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SOCIEDAD

Historias Mínimas / La “Abeijón”




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Por Sergio Pravaz / Especial para Jornada

Las mujeres de la Biblioteca Popular Asencio Abeijón llevan tatuado en su cuerpo la marca del hacer. La exhiben con orgullo y ante quien sea arremeten para realizar una de las más hermosas tareas que hay en la sociedad humana, porque abrir espacios para que la gente se reúna, comparta, colabore, observe, participe, intervenga y además lea, es una dura bendición laica que no todos están dispuestos a asumir. Porque nunca alcanza el recurso humano, ni el económico, los apoyos oficiales siempre son escasos, los privados ni hablar, porque hay que robarle tiempo al descanso y dinero al propio bolsillo y así y todo, estas mujeres, es decir, las diez que integran el politburó de la Abeijón, acometen sin dudar y a como dé lugar, ellas construyen, hacen, definen.

Son capaces de sacar agua de las piedras y hasta le ponen una canilla para que sea más útil para todos. Si ellas hubiesen estado en la revolución de octubre, seguro que Lenin las ponía a comandar vastas y complejas organizaciones cuyo incierto destino hubiese hallado un noble y efectivo cauce, sin dudas. Tienen ese don y lo contagian.

Miran para arriba un rato, lo detectan a Kandinski que aún en el cielo sigue trabajando y cuando regresan con la mirada enrojecida, trazan un círculo con las manos mientras murmuran poemas extraños y bellos, y aparece en la ventana que da al mar -donde habitualmente se llevan a cabo las presentaciones de libros- un ocaso alucinante con unos colores que no existen de puro divinos que están. Ellas son así. Deben ser parientes de las malabaristas de Río Senguer porque proceden con la misma determinación y su universo está regido también por los libros.

No hacen malabares como las musas senguerinas pero sí operan otro tipo de magia poderosa, nomás hay que mirar un rato lo rápidas que son para soñar, agarran carbón, dibujan unos garabatos en el piso, se miran entre todas, aparece la sonrisa de la complicidad aún en la disidencia y salen disparadas hacia arriba. ¿Y saben por qué? Ellas son quienes dicen que de todo laberinto se sale por arriba, y ahí van, con Marechal en la cartera junto al labial, armando un fixture más completo que el de la FIFA y por cierto más limpio y con mayores posibilidades de dejarle algo suculento a quienes atinan a pasar por el edificio de la primera fila de Playa Unión.

Allí se toparán con talleres de todo tipo, de gimnasia mental, de reciclado, de folclore, tango, teatro comunitario y también infantil, clases de italiano, de crochet, de tejido con lana merino, dibujo para niños y para adultos, clases de apoyo escolar, guitarra y además, allí funciona nada menos que el Plan Fines II sede Emma para que los adultos puedan terminar su educación secundaria. También se hacen presentaciones de libros, de obras de teatro, de narración oral y espectáculos de música. Miren la pizarra de la vereda, ese émulo del periódico mural que tanto informa; es una muestra de cómo se toman las cosas estas mujeres.

Allí está todo y adentro hay mucho más; pasen y vean diría González Tuñón; entren y váyase de viaje con la vida porque ese pilar insustituible que es la lectura es otra de las perlas que tienen las bibliotecas; cualquiera de ellas contienen toneladas de aventuras, romances, tragedias, conocimientos varios, tomen un libro y vuelen, sigan su instinto, déjense llevar, tiren los hombros para adelante y que les surjan esas alas que siempre quisieron y salgan de viaje al instante; solo hay que estar dispuesto.

El edificio es breve y además, prestado, pero a pesar de eso, la “Abeijón” tiene una puerta en un escaso pasillo que apenas se distingue, pero si uno acierta a abrirla durante los días en que la marea lanza ese aroma que apenas se percibe pero que define en un segundo un recuerdo completo, se puede ingresar a un oscuro laberinto de extensas galerías en las cuales descansan, en anaqueles irregulares que suben y bajan según el accidente geográfico sobre el cual fueron construidos, todos los libros del mundo que alguna vez fueron leídos.

Hay volúmenes de todas las épocas, están los prohibidos por las iglesias, los censurados por la moral y los descatalogados por los ejecutivos de cuentas. Los hay bien escritos y también están los libros mal escritos. Hay una sección dedicada a los que tienen poquísimos lectores, otra para los que consumen voluntades a montones, una para los premiados y otra para los que fueron quemados en las épocas oscuras.

Y por supuesto que también están esos libros que son capaces de iluminar una vida completa y cuando eso sucede, ellos mismos se dan por bien pagados, se retiran, hacen votos de silencio y se cierra como una ostra vieja para que nadie los vuelva a abrir. Pero estas diez mujeres que comandan con mano volcánica los destinos de la biblioteca Popular Asencio Abeijón tienen la llave de ese libro y de todos los libros alguna vez leídos, y por eso saben, que tarde o temprano alguien aparecerá y se encontrará con él, que es lo mismo que toparse con el destino, porque se crea o no se crea, el libro es como la rueda, las vacunas o los viajes espaciales. Siempre existirá y siempre necesitaremos de él.#


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