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OPINIÓN

Espartanos




1.965

Por Carlos Hughes

Redacción Jornada

carloshughes@grupojornada.com

En Twitter: @carloshughestre



El Chino le dijo a Pichot que quería seguir jugando al rugby, y que estaba cansado de estar preso. Se vieron en setiembre de 2014, en el Estadio Único de La Plata, cuando el proyecto que se conoce como Los Espartanos plasmó en una cancha el trabajo construido durante años puertas adentro de un penal de máxima seguridad.
La historia arrancó en 2009, con Eduardo Oderigo, abogado penalista y exjugador de San Isidro Club, como impulsor. “Trabajé en tribunales penales durante 15 años, nos dedicábamos a meter gente presa, gente que secuestraba, o vendía drogas… Con el tiempo dejé de ejercer y ya no tuve trato con personas detenidas, hasta que un amigo que jugaba conmigo al rugby me dijo que quería conocer una cárcel. Ahí vinimos a conocerla y la verdad que vimos mucha tristeza, no fue lindo. Nos fuimos y yo me quedé pensando en todo eso, hasta que unos meses después, volviendo del trabajo, pasé, hablé con el director y le dije que quería enseñarles a jugar al rugby”, cuenta en un informe realizado por los alumnos de la Universidad Austral.
Los Espartanos, que tomaron su nombre de la película 300, se reúnen a entrenar todos los martes a las nueve y media. Sus 30 jugadores son presos de la Unidad 48 del Servicio Penitenciario Bonaerense, en la localidad de San Martín. Allí transforman una humilde canchita de fútbol en lo que ellos llaman El Coliseo, con sus haches rústicas y sus ingoals irregulares.
“Me ayuda a valorar el sacrificio de la familia… Si no hubiese estado acá, quizás estaría muerto”, dice uno de ellos, dando la cara, aunque sin identificarse.
“Yo tengo una condena de siete años, le robé al intendente de San Isidro, al intendente Posse, y pudo ser cualquiera de ellos. Y que vengan y me vean como una persona me enseña también a ver como personas a los demás. A los que vean esto quiero que piensen que estamos acá porque cometimos delitos y ya nos juzgaron, queremos que la sociedad nos dé una mano cuando salgamos, que no nos sigan juzgando”, argumenta otro de sus compañeros, quien valora que los entrenadores “vengan acá y estén con delincuentes como fuimos nosotros”, porque “a mucha de esta gente le robaron”.
El Chino lleva 5 años privado de la libertad, pero hace 3 que le cambió la vida: “El rugby me ayudó mucho acá adentro y me dio muchas oportunidades. Cuando fuimos al Estadio Único de La Plata tuve la oportunidad de conocer a Agustín Pichot”, recuerda, y se emociona remarcando que “es mi ídolo, el mejor medio scrum de la historia argentina”.
Charlaron varias veces, porque el excapitán Puma estuvo también en algunos entrenamientos, y aquel día del juego en la capital bonaerense, ya en vestuarios, se acercó una vez más para preguntarle sobre su vida y su futuro. “Tuve una respuesta tonta”, dice el Chino, “le dije que quería seguir jugando al rugby, y que estaba cansado de estar preso”.
Tiene un pequeño en edad de jardín de infantes, y se lamenta porque “nunca lo pude acompañar” al colegio, ni “estar con él todas las mañanas, y lo sufro”.
Además de jugar al rugby, varios de los espartanos van al colegio, estudian en la universidad, organizan talleres dentro de la cárcel. Aseguran que lo importante es mantener la mente ocupada porque las condiciones en prisión no son las mejores.
Hicieron el pacto de volver a pelear por la vida. De esforzarse. No importa si los tacklean, se van a levantar.
Aquel día en La Plata empataron 5 a 5, un try por bando, y su rival se conformó de funcionarios judiciales y abogados. En la formación que enfrentó a los Espartanos estuvo, entre otros, el fiscal José María Campagnoli. El resultado, de todas formas, fue lo de menos. Se trató de una experiencia conmovedora, al igual que el viaje increíble que varios de ellos hicieron a Roma para visitar al Papa Francisco, que los recibió.
El sistema carcelario tiene unos 33 mil presos. En el país el índice de reincidencia alcanza, en general, al 44% de ellos; y es peor en Buenos Aires, en donde tiene picos del 65%. En el caso de los presos que han pasado por el “programa espartano”, unos 500 desde que comenzó, ese número se redujo a la mínima expresión: 1%.
Se da, además, una curiosidad: hoy los entrenamientos están poblados por presos que purgan penas, pero también por jugadores URBA, como Santiago Cordero (Regatas) y Diego Liberato (Hindú Club), funcionarios judiciales y varios hombres que aun habiendo cumplido su condena siguen yendo a entrenar con el equipo, cada martes.
“El proyecto tiene una impronta religiosa importante. Se juntan a entrenar los martes en el penal, los miércoles se realizan charlas sobre temas diversos en el pabellón (que tienen que ver con los valores que cada uno fue incorporando, las necesidades y proyectos) y los viernes se reza el rosario”, me cuenta el juez Alejandro David, involucrado en el proyecto.
“A mi modo de ver, ustedes tienen condiciones ideales para desarrollarlo: clubes de rugby, una cárcel cerca, un sacerdote bastante accesible por lo que pude conversar con él, una comunidad tranquila y amable y empresas que podrían capacitar y brindar trabajo formal a aquellas personas que egresen del sistema penitenciario”, me dice, entusiasmado con la idea de replicar la experiencia en Chubut.
El rugby es un deporte de gran rigor físico, y el sistema carcelario argentino tiene más de castigo que de reinserción. Pero esta “experiencia espartana” demuestra que juntos pueden cambiar un poquito la historia.
Vale la pena intentarlo.
 


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