Pelar la cebolla

Historias Mínimas.

21 MAR 2015 - 22:00 | Actualizado

Por Sergio Pravaz / Especial para Jornada

De todos sus libros, ensayos, artículos, conferencias y cartas que escribió John William Cooke en su agitada vida de militante político, tomo una frase maravillosa que aún tiene el poder de sintetizar nuestras tragedias a pesar del tiempo y los diversos cambios de vestuario que nuestra sociedad utilizó y sigue utilizando para opinar. Reseño lo siguiente: “Hay miles y miles de hombres y mujeres que sólo conocieron la derrota, pero lo que no conocieron fue el deshonor”.

Recordar el 24 de marzo de 1976 como fecha de quiebre, de fauces abiertas para lo peor que el ser humano es capaz de planificar y ejecutar sobre sus semejantes se torna en un imperativo moral, porque como bien dice la cultura popular, de los vencedores se ocupan los de siempre, los que ya sabemos, y de los vencidos, de ellos se ocupa la memoria. (Al Bebe Cook y su extraordinario talento le ocurre algo similar).

Sucede que el tema de la memoria no es un producto espontáneo, ni acontece por un golpe hormonal, ni se sufraga en la bufonada viral de aquellos que intentan ocupar el centro de la escena a cualquier precio y además, fruncen el ceño, se calzan lentes negros y ponen la voz grave de la desmemoria.

En realidad es algo mucho más serio que todo eso, más profundo; es el resultado de un trabajo duro, extenso, consecuente; se trata de un esfuerzo por pelar definitivamente la cebolla, separar las innumerables capas del dolor a través de una elaboración racional que es necesario sostener en el tiempo para que nunca más la cicatrización de nuestras heridas colectivas tenga como base la obligación de tolerar con sumisión porque el gerente de todo lo que sucedió y sucede, sea el olvido.

Y ya sabemos que cuando se pela una cebolla hay lágrimas. Pero eso enseña y nos pone en mejor condición para continuar.

La memoria es tan necesaria como el alimento o el amor; sin ella todos nuestros esfuerzos se pierden o nos llevan a repetir los errores que permanentemente nos agobian y maltratan impidiéndonos avanzar. Inclusive, sin ella somos presa fácil de los inescrupulosos que bastardean la confianza civil con sus estandartes personales, mezquinos, y lo que debería ser un ejercicio cotidiano se torna extraordinario por imperio de las circunstancias.

Todavía hay treinta mil historias que buscan ese espacio, que tiene la sana capacidad de derrotar al olvido, poco a poco, muy lentamente, pero con la obstinación de una era geológica. Ese espacio que les pertenece por derecho y por el cual les arrebataron la vida.

Un espacio irreversible como una política de estado, como lo es hoy, y como debería permanecer si en realidad aspiramos a la adultez como nación.

Nos toca a nosotros como comunidad otorgarle la dimensión que naturalmente posee para que no sea carne para el desierto.

Es necesario redimensionar los acontecimientos ocurridos para que todos sin exclusión conozcan que el horror habitó y de alguna manera aún habita esta comarca llamada Argentina, mientras la justicia no complete su cometido.

Justicia es lo que se pide, desde siempre se la pide porque es lo que corresponde, desde siempre corresponde y es lo racional de la construcción que aún nos debemos como sociedad organizada.

Justicia y más justicia y no otra cosa, aunque se demore, aunque parezca que no llega, aunque haya que apretarle los callos para que no mire para otro lado, y haga lo que tiene que hacer. Porque siempre será nuestro último recurso, aquello a lo que apelaremos con persistencia.

Asimismo, las Madres, las Abuelas y los demás organismos de Derechos Humanos nunca pidieron otra cosa ni se dejaron tentar por las pasiones, siempre prestas, ahí, a la vuelta de la esquina.

Cesare Beccaria dijo lo siguiente, en 1791, en un libro que se llama De los delitos y las penas: “El medio más seguro pero más difícil de prevenir los delitos es la educación”.

Incuestionable ¿no?. Un pensamiento tan viejo dirían los agoreros de siempre, aquellos que esperan a que todo dure 24 horas y no más que eso; y sin embargo, su actualidad aún quema porque se trata de un espejo que nos tira sobre la cara la imagen de todo lo pendiente, aquello por lo que aún nos demoramos.

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21 MAR 2015 - 22:00

Por Sergio Pravaz / Especial para Jornada

De todos sus libros, ensayos, artículos, conferencias y cartas que escribió John William Cooke en su agitada vida de militante político, tomo una frase maravillosa que aún tiene el poder de sintetizar nuestras tragedias a pesar del tiempo y los diversos cambios de vestuario que nuestra sociedad utilizó y sigue utilizando para opinar. Reseño lo siguiente: “Hay miles y miles de hombres y mujeres que sólo conocieron la derrota, pero lo que no conocieron fue el deshonor”.

Recordar el 24 de marzo de 1976 como fecha de quiebre, de fauces abiertas para lo peor que el ser humano es capaz de planificar y ejecutar sobre sus semejantes se torna en un imperativo moral, porque como bien dice la cultura popular, de los vencedores se ocupan los de siempre, los que ya sabemos, y de los vencidos, de ellos se ocupa la memoria. (Al Bebe Cook y su extraordinario talento le ocurre algo similar).

Sucede que el tema de la memoria no es un producto espontáneo, ni acontece por un golpe hormonal, ni se sufraga en la bufonada viral de aquellos que intentan ocupar el centro de la escena a cualquier precio y además, fruncen el ceño, se calzan lentes negros y ponen la voz grave de la desmemoria.

En realidad es algo mucho más serio que todo eso, más profundo; es el resultado de un trabajo duro, extenso, consecuente; se trata de un esfuerzo por pelar definitivamente la cebolla, separar las innumerables capas del dolor a través de una elaboración racional que es necesario sostener en el tiempo para que nunca más la cicatrización de nuestras heridas colectivas tenga como base la obligación de tolerar con sumisión porque el gerente de todo lo que sucedió y sucede, sea el olvido.

Y ya sabemos que cuando se pela una cebolla hay lágrimas. Pero eso enseña y nos pone en mejor condición para continuar.

La memoria es tan necesaria como el alimento o el amor; sin ella todos nuestros esfuerzos se pierden o nos llevan a repetir los errores que permanentemente nos agobian y maltratan impidiéndonos avanzar. Inclusive, sin ella somos presa fácil de los inescrupulosos que bastardean la confianza civil con sus estandartes personales, mezquinos, y lo que debería ser un ejercicio cotidiano se torna extraordinario por imperio de las circunstancias.

Todavía hay treinta mil historias que buscan ese espacio, que tiene la sana capacidad de derrotar al olvido, poco a poco, muy lentamente, pero con la obstinación de una era geológica. Ese espacio que les pertenece por derecho y por el cual les arrebataron la vida.

Un espacio irreversible como una política de estado, como lo es hoy, y como debería permanecer si en realidad aspiramos a la adultez como nación.

Nos toca a nosotros como comunidad otorgarle la dimensión que naturalmente posee para que no sea carne para el desierto.

Es necesario redimensionar los acontecimientos ocurridos para que todos sin exclusión conozcan que el horror habitó y de alguna manera aún habita esta comarca llamada Argentina, mientras la justicia no complete su cometido.

Justicia es lo que se pide, desde siempre se la pide porque es lo que corresponde, desde siempre corresponde y es lo racional de la construcción que aún nos debemos como sociedad organizada.

Justicia y más justicia y no otra cosa, aunque se demore, aunque parezca que no llega, aunque haya que apretarle los callos para que no mire para otro lado, y haga lo que tiene que hacer. Porque siempre será nuestro último recurso, aquello a lo que apelaremos con persistencia.

Asimismo, las Madres, las Abuelas y los demás organismos de Derechos Humanos nunca pidieron otra cosa ni se dejaron tentar por las pasiones, siempre prestas, ahí, a la vuelta de la esquina.

Cesare Beccaria dijo lo siguiente, en 1791, en un libro que se llama De los delitos y las penas: “El medio más seguro pero más difícil de prevenir los delitos es la educación”.

Incuestionable ¿no?. Un pensamiento tan viejo dirían los agoreros de siempre, aquellos que esperan a que todo dure 24 horas y no más que eso; y sin embargo, su actualidad aún quema porque se trata de un espejo que nos tira sobre la cara la imagen de todo lo pendiente, aquello por lo que aún nos demoramos.


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