SOCIEDAD

La historia del hombre que construye un avión en la Cordillera


Mervyn Evans cumple el sueño de su vida.
23/10/2011 02:00

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Por Antonio Sayavedra

Muy pronto volará por primera vez el avión Storch, fabricado íntegramente por Mervyn Evans en las afueras de Trevelin, en un galpón de su chacra. La curiosidad nos llevó al lugar y fuimos muy bien recibidos por el hombre, que está a punto de cumplir con su objetivo de volar en la aeronave que nació en su inteligencia, y a fines de noviembre recibirá la inspección final de la Dirección Nacional de Aeronáutica.

La máquina está en sus últimos detalles y Soledad Aimar, del organismo nacional de aviación, tendrá que darle el visto bueno. Mervyn explicó que las inspecciones tienen tres etapas: la primera cuando inicia la construcción, la segunda cuando está terminada, y la última el día del vuelo inaugural, aunque “ellos no suben al avión ni locos; sólo te desean suerte y se quedan abajo”.

Avión Storch

Es un avión Storch experimental de dos plazas construido íntegramente por el vecino de Trevelin, mismo modelo que se utilizó para salvación en Alemania durante la segunda guerra mundial, por su capacidad de despegar y aterrizar en un escaso tramo de 30 metros. Al haber sido creado para esa misión, la cabina tiene ventanas a 45 grados que le da un gran campo visual, y buscando en la historia, fue en un Storch que rescataron a Benito Mussolini de la operación El Gran Sasso en medio de la montaña de Hungría, en un sitio inexpugnable, en medio de la guerra.

Los materiales que utilizó Evans para la construcción de su aeronave son: madera de lenga y tela de avión, además de chapas usadas de impresión de diarios en algunas partes estratégicas de la estructura.

Motor Regata

El motor es de un auto Regata, sin ningún tipo de modificaciones, y la hélice debió ser fabricada dos veces, hasta que decidió pedirla a un especialista en un taller de Buenos Aires.

El largo del aparato es de 7 metros y un peso de 400 kilos, que es un peso estándar liviano (a escala 3/4); con ruedas grandes para terrenos complicados, y el tren de aterrizaje es robusto, con 11 metros de alas. Tiene una autonomía de más de seis horas de vuelo, y aterriza a menos de 40 kilómetros por hora en poco terreno.

Nueve años después

“Estoy muy contento con esto que es el sueño de toda mi vida, y cuando esté listo para volar, dibujaré en mi cara la mejor sonrisa”, aseveró Mervyn Evans mientras contaba detalles de la “joya” cuya autoría firma. El proyecto nació en el 2002 y su realización tuvo años de impasse, hasta que se decidió encarar la etapa final, que es la construcción de las alas, que espera terminar antes de la llegada de la inspección de la Dirección Nacional de Aeronáutica.

Cuando esté completo y habilitado, Mervyn –aviador civil- no llevará el avión al aeroclub porque lo quiere tener en su casa, ya que las operaciones las hará desde una chacra vecina que le facilitará el poco terreno que necesita la aeronave para el carreteo y despegar para el vuelo, que alcanza hasta 2.500 metros de altura, sin apunamiento. Es tanto el entusiasmo y la ansiedad por transportarse en el Storch doble comando, que en la cabina ya tiene a mano el casco y las antiparras. ¿Por qué doble comando?, porque puede servir para dar instrucciones.

Hay una marca italiana de automóviles –Fiat-, pero en Alemania la sigla tiene otro significado al que apeló Mervyn Evans para sellar el motor de la máquina: errores en todas las piezas.

Y también un planeador

También tiene un planeador de 1928, de diez metros de largo, de madera. Con esos aparatos comenzaron a volar los alemanes después de perder en la primera guerra mundial, y la puesta en vigencia del tratado de Versalles con el que Francia e Inglaterra le prohíben a Alemania la aviación a motor, con excepción del uso comercial y muchas limitaciones.

Mervyn Evans consiguió los planos y construyó el planeador en un año de trabajo. Es una máquina liviana, de 90 kilos de peso, y él la voló. Dice que fue linda la experiencia a pesar de que cuando se aprestaba a aterrizar hizo mal un cálculo de viraje, y se cayó de tres metros de altura, sin daños personales.

Para este fanático de los inventos, todo es cuestión de coraje; es estudioso de las cosas y las ejecuta. “Lo que no sé lo investigo”, aseveró con soltura Mervyn. #