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Un antes, un después ¿un siempre?


Por Daniela Patricia Almirón

27/11/2016 09:57 a.m.


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Sábado a la mañana brillante en Puerto Madryn, enero del 2009. En la web de la Federación Argentina de la Magistratura leo sobre un Congreso de Derecho Procesal en La Habana durante el mes de abril, justo en Semana Santa. Se podía ofrecer un trabajo académico para compartir como ponencia. Tenía escrito aquel primer texto sobre Mediación en lo Público que recién dos años más tarde se convertiría en un libro. Envié aquel texto, en el convencimiento de que resultaba interesante compartirlo con colegas hermanos latinoamericanos.

Si de algo estaba despojado y alejado aquel primer viaje a Cuba, era de lo ideológico. Por una suma de factores o la carencia de ellos. Mi viaje virgen de Cuba, lo era con una avidez de conocer, compartir y aprender.

No solo por mi inexperiencia en viajes fuera del país, sino desde lo cultural, todo fue una sorpresa desde el minuto en que el Profesor Juan Mendoza, vía correo electrónico, me decía que aceptaban el trabajo propuesto para compartirlo en el congreso. Obviamente, para quienes conozcan sobre alguno de mis fundamentalismos como los que no, el trabajo era sobre mediación, en Argentina y en la Provincia del Chubut.

Había que hacer un trámite de Visa, y además pensar en qué moneda llevar que luego pudiese ser usada allí, o cuál era su moneda corriente.

Más o menos así fue mi primer pie en La Habana. En lo que para ellos era su primavera, de brisa y temperaturas más bajas no por ello menos calurosas, aunque a esta friolenta le resultaban incómodas físicamente.

El congreso se desarrolló en el emblemático Hotel Nacional de Cuba, de cara al malecón, con jardines, pavo real incluido, banda tocando son y habaneras, y tremenda vista al resto de la ciudad.

Si un placer he vivido en mí vivir, es caminar desde ese hotel por el malecón hasta llegar a la Habana Vieja. En el camino el color de la ciudad. En la piel de sus habitantes, en las caderas de sus cubanas lucidas y bellas, en el trompetista a la gorra, en sus autos cincuentosos. En los edificios en lo que luego sabría, en constante restauración, de colores fuertes y arcadas y molduras españolas.

Llegar a estar muy cerca del Fuerte donde cada día se celebra el “Cañonazo” simbólico de la época de muralla y Vedado, tal el nombre de una parte de la ciudad.

Y de ahí rumbo al Capitolio y enfrente el comienzo de la calle Obispo anunciado por “El Floridita” de Heminway. Adentrarse desde ahí, oler a “moros y cristianos” plato típico, y oír son a cada paso en vivo y en directo. Y ver ese sincretismo cultural y religioso. Tomarme una foto junto a la escultura de Antonio Gades, o subir a la Cámara Oculta, invento de Leonardo Da Vinci, y con la que se ve desde una torre donde está instalada la ciudad viviente y vital.

Cuba me daría amigos de diversos ámbitos, jurídicos, académicos, docentes, del arte, de la vida. Todos y cada uno con una afectuosidad, frescura, musicalidad de voz y de sonrisa que como adicción me hace desear volver una y otra vez.

Enseñar y compartir lo que amo y creo en la mediación y la buena comunicación, con cubanos de ley ha sido un obsequio del universo, de la divinidad o del lugar que haya estado predestinado.

Cada vez que fui tenía el sueño de conocer a Fidel. Así porque sí. Porque lo viese en un acto de lejos, como fuera, me hubiese encantado.

Cuántos pueden atestiguar en sus retinas y en sus fibras sus míticos y emblemáticos discursos en esa increíble Plaza de la Revolución.

Tal como rezan hoy los sinfines de periódicos, ha dejado la tierra un estadista de los que estarán en los libros. Para bien o para mal. Querido y odiado. Seguido, perseguido y huido.

Sí, lo asumamos, cada cual más o menos interesado se pregunta acerca de qué pasará en Cuba sin Fidel vivo. ¿Qué será de Cuba?

Lo que sí creo es que seguirá siendo una nación con un pueblo increíblemente fuerte. De emociones, de convicciones. Fuerte en risas, en pluma para el escribir, en mano para la pintura colorida y expresiva. Fuerte en la voz para declamar, para decir un texto como pude oírlo en ese maravilloso teatro “Carlos Marx”. Un pueblo que registra en venas, sangre, células, sobreponerse y supervivir con una sonrisa y con una capacidad inaudita para resolver conflictos.

Ni un antes, ni un después, habrá un siempre de Fidel Castro, el Che, Raúl Castro, Camilo Cienfuegos para los cubanos. Los que aún están y vivieron ese 1° de enero del año 1959 y los que lo vivieron luego. El mundo ha cambiado. Como cambiamos las personas. En pensamiento, en emociones, en ideas. La historia seguirá contado sobre aciertos, errores y consecuencias. Una historia que no soslayará lo vivido por esta isla del Caribe, indirectamente proporcional en tamaño a fama y fortaleza. Y seguiremos escuchando al Compay, desde Alto Cedro para Macané, llegando a Cueto y luego a Mayarí… Chan, chan.


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