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SOCIEDAD

Historias del crimen/ La tumba en la “tumba”




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Por  Daniel Schulman  /  Psicólogo forense / Especial para Jornada

Uno a veces usa palabras o usa la ropa de determinada manera sin saber de dónde vienen esas costumbres. Últimamente, con las detenciones de algunos exfuncionarios, algunos medios gráficos han  hecho circular algunas palabras que se utilizan con otro sentido en el ámbito carcelario, distinto al que se le da desde este lado de la reja. De esta manera, los jóvenes y no tan jóvenes de hoy usan la palabra “ortiba” sin conocer su origen, el cual tiene que ver con la palabra “batidor”, utilizada para nominar a un sujeto que presenta una conducta de alcahuete. El uso carcelario de esa palabra y la configuración inversa en sus sílabas ha desembocado en “dortiba” primero, y más tarde en “ortiba”, palabra socialmente aceptada y por demás utilizada.

De manera subrepticia, la cárcel está más presente en la sociedad de lo que uno se imagina. Como pasó con la palabra que recién desarrollé, existen otros instrumentos culturales que se han ido colando a través de las rejas y el hormigón, y han invadido muchas prácticas de la vida cotidiana. Otra prueba de esto es el uso de los pantalones bajos, dejando que se vea casi todo el culo de quien los luce. Esto viene, claro, de que en la cárcel a los detenidos históricamente se les ha quitado el cinturón, así que durante el encierro los detenidos usaban los pantalones “caídos”, moda que luego se trasladó a la vida extramuros.       

Y así hay montones. Por eso es cierto que la cárcel no es tan hermética como se cree, aunque sí es subrepticia: insidiosa, nebulosa, medio oculta. Es casi como el Diablo: opera no desde sí mismo sino a través de otros. Y sus noticias siempre irrumpen cuando sucede algo fuera de lo común y los medios se hacen eco de eso.

Así pasó con una noticia de un hecho que sucedió hace ya varios años, en una cárcel del sur de nuestro hermoso país, bastante famosa y grande por cierto, populosa en algún momento, gris como todas las cárceles, con esa atmósfera característica e inconfundible que las convierte en tales.

La vida adentro de la “tumba”, como se le llama a la prisión en la jerga carcelaria, a nivel vincular, no es distinta de la vida afuera: hay berretines, broncas, amistades, peleas, reconciliaciones, festejos, risas, llantos, alegrías… Y muertes.

Todo sucedió en una fecha cercana a las fiestas de fin de año, momento en que la ansiedad y la angustia de muchos sufren unos picos altos y acelerados, precisamente por la imposibilidad de pasarlas con sus seres queridos.

La reconstrucción del hecho indicó que todo empezó con un partido de truco, actividad inocente y salutífera si las hay, pero que puede conllevar un gran monto de agresividad y bronca si uno hace cagadas durante la partida. Y broncas no solo del bando contrario, sino también del propio.

Eran dos equipos de dos, que iban jugando el “bueno”, con un suculento botín para los ganadores que consistía en unos cuantos paquetes de cigarrillos y una tarjeta de crédito para llamar por teléfono desde un público. La cosa iba bien, se iban cagando de risa y la estaban pasando bien, hasta que uno de los jugadores se percató de que el de su derecha vestía un buzo canguro bastante suelto, que le tapaba hasta la mitad de las manos y por debajo de la cintura.

El fulano lo miró un rato y veía cómo manejaba las cartas con destreza y rapidez. El del canguro era un as barajando y moviendo las cartas de un lado para otro, además de que acompañaba esos movimientos con verbalizaciones chistosas, cosa que hacía que los contrincantes y su compañero se relajaran.

Pero claro, el fulano ya no tenía ganas de relajarse tanto, y lo empezó a mirar con más detenimiento sin cagarse de risa de las cosas que decía. “¿No tenés calor con ese canguro tan grueso?”, terminó por preguntar con el gesto adusto mientras con los dedos en pinza tanteaba el grosor de la tela.

“Estoy bien, no jodás”, le dijo el dicharachero bien serio, mientras se le borraba la sonrisa de la cara y se le notaba que una gotita de transpiración le bajaba desde la frente hasta el cogote. “Tenés calor, boludo. Sacate el buzo. Estoy viendo cómo transpirás. Sacate el buzo y dejate de joder”. “Posta, posta que estoy bien”, siguió sosteniendo el flaco.

La mano siguió y le tocó al del buzo volver a mezclar, cuando se aprestaba a desplegar sus movimientos acelerados. Cuando las cartas ya estaban repartidas, el fulano le espetó al del buzo: “Arremangate. Arremangate hijo de puta”, mientras se levantaba del asiento y lo desafiaba desde una ubicación más alta. “Arremangate hijo de puta que te estás carteando”. Los otros dos que estaban hasta ese momento ajenos a la práctica del flaco se despegaron de las sillas y se sumaron al pedido del otro. Entre los tres lo redujeron y le sacaron el canguro, pudiendo observar que tenía cartas “pesadas” por todos lados.

Si solo le hubiera pegado un par de mangazos todo habría terminado ahí y la cosa no se habría difundido tanto. Pero no fueron solo mangazos lo que recibió el “cartero”, si no también unos cuantos puntazos en todo el torso y cuello, lo que irremediablemente le produjo la muerte.

Cuando a los otros presos se les preguntó qué había pasado, todos respondieron que el flaco se había caído, y en esa caída, al pobre flaco le habían entrado por el cuerpo como cuarenta puntas afiladas que lo cosieron por todos lados.

Los tres fulanos todavía siguen presos. Tuvieron que desarrollar muchas variantes de “truco gallo”, porque nadie quiso volver a jugar con ellos.#

 


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