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OPINIÓN

Rufino




1.319

Sobre la calle Uruguay perdura un conventillo siniestro en el que viven familias numerosas, desperdigadas por habitaciones diminutas, maltrechas; y solterones de oficios oscuros, de profesiones insondables. Todo el conjunto perdió hace años la lucha eterna contra la humedad y sólo en algunos rincones se adivinan retazos de la pintura que formó parte de mejores épocas, acaso más radiantes, de esplendores.

En aquel conventillo circulan rostros serios. Los adultos mascan la bronca de la vida que no fue mientras lanzan esas miradas sesgadas que tienen los escondedores; y a los pequeños, unos pocos, les ha caído en desuso la sonrisa, y también los juegos que alguna vez jugaron. Un par de ellos concurren a la escuela que está dos cuadras más allá, pero la mayoría ya dejó de hacerlo y -como puede- ayuda para el desafío diario de llenar el plato de comida, un éxito difícil que no siempre se alcanza… Más bien transita un camino frondoso en fracasos.

En el medio del patio enorme, abandonado al viento, está todavía el aljibe que supo calmar la sed de otros tiempos pero que ahora larga el tufo de la basura eterna que se acumuló año tras año con la desidia como testigo. Y allá en el fondo de la construcción, con su puerta tapiada bajo la desprolijidad del apuro, la habitación 23.

En aquel edificio de la calle Uruguay funcionó por años un piringundín renombrado al que asistía una mixtura social de asombro. Rufianes de la peor laya, capangas de estancias y caballeros de moño negro, portadores de sombreros cumbres, formaban una concurrencia insólita cuando la oscuridad ganaba los arrabales. En ese recinto recibían las atenciones de damas despechugadas, que les arrancaban los tragos y el corazón con sonrisas de cartón y frases en falsete, les prestaban guiños de ojos atiborrados de pinturas y los embriagaban con perfumes dulzones impregnándoles la ropa y el alma hasta el último suspiro de la resaca. Un alcohol pendenciero, borgiano, circulaba noche a noche. Unos y otras jugaban un juego del corazón en el que todo estaba permitido, salvo enamorarse, único pecado con castigo riguroso.

Aurora Reyes fue la joya de los mejores tiempos en aquel recinto que regenteaba satán mismo. Portaba una belleza asiática de la que por años se habló, allende los lupanares incluso, y desde diversas geografías llegaban los curiosos a comprobar la fama de su sonrisa generosa, sus labios latentes y unos ojos violetas que atrapaban a los incautos.

Eran los años del progreso, cuando el ferrocarril aniquilaba distancia y viajaban los que buscaban placer, los que hacían negocios, los que tenían necesidades que cumplir y no sólo los que podían, como sí ocurrió mucho tiempo después cuando le robaron a la gente los sueños de los traslados y todo quedó a merced de la política piratona.

En uno de esos vagones llegó Rufino escapándole a la pobreza. De lenguaje corto y modales ásperos, escondía sin embargo un corazón noble detrás de la armadura rígida que le había construido una vida a los golpes. Acarreaba en su maleta un par de camisas desteñidas por el uso, dos pantalones de tela áspera y un abrigo sin botones que apenas si atajaba el viento. El resto lo ocupaba su esperanza.

Rufino Pérez no tendría que haber atravesado nunca las puertas de la Parroquia, como llamaban irónicamente al piringundín en el que reinaba Aurora; pero lo hizo ni bien tuvo en sus manos el primer jornal. El trabajo era abundante y los postulantes pocos, por lo que llegó y se convirtió en el cargador de las maletas en la estación de trenes. Desde ahí se ganó el respeto en esa población pequeña que, como corresponde a todo lugar con pocas almas, solía denigrar o enaltecer con velocidad pasmosa. Es que allí todos contaban los secretos de los vecinos y el chisme vivía saltando los paredones.

Rufino cruzó esa noche el umbral y quedó atrapado para siembre por los duendes del Refugio, nombre fácil de aquel antro, y se fascinó en un instante con Aurora, quedó atado por el fulgor de aquellos ojos profundos, provocadores. La sonrisa sutil y encantadora de la más bella del lugar lo enloqueció ahí mismo, y ya no volvió a sus cabales.

Aurora se quedó desde ese día con cada paga de Rufino, bebiéndolo con rapidez para provocar el siguiente gasto, y alimentando un amor que no pensaba corresponder pero que le ensanchaba el colchón con los billetes frescos.

En aquel paraje olvidado de Dios, al que ni siquiera la iglesia mandaba curas, las mujeres coqueteaban y mostraban sus encantos sin pudor pero no entregaban aquello que reservaban para el retiro y los amores verdaderos, que todas ellas soñaban para una segunda adultez, aunque nunca llegara. Rufino jamás asimiló esas reglas de juego y cuando se hizo evidente que el dinero no compraba la pasión de las alcobas creyó atinado declarar su amor sincero y resolver en los papeles la pasión de los turnos en El Refugio.

Rogó por un momento de intimidad, uno sin las carcajadas, las risas estridentes, el humo amarillo con olor a tabaco rancio y el organillo monocorde que le daban marco al salón de aquel bodegón. Y quizás como respuesta a la fortuna que había invertido en ella, día tras día y semana tras semana, Aurora Reyes le dio cinco minutos en su habitación, allá en el fondo, cruzando el patio y esquivando el aljibe.

La historia, acaso sólo una leyenda, habla de cinco estampidos secos, un grito desgarrador y una habitación silenciosa con el cuerpo frágil destrozado, ya sin rostro. Da cuenta, también, de la sien atravesada de Rufino, el enamorado.

Nunca se sabrá la verdad completa, pero allá en el fondo de la construcción, con su puerta tapiada bajo la desprolijidad del apuro, permanece inalterable la habitación 23. Dicen que adentro perdura el perfume dulzón y que todo sigue intacto, con el tiempo detenido. Como si El Refugio hubiese existido alguna vez.
 


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