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OPINIÓN

Aaron




475

Aaron John Jenkins nació el 1 de agosto de 1831 en Saint Fanagan’s, una pequeña villa ubicada a unas cuatro millas de Cardiff. La vida, al parecer, no le resultó nunca fácil. De hecho compartió poco con los suyos pues a los diez años vivía lejos de allí, con otra familia, probablemente trabajando para ellos.

Ya a los 19 años figuraba como minero de hierro, en Pentyrch, cuatro años antes de casarse con Mary James Davies, quien falleció poco tiempo después del matrimonio, iniciando una serie de muertes que marcaron su vida que, además, también terminó trágicamente.

Aaron tenía varios hermanos. El mayor de ellos, Miles, falleció en 1859 y él mismo firmó –en calidad de testigo- su certificado de defunción, un año antes de casarse con Rachel Evans. Con ella vivió en Merthyr Tydfil, una pequeña villa en la que trabajó también como minero, pero de carbón. Allí nacieron sus hijos Richard y James.

Por esos tiempos su situación económica era poco menos que caótica. Lo que ganaba en la mina no alcanzaba para alimentar tantas bocas, y esta fue –probablemente- una de las razones por las que decidió emprender la aventura patagónica.

Cuando resolvió partir en 1865 con el primer contingente de galeses, Rachel estaba ya embarazada a la espera del tercer hijo del matrimonio. Se fueron a Liverpool pero el barco elegido para la travesía no llegó por lo que se gastaron el poco dinero que tenían para comer, y aun así debieron soportar días de ayuno hasta que finalmente se consiguió el Mimosa.

No le duró mucho la alegría de la partida: a los pocos días falleció James, desnutrido, víctima de una enfermedad llamada Estomatitis Ulcerosa (o gangrenosa), según lo describe David Williams en su formidable trabajo “El Valle Prometido”, del que bebe esta crónica. Dieciséis días después nació la hija del matrimonio, a la que llamaron Rachel, como su madre, su tía y sus dos abuelas.

Una vez en Patagonia, Aaron cubrió el trayecto entre Puerto Madryn y el Valle por tierra pero Rachel y los niños lo hicieron a bordo de un barco, el Mary Helen, recordado por la odisea que vivió: sorprendido por una tormenta se desvió y lo que debía hacer en pocas horas, o días, le demandó más de dos semanas. Así, sin suficiente alimentación, muchos se enfermaron, entre ellos la pequeña Rachel que llegó ya sin vida al Río Chubut.

Aaron Jenkins, ya con dos hijos muertos como saldo de la aventura, sostuvo sin embargo su lucha. Construyó su casa dentro del pozo que rodeaba el predio de Caer Artun (un fuerte abandonado al que echaron mano los colonos cuando llegaron), pero pocos meses después, mientras descansaban, la crecida del río inundó el lugar. Sacó a su esposa en brazos mientras Richard dormía en su cama y cuando volvió por él ya flotaba sobre el colchón. Por pocos minutos logró rescatarlo, salvándole la vida.

Pasó situaciones variopintas, después, lo que incluye sus intenciones de irse, el famoso episodio del riego y, sobre todo, su descubrimiento sobre la fertilidad que daba la tierra negra.

Aaron Jenkins trabó una gran amistad con Francisco y acaso por ello se convirtió en un gran cazador, para muchos el mejor de la Colonia, merced a las enseñanzas del gran cacique. En 1867, mientras buscaba presas al norte de Rawson, quedó marcado por un descubrimiento ciertamente macabro: dio con los huesos de David Williams, aquel galés perdido ni bien bajaron del Mimosa (se había llevado el diario de Aaron, tal el grado de unión que tenían). Desde ese día todo ese lugar se llama Bajo de los Huesos.

A ese golpe le sobrevino otro, pocos meses después, cuando partió el barco Denby con seis colonos rumbo a Patagones y desapareció para siempre. Entre ellos iba James Iago Jones, uno de sus grandes amigos.

Dos meses después nació Arianwen, cuarta hija del matrimonio Jenkins. Pero al parecer el parto resultó difícil, tanto para la pequeña como para su madre, Rachel. Arianwen falleció en Junio y un mes después le siguió los pasos Rachel. Aaron se quedó sólo con Richard, de siete años, pero también con el dolor de haber perdido tres hijos en tres años y a su segunda esposa. Tenía solo 37 años.

Volvería a casarse pronto y tendría más hijos. Y, sobre todo, ya no sufriría otras muertes tan cercanas.

El 8 de noviembre de 1877 llegó a su fin el quinto embarazo de Margaret, nueva esposa de Aaron, y nació Gaenor. Por eso días en Punta Arenas, Chile, se produjo un episodio que estaría unido a su vida, y a su muerte. Hubo una sangrienta revuelta en el penal de aquella ciudad, una rebelión que se conoce –aun- como El Motín de los Artilleros. Fue una masacre: asesinaron, violaron mujeres y quemaron edificios. Y muchos de ellos escaparon hacia la Patagonia Argentina.

Dos años después se divisó a un sujeto en el Valle que las autoridades supusieron integrante de aquel grupo de prófugos. Aaron, que formaba parte del Cuerpo de Guardias Voluntarios, fue enviado a buscarlo. El 16 de junio de 1879 cabalgó –en un día gris, lluvioso- hacia allí y en el camino se encontró con otros dos colonos, Jenkin Richards y Evan Edwars, que venían acompañados por un individuo desconocido que, se dice, habían apresado. No obstante, Aaron Jenkins lo arrestó formalmente, sin resistencia, aunque no lo ató ni revisó sus pertenencias. Además, el hombre se comportaba pacíficamente. Partieron de regreso y los dos colonos se adelantaron.

Esa tarde encontraron el cuerpo sin vida de Aaron Jenkins, con varias puñaladas (entre 6 y 15, según distintos testimonios) y la lengua mutilada, que algunos sospechan parte de un ritual y otros como una ofensa, aunque Richard Jones –que era su cuñado- sostuvo, en su crónica “Del Imperio al Desamparo”, que fue para que no grite y pida ayuda.

Aaron no había tratado nunca con criminales y su falta de experiencia lo llevó a la muerte, escribió John Daniel Evans en El Molinero.

El asesino se escapó pero un grupo de colonos lo buscó, lo atrapó y literalmente lo fusiló, en parte para que no se sepa quién de ellos le pegó el tiro del final. Así vengaron su muerte.

Aaron Jenkins fue el primer mártir de la Colonia galesa y, por su muerte, el 16 de junio se recuerda en Chubut como “Día Institucional del Caído en Cumplimiento de su deber”.

Poco tiempo después de estar en Patagonia le había dicho al gobernador de Malvinas, por carta, que se quería ir. Fue considerado casi un paria por eso. La pasó muy mal. No obstante, su destreza para cazar terminaría por salvar muchas vidas en los tiempos de fracasos con las cosechas. Y el descubrimiento de la fertilidad de la tierra negra, que todos despreciaban porque la juzgaban poco menos que inservible, hizo viable a la Colonia toda. Fue miembro del Concejo de los Doce, poeta, cantor y, sobre todo, una voz autorizada entre los galeses. Y fue, también, uno de los integrantes de la Expedición al Noroeste de 1871, todo un hito pues esa excursión resultó precursora en el descubrimiento del interior de Chubut y sur de Río Negro. En Trelew lo recuerda una calle lateral, de tránsito mínimo que incluso cambia de nombre al cruzar una avenida. Poco, para un personaje inigualable.


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