Europa apela a inversiones y expansión monetaria para afrontar la crisis

La Comisión Europea (CE) y el Banco Central Europeo (BCE) parecieron despertar esta semana de su letargo al dar señales de que bregarán por fuertes inversiones y una agresiva política de liquidez monetaria.

30 NOV 2014 - 10:33 | Actualizado

Unos pocos días después de que el titular del BCE, Mario Draghi, dejara claro que se prepara para emular el "quantitative easing" (QE) de la Reserva Federal y del Banco de Japón, le tocó el turno al presidente de la CE, Jean-Claude Juncker, quien anunció inversiones por más de 300.000 millones de euros.

De inmediato, la canciller alemana, Angela Merkel, dio el apoyo de su gobierno al paquete de inversiones de Juncker aunque, al mismo tiempo, celebraba la aprobación del Bundestag de un estricto y austero Presupuesto 2015 para Alemania.

Esta manifiesta contradicción de Alemania entre aprobar una política fiscal nacional de ajuste y apoyar otra expansiva en Europa no es más que aparente, al tiempo que desnuda la realidad del plan proclamado por Juncker.

Bien mirado, la orientación inversora de Bruselas pierde casi todo su sustento al observar que de los 300.000 millones de euros programados, sólo 20.000 millones provendrían de la Unión Europea (UE) y el resto se espera que surjan del apoyo privado a la inicitiva oficial.

La frialdad y las críticas solapadas que ha recibido el plan de Juncker se explican, justamente, por la vaguedad de sus propuestas de desarrollo de infraestructuras, fundamentalmente energéticas y de transporte.

En cambio, la decisión política de Draghi ya está encontrando resistencias en el Bundesbank y sus representantes en el Consejo del BCE, una prueba indudable del carácter expansivo de su planteo por oposición al conservadurismo fiscal y la ortodoxia monetaria que, a capa y espada, sigue defendiendo Berlín.

El miércoles pasado, días después de que el presidente del BCE hiciera conocer su voluntad de implementar la QE en Europa, el vicepresidente de la entidad, Vitor Constancio, fue un poco más allá y precisó que esa política se pondría en marcha en el primer trimestre de 2015.

Hablando ante la cúpula del establishment financiero reunido en Londres en una conferencia organizada por el diario Financial Times, Constancio dijo que "esperamos que las medidas ya adoptadas (por el BCE) se cumplirán dentro del plazo del programa", lo que supone que el balance vuelva a crecer hasta los niveles de 2012.

Y, llegado a este punto de su intervención, el alto funcionario precisó que "si no es así, tendremos que considerar comprar otros activos, incluyendo bonos soberanos en el mercado secundario", esto es, bonos de la deuda de los Estados de la Eurozona.

"Por supuesto, tenemos que seguir de cerca si el ritmo de esta evolución (de la expansión crediticia anunciada hace algunas semanas) está en línea con las expectativas. En particular, durante el primer trimestre del año próximo podremos mejorarlas si es necesario", precisó Constancio.

Más allá de las evidentes diferencias entre los anuncios de Juncker y los planes de Draghi, ambas iniciativas se inscriben en un contexto preocupante en toda Europa.

De un lado, el avance de la desinflación y el peligro latente de una caída de la economía europea en deflación y, por el otro, el crecimiento de alternativas políticas que cuestionan el euro y el orden institucional de la UE.

En Francia, la debilidad del presidente Francois Hollande, con una popularidad del 17%, la más baja para un mandatario en la historia de la Va.República, y el ascenso irrefrenable del ultraderechista Frente Nacional de Marine Le Pen, amenaza la supervivencia del eje franco-alemán alrededor del cual pivotea la UE.

En el caso de Grecia, que en estos días está enfrentada a la "troika" (BCE, UE y FMI) que le exige un recorte adicional de 2.000 millones de euros de gasto público, las encuestas indican que en la próximas elecciones la opción izquierdista de Syriza derrotará a la derechista Nueva Democracia, hoy en el poder.

Más compleja resulta la situación de España, donde el régimen político bipartidista creado en 1978 y sostenido en los socialistas y en los conservadores se desgrana día a día, entre casos de corrupción alarmante y el ascenso del progresista Podemos y los independentistas de Cataluña.

En Italia, mientras tanto, el primer ministro Matteo Renzi, del Partido Democrático (ex comunista) no logra reenderezar la economía y pierde seguidores dentro de su movimiento, abriendo incógnitas sobre el crecimiento de opciones populistas.

De conjunto, resulta claro que la UE y los europeístas, de izquierda y de derecha, deberán moverse muy rápido si quieren evitar que el deterioro social y económico continental termine empujando un viraje del electorado hacia posiciones radicales de ambos signos.

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30 NOV 2014 - 10:33

Unos pocos días después de que el titular del BCE, Mario Draghi, dejara claro que se prepara para emular el "quantitative easing" (QE) de la Reserva Federal y del Banco de Japón, le tocó el turno al presidente de la CE, Jean-Claude Juncker, quien anunció inversiones por más de 300.000 millones de euros.

De inmediato, la canciller alemana, Angela Merkel, dio el apoyo de su gobierno al paquete de inversiones de Juncker aunque, al mismo tiempo, celebraba la aprobación del Bundestag de un estricto y austero Presupuesto 2015 para Alemania.

Esta manifiesta contradicción de Alemania entre aprobar una política fiscal nacional de ajuste y apoyar otra expansiva en Europa no es más que aparente, al tiempo que desnuda la realidad del plan proclamado por Juncker.

Bien mirado, la orientación inversora de Bruselas pierde casi todo su sustento al observar que de los 300.000 millones de euros programados, sólo 20.000 millones provendrían de la Unión Europea (UE) y el resto se espera que surjan del apoyo privado a la inicitiva oficial.

La frialdad y las críticas solapadas que ha recibido el plan de Juncker se explican, justamente, por la vaguedad de sus propuestas de desarrollo de infraestructuras, fundamentalmente energéticas y de transporte.

En cambio, la decisión política de Draghi ya está encontrando resistencias en el Bundesbank y sus representantes en el Consejo del BCE, una prueba indudable del carácter expansivo de su planteo por oposición al conservadurismo fiscal y la ortodoxia monetaria que, a capa y espada, sigue defendiendo Berlín.

El miércoles pasado, días después de que el presidente del BCE hiciera conocer su voluntad de implementar la QE en Europa, el vicepresidente de la entidad, Vitor Constancio, fue un poco más allá y precisó que esa política se pondría en marcha en el primer trimestre de 2015.

Hablando ante la cúpula del establishment financiero reunido en Londres en una conferencia organizada por el diario Financial Times, Constancio dijo que "esperamos que las medidas ya adoptadas (por el BCE) se cumplirán dentro del plazo del programa", lo que supone que el balance vuelva a crecer hasta los niveles de 2012.

Y, llegado a este punto de su intervención, el alto funcionario precisó que "si no es así, tendremos que considerar comprar otros activos, incluyendo bonos soberanos en el mercado secundario", esto es, bonos de la deuda de los Estados de la Eurozona.

"Por supuesto, tenemos que seguir de cerca si el ritmo de esta evolución (de la expansión crediticia anunciada hace algunas semanas) está en línea con las expectativas. En particular, durante el primer trimestre del año próximo podremos mejorarlas si es necesario", precisó Constancio.

Más allá de las evidentes diferencias entre los anuncios de Juncker y los planes de Draghi, ambas iniciativas se inscriben en un contexto preocupante en toda Europa.

De un lado, el avance de la desinflación y el peligro latente de una caída de la economía europea en deflación y, por el otro, el crecimiento de alternativas políticas que cuestionan el euro y el orden institucional de la UE.

En Francia, la debilidad del presidente Francois Hollande, con una popularidad del 17%, la más baja para un mandatario en la historia de la Va.República, y el ascenso irrefrenable del ultraderechista Frente Nacional de Marine Le Pen, amenaza la supervivencia del eje franco-alemán alrededor del cual pivotea la UE.

En el caso de Grecia, que en estos días está enfrentada a la "troika" (BCE, UE y FMI) que le exige un recorte adicional de 2.000 millones de euros de gasto público, las encuestas indican que en la próximas elecciones la opción izquierdista de Syriza derrotará a la derechista Nueva Democracia, hoy en el poder.

Más compleja resulta la situación de España, donde el régimen político bipartidista creado en 1978 y sostenido en los socialistas y en los conservadores se desgrana día a día, entre casos de corrupción alarmante y el ascenso del progresista Podemos y los independentistas de Cataluña.

En Italia, mientras tanto, el primer ministro Matteo Renzi, del Partido Democrático (ex comunista) no logra reenderezar la economía y pierde seguidores dentro de su movimiento, abriendo incógnitas sobre el crecimiento de opciones populistas.

De conjunto, resulta claro que la UE y los europeístas, de izquierda y de derecha, deberán moverse muy rápido si quieren evitar que el deterioro social y económico continental termine empujando un viraje del electorado hacia posiciones radicales de ambos signos.


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