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Historias Mínimas / El relojero que aprendió a volar


Por Ismael Tebes / Jornada.

02/07/2017 02:00 a.m.


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Por Ismael Tebes

Podría decirse que sobraba corazón y que faltaba tecnología. Que era un alma inquieta, amante del peligro sin locuras y que su vuelo llegó tan alto que casi se hizo eterno. Volador sería la llave para adjetivarlo. Próspero Palazzo, el hombre, desafió todos los límites hasta adelantándose a los tiempos.
Tucumano. Y relojero por tradición familiar, para más datos. Con nueve hermanos y una vocación escrita que se manifestó en el Aero Club “Teniente Benjamín Matienzo” entre herramientas y manuales. Fue tal su dedicación que su curso de piloto civil fue íntegramente becado, obteniendo el brevet con altas calificaciones en 1924 tras rendir su examen en Córdoba.
Participó en el histórico raid de la denominada Escuadrilla que unió seis provincias en once días de vuelo: Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos sumando 3.200 kilómetros a bordo de tres Curtiss Oriole. Por eso, realizar siete viajes en un solo día era casi un entrenamiento cuando Palazzo se convirtió en piloto oficial de la línea “Tucumán- Tafí Del Valle”, transportando lo que hiciera falta.
Su incorporación a la pionera Aeroposta Argentina Sociedad Anónima resultó la pieza vinculante con el sur extremo. De hecho, en noviembre de 1929 fue copiloto del francés Jean Mermoz en el vuelo inaugural de la llamada “Línea al Sur” con destino a Comodoro Rivadavia. General Pacheco; Bahía Blanca, San Antonio Oeste, Trelew, Puerto San Julián, Puerto Santa Cruz; Río Gallegos  y Río Grande fueron los ramales que permitieron “comunicar” con correspondencia, carga y hasta pasajeros.
No fueron tiempos fáciles para la aviación. No existían los planes de vuelo, ni los instrumentos. Se volaba con parámetros insólitos: nunca perdiendo de vista la costa; “adivinando” el clima y sorteando las dificultades que se presentaban especialmente con intuición y habilidades. Con papeles de diario en el mameluco para combatir el frío y manuscritos que describían el dibujo costero. Así se hacía Patria desde el aire. Como Antoine de Saint Exupéry, el piloto y escritor francés, autor de “El Principito”, que llegó a escribir algunos capítulos de su obra cumbre volando por Santa Cruz, castigado por el viento patagónico; o el aviador Casimiro Szlápeliz, que sobrevolaba Sarmiento con una lluvia de caramelos para los chicos del pueblo.
Palazzo, quien solía planear como una manera de “resolver” problemas en el aire, tuvo en su hermano Vito a un socio para la pasión, al ladero perfecto para cumplir su siguiente sueño: en 1935 fundó el Aero Club, en un antiguo hangar que funcionaba en el hoy Aeropuerto “General Mosconi” y que años después fuera mudado al barrio Industrial. Dos años más tarde, Juan Ferreyra se convirtió en el primer piloto habilitado tras rendir en Morón, Buenos Aires.
A Próspero Palazzo ni sus más de cinco mil horas de vuelo le evitaron sobrevolar su destino. El martes 23 de junio de 1936 partió a las 7.50 desde el aeródromo de Bahía Blanca a bordo de un avión Laté 28. Su copiloto era el bonaerense César Brugo, quien recientemente se había incorporado a la empresa; tenía 30 años y un hijo de corta edad.
Sorteada la escala en San Antonio Oeste, a las 11.52 arribó a Trelew, donde recargó combustible y correspondencia, única carga a bordo ya que no se transportaba pasajeros en ese viaje. Se preveía en el medio un fuerte temporal de viento, lluvia y nieve, aunque sin ningún soporte meteorológico ya que en la época no existía ningún instrumental que permitiera siquiera la comunicación en vuelo. El avión postal fue divisado pasadas las 13 en Puerto Camarones, en cercanías del Golfo San Jorge, y desde allí no se tuvo más que especulaciones y malos augurios.
Luego de una intensa búsqueda por aire, mar y tierra con el condicionante de un clima impiadoso, recién tres días después pudo ser divisado en un sobrevuelo a 60 kilómetros al norte de Comodoro Rivadavia y a 200 metros de la costa entre Puerto Visser y el Cerro Salamanca, en un área de difícil acceso, sin caminos. El rescate fue posible a través del buque tanque “Aristóbulo del Valle” de la flota de YPF con botes, apoyo aéreo y baqueanos que ayudaron a establecer el lugar exacto de la tragedia. El fuselaje estaba destrozado e incendiado en su parte delantera, donde se habría provocado el fuego. Palazzo fue encontrado aferrado a los mandos con su ropa de vuelo chamuscada. Un reloj de bolsillo con cadena de su propiedad marcaba las 13.45 como el horario del accidente. También se le rescató un altímetro, un velocímetro y su equipaje. A Brugo, por su parte, despedido de la cabina a casi más de diez metros, se le encontraron 50,82 pesos en el bolsillo y papeles personales.
Las alas y la hélice partida en dos se encontraron a varios metros del resto de la estructura. A falta de cajas negras, sobraron las hipótesis. Una planteaba un vuelo “visual” a escasa altura con un aterrizaje forzado, con incendio y posterior impacto contra una ladera. Fue Vito Palazzo quien despidió el vuelo fatal de su hermano en Trelew, quien dejó entrever luego la posibilidad de un fuego declarado por falla como causal del accidente. Lo cierto es que en el lugar se erigió una cruz “In memorian” para recordar el episodio, que se convirtió en la segunda catástrofe en el historial de la Aeroposta Argentina, y la primera en territorio nacional ya que el primero había ocurrido el 16 de agosto de 1929 en la ruta a Asunción del Paraguay donde resultó víctima el aviador Pedro Ficarelli.
Hubo un detalle significativo que pone en valor el compromiso asumido, una consigna casi: las bolsas de correspondencia, encomiendas y los paquetes postales que transportaba Palazzo fueron entregados a sus destinatarios. La saca subida en Trelew, aunque afectada por el siniestro, fue recuperada casi en su totalidad.
Los restos de Palazzo fueron trasladados a Tucumán pero en la Patagonia aún se lo recuerda por su forma audaz de comunicar y achicar las distancias como si no existieran. Un barrio lleva su nombre; un monolito reseña su hombría y hasta un humilde club de barrio, con un simbólico “Aguilucho” en el pecho, lo terminaron de inmortalizar. Alto, bien alto.#

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