terminaría convirtiéndose en uno de los torneos más apasionantes de la historia del ascenso.

Un país entero dentro de una tabla de posiciones

Veintidós equipos. Veintidós historias. Veintidós maneras distintas de entender el fútbol.

Desde el norte tucumano hasta el sur bonaerense. Desde Córdoba hasta Mendoza. Desde Salta hasta el conurbano. En la gatera, Patagonia. El Nacional B fue mucho más que una categoría. Fue un mapa. El primer campeonato donde el Interior dejó de ser un invitado ocasional para transformarse en protagonista permanente.

Por primera vez, trece clubes indirectamente afiliados compartían un torneo largo con nueve instituciones metropolitanas.

El federalismo dejaba de ser un discurso para empezar a jugarse todos los fines de semana.

Cada viaje era una expedición.

Cada provincia, una emboscada futbolera.

No existían vuelos chárter, hoteles cinco estrellas ni canchas impecables. Había micros interminables, estadios difíciles, tribunas calientes y pueblos enteros esperando al grande de turno como quien recibe a un ejército invasor.

Allí comenzó a construirse la verdadera identidad del Nacional B.

Nadie vio venir al campeón

Huracán aparecía como el candidato natural.

Su historia pesaba como una montaña. Tenía figuras experimentadas como Carlos Gay, Osvaldo Rinaldi y, sobre todo, José Raúl "Toti" Iglesias, un delantero que transformaba cada centro en una amenaza de gol.

Banfield también soñaba en grande. Lanús mostraba un poder ofensivo temible. Belgrano reunía experiencia y talento.

Pero mientras todos miraban hacia los favoritos, un equipo construía silenciosamente la campaña perfecta.

Deportivo Armenio.Sin estridencias.Sin grandes nombres. Sin estrellas mediáticas. Con la humildad de quien entiende que los campeonatos largos no se ganan con aplausos sino con convicciones y con Alberto Parsechián como orientador táctico y referente de la comunidad.

Después de perder en Córdoba ante Belgrano por la octava fecha, nunca volvió a caer.

Treinta y cuatro partidos invicto. Veinte victorias. Catorce empates y un ascenso conseguido dos jornadas antes del final.

No fue el campeón de los flashes. Fue el campeón de la constancia.

Como esos ríos que parecen mansos hasta que un día descubrís que fueron capaces de perforar una montaña.

Armenio dando la vuelta olímpica a dos fechas del final del torneo.

Un campeonato donde los goles caían como granizo

Aquel primer Nacional B no conocía la palabra especulación.

Los arcos parecían demasiado grandes. Las goleadas eran moneda corriente.

Banfield aplastó 10-2 a Unión de San Juan. Huracán lo goleó 9-2. Belgrano le hizo ocho. Los Andes, nueve.
Lanús venció 7-2 a Los Andes y protagonizó uno de los partidos más espectaculares del torneo al derrotar 5-4 a Banfield.

El fútbol todavía no había sido domesticado por las pizarras. Todavía existía la osadía. Todavía se atacaba con más pasión que cálculo.

Dos pistoleros disputando una misma corona

Si el torneo fue una película, la tabla de goleadores escribió uno de sus mejores capítulos.

José Raúl Iglesias y Abel Darío Blasón.

Dos delanteros que parecían desafiarse cada fin de semana.

Uno respondía cada gol del otro.

Como dos pistoleros del viejo oeste que nunca desenfundaban al mismo tiempo.

El duelo alcanzó su punto máximo cuando Huracán y Belgrano se enfrentaron en Córdoba.

Ambos marcaron dos goles. Ambos mantuvieron viva la pelea. Finalmente, el "Toti" terminó imponiéndose por apenas una conquista: 37 contra 36. Una carrera inolvidable.

El descenso también fabrica héroes

Las epopeyas no siempre nacen de los campeones.

A veces aparecen entre quienes luchan simplemente por sobrevivir.

Chacarita parecía condenado. Descender dos temporadas consecutivas habría significado una herida histórica.

Entonces ocurrió una de esas historias imposibles que sólo el fútbol sabe escribir.

Los dos arqueros estaban ausentes para la última fecha. El entrenador recurrió a un hombre retirado que era ayudante de campo. Carlos Barisio. El Hombre récord con Ferro y que había colgado los guantes hacía años. Aceptó volver. Como un viejo soldado que escucha otra vez el llamado de la batalla. Atajó un penal ante Chaco For Ever. Llevó a Chacarita al triangular. Y allí, frente a Gimnasia de Jujuy, volvió a detener otro penal decisivo.

No levantó una copa. Salvó una categoría. Y, recién entonces, pudo retirarse definitivamente congestas que no necesitan medallas.

El Banfield de Orte y Aquino fue el segundo ascendido.

Banfield escribió el último capítulo

El reducido tampoco quiso ser sencillo.

Belgrano y Banfield debían jugar dos competencias al mismo tiempo por un insólito reglamento.

Aun así llegaron a la final.

Los cordobeses ganaron la ida.

Todo parecía encaminado.

Pero en Peña y Arenales apareció Daniel Toribio Aquino. Último minuto. Gol y ascenso.

Banfield regresaba a Primera División después de casi una década.

Belgrano se quedaba a las puertas.

Dos equipos enormes. Dos campañas memorables y en donde sólo uno podía subir.

El torneo que hizo federal al ascenso

Con el paso de los años llegaron las reformas. Los formatos cambiaron y las reestructuraciones fueron borrando parte de aquella esencia y el Nacional B dejó de parecerse a sí mismo hasta en el nombre.

Pero el campeonato inaugural permanece intacto.

Porque no fue solamente una competencia.

Fue una declaración de principios.

El Interior dejó de pedir permiso y subió al mismo tren que Buenos Aires y decidió viajar en el vagón principal.

Cada kilómetro recorrido por aquellos micros fue una pequeña conquista contra décadas de centralismo.

Cada estadio provincial dejó de ser una excursión para transformarse en una escala obligatoria del fútbol argentino.

Hace cuarenta años nacía una categoría.

En realidad, nacía algo mucho más importante. Una nueva manera de entender el país futbolero.

Porque aquel Nacional B no unió solamente clubes. Unió geografías.

No repartió únicamente puntos. Repartió pertenencia.

Y le recordó al fútbol argentino una verdad que todavía hoy incomoda a muchos.

Las mejores historias nunca nacen en las oficinas de la AFA. Nacen donde la pelota rueda entre pueblos, rutas interminables y tribunas que aprendieron a resistir cantando.