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Cada cual tiene su monstruo


Por Daniela Patricia Almirón

07/11/2016 06:47 p.m.


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La esperanza es lo último que se pierde. Es el dicho que todos conocemos. Y cuenta la leyenda que el origen de esta frase vendría del mito de Pandora y de su caja, o más bien de su tinaja, devenida en caja de boca en boca. La caja de Pandora es un mítico recipiente de la mitología griega, tomado de la historia de Pandora. Esta mujer recibió como regalo de bodas con Epimeteo, hermano de Prometeo quien habría robado el fuego para dárselo a los humanos, una “pithos”. Una tinaja ovalada. Pandora no debía abrir esa tinaja, aunque con su curiosidad en el afán de saber qué contenía, la abrió y escaparon todos los males del mundo. Quiso cerrarla y, al intentar hacerlo, en el fondo lo que quedaba era el espíritu de la esperanza. Sí, ahí estaba la esperanza, latente mientras los males se dispersaban por doquier.

Me crié en una casa construida con adobes en el campo. Con galería española, de arcos y piso rojo y amarillo. ¡Precioso para limpiarlo! Galería llena de plantas, al mejor estilo andaluz, como puede comprobarlo cuando llegué a conocerlos al cruzar el charco grande del Atlántico. El baño, nuestro baño familiar, estaba al final de esa galería. Si bien estaba en la casa, aunque había que salir. Eso de día no tenía inconvenientes, aunque de noche abrir la puerta de doble hoja, y con algo de luz y el patio todo oscuro, me generaba los temores más inimaginables. Alguien podía aparecer en mi recorrido de ida o regreso. Esa oscuridad iluminada sólo por las estrellas, que será para otra crónica quiénes me ayudaron a apreciarlas, no era suficiente para salvar mi temor. Ir corriendo y regresar igual.

Porque el campo tiene ese sonido del silencio que aturde. Esa cosa de los monstruos que aparecerán y nos comerán. Los sonidos del silencio, y no exactamente los de Simon y Garkunkel. La luz mala y todo aquello que se genera en la mente de un niño que se equipara a un monstruo. Nos llevará lejos de nuestros padres. Nos asustará de terror. No todos tienen el coraje o la inconsciencia de Alicia en el país de las maravillas.

Por eso quizás las películas de terror no me gustan. Ni tan siquiera como programa para abrazarse a alguien. No es programa para mí, definitivamente. Sí me gustan las de suspenso. Eso que va creciendo de a poquito y nos va sorprendiendo. Así es que luego de ver la entrevista a Juan Antonio Bayona, director de “A monster call” o “ Un monstruo viene a verme”, y escuchar que todo los españoles copaban los cines para verla y salir llorando a borbotones, solo por intuición le dije a mi amigo Óscar que fuéramos a verla. A lo que me inquirió: ¡Daniela, que todo el mundo sale llorando! Ya lo sé, le respondí. Y bueno, agregó, tampoco es tan malo que lloremos un tanto.

Tomo esta película, que es una belleza de fotografía y actuación de un niño de 12 años, porque trata -entre otras cuestiones esenciales de la vida- acerca de la verdad. ¿Cuán capaces somos de afrontar la verdad? Nuestra verdad. La mía. Porque habrán tantas verdades como seres humanos pensantes y opinadores y sentidores.

Connor recibe pasada la medianoche un monstruo. Un tremendo árbol, conectado a la tierra y creciendo hasta el cielo. Un increíble árbol monstruo que le contará tres historias y la cuarta tendrá que contarla Connor. Esas tres primeras historias son un festival de animación en acuarelas, que lo lleva a uno inevitablemente a aquellos cuentos, los primeros cuentos como arrullos en palabras de un poeta amigo, que escuchamos en nuestra vida. Esas historias de príncipes, reinos, reinas y envenenamientos. Esas historias en las que los buenos no son tan buenos, ni los malos son tan malos, y que la realidad que vemos puede ser muy diferente si no contamos con toda la información, y el beneficio de la duda es una opción válida.

También le mostrará que otra opción es el perdón. Como oportunidad.

La situación de Connor en su vida no es sencilla. Así es que le mostrará una segunda historia, en la que confiar y el respeto por la creencia y las labores del otro, son valiosas. Y traerá a su vida la pregunta de ¿se puede renunciar a creer en lo que más se cree?, o hay que ser firme en las creencias y valores, aun cuando estemos en una encrucijada vital y letal.

Luego le contará sobre la invisibilidad. Cuánto nos sucede en las interacciones con los que convivimos, porque queremos ser invisibles. Y en el no mostrarnos, el otro no nos ve. Nos volvemos invisibles, en un todo humano de deseos, creencias, valores. No nos registran o no registramos al otro.

El último cuento tendrá que contarlo Connor, y tiene que ver con la verdad. Su verdad, por más dura que sea. La verdad de admitir que a veces lo que se desea nos duele. Aunque actuar en consecuencia es liberador para uno y para los otros.

En ese liberarse a él mismo, verbalizando su verdad, libera al otro que también tiene dolor.

Por eso los monstruos, pareciera, son necesarios. Para mostrarnos aquello que justamente nos asusta, nos inquieta, nos desvela. Un monstruo que como Connor le habló cara a cara y sin tapujos. Un monstruo que nos lleve a la reflexión aún cara a cara con nosotros mismos para vivir y transitar el camino propio y con otros de manera más liviana. Liviana de libre. Y en esa libertad, que el tránsito terrenal se vuelva más saludable, amigable y amoroso con nosotros y con quiénes nos rodeamos, nos rodean y constituyen el espacio vital.

(*) Daniela Patricia Almirón es abogada-mediadora
 

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