Sinfonía de un sentimiento

Hay escenas que se meten en la piel, que la perforan. Que entran de prepo en el mundo de las emociones sin hacer escala en el intelecto. En Río Colorado, hay hombres y hombres. Hombres que viven el sueño y otros que nacieron soñando. Están abajo y arriba, al costado y en el medio, envueltos en una vuelta olímpica imaginaria, limpita y generosa.

28 ABR 2013 - 22:24 | Actualizado

Por Juan Miguel Bigrevich / Enviado especial a Río Colorado

En Río Colorado, Germinal copó la parada. En un encuentro donde no había revancha, sacó a relucir su historia, su prosapia y su fervor y se quedó en el Argentino B. Literalmente, le tiró la camiseta a su rival. Y éste no aguantó. Lo superó en actitud, en lealtad en el juego, en el desarrollo y en el resultado. Y, obviamente, en las tribunas.

La batalla –de gloria y cenizas- fue feroz, esas que se lamentan, algunas por importantes, otras por falta de reemplazo, en donde los que pierden se van enhiestos y conmovidos, con la camiseta regada por la transpiración, pensando que es una frivolidad saludar amistosamente.

El equipo capitalino, que anduvo a los tumbos en la primera fase del certamen, desempolvó sus pergaminos y le mostró al joven Maronese (un equipo de origen barrial que apenas supera los 18 años de vida), sus 91 años de vida sobre la verde gramilla del Independiente del valle medio rionegrino.

Germinal le enrostró que es la patria de la infancia de muchos, el patio de la abuela de los domingos. Su cancha, su olor, su color, el sonido de su gente. Una sociedad de códigos invulnerables que se reconoce por el estilo, por la manera de decir y hacer. Le mostró –a Maronese y a la patria futbolera- una historia de amor simple y desenfrenado. Como debe ser el amor.

Ayer, hubo niños sonrientes y ancianos felices. Ayer, los duendes del fútbol estuvieron a su lado, gozando, sufriendo y palpitando para adentro. Llegó la esperanza. Volvió la magia soñada. Ese día habrá que poner de colorado en los almanaques.

Ayer, Germinal volvió para ser mucho de lo que fue y todo lo que jamás dejó de ser.

Todavía hoy, al revivir a Germinal en blanco y negro, su historia estremece, conmueve y emociona. Llegó con más dudas que certezas sobre su futuro en este delirante campeonato donde un centenar de conjuntos del interior del país se desangra para que sólo tres accedan a la categoría superior, penando y mendigando y sin que a nadie, o a pocos, le importe nada. Con prólogos y epílogos tormentosos.

No obstante, la historia será la que se encarga de agregar páginas desde la perspectiva que ofrece el tiempo.

Muchas veces la indiferencia de su gente se transformó en impaciencia, descortesía y olvido. Sin embargo, esta victoria puede ser una bisagra hacia el futuro. Germinal lo espera. Nosotros lo necesitamos. Pues la gente, su gente, sabe lo que es la pérdida de todo para volver a empezar, la necesidad imperiosa de ser solidarios entre sí como única manera de seguir subsistiendo. El club, como su gente, tiene privaciones y necesidades que se convierten en una manera de vivir con bolsillos flacos y esperanzas cortas con un camino que ha tenido más espinas que rosas.

Es claro que los rodea un frío silencio, forjado por la ilusión desvanecida de sus hinchas antes que nadie y del resto del medio, que piensa que se trata de una generación perdida.

Sin embargo, ayer y para hacerlo todo más dramático y en ese punto de inflexión asomó el acto de fe del hincha. Otra vez, como en tantas en lo que va del casi siglo de vida, su presencia, su apoyo, su fervor religioso tomó el equipo y lo puso donde él quería verlo. Arriba. Porque sus hinchas oyeron el mandato de la historia que les ordena fidelidad ante las infidelidades de los resultados.

Hombres de trabajo, algunos con pantalones cortos y torso desnudo y con sus hijitos sentados a caballito sobre sus hombros y mujeres de entrecasa sin maquillaje, participaron creyendo activamente de ese ritual entre sagrado y profano cuya devoción soporta la desconfianza y el desprecio de otros tantos.

En los pies del que jugó y sintió ayer la pasión estuvieron las respuestas. En aquel puño revoleado al aire –típico gesto de arenga y aprobación, para los demás o para sí mismo- estuvo el sustento cierto de la esperanza.

De cuna proletaria y anarquista de sentimiento, Germinal vive invariablemente al borde de lo novelesco pues nunca es fácil separar cuál es la realidad y qué hechos, al parecer imaginarios, son también verdaderos. Una masa laburante y ruidosa, alegremente dispuesta a las bromas y a las borracheras, se volcó a raudales para ver a once corazones en un rectángulo de noventa por setenta. Escenografía inmutable que hace repetida la descripción por más que se los ignore.

Por supuesto que las desdichas del deporte sólo se curan con deporte. Las de la vida siguen su recorrido eterno, aunque las vueltas olímpicas la mitiguen en algo. Casi un resumen perfecto de una verdad sin contraseñas; sólo la omnipotencia y la alarmante pérdida de contacto con la realidad podrán obviar esa realidad. Por poco tiempo.

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28 ABR 2013 - 22:24

Por Juan Miguel Bigrevich / Enviado especial a Río Colorado

En Río Colorado, Germinal copó la parada. En un encuentro donde no había revancha, sacó a relucir su historia, su prosapia y su fervor y se quedó en el Argentino B. Literalmente, le tiró la camiseta a su rival. Y éste no aguantó. Lo superó en actitud, en lealtad en el juego, en el desarrollo y en el resultado. Y, obviamente, en las tribunas.

La batalla –de gloria y cenizas- fue feroz, esas que se lamentan, algunas por importantes, otras por falta de reemplazo, en donde los que pierden se van enhiestos y conmovidos, con la camiseta regada por la transpiración, pensando que es una frivolidad saludar amistosamente.

El equipo capitalino, que anduvo a los tumbos en la primera fase del certamen, desempolvó sus pergaminos y le mostró al joven Maronese (un equipo de origen barrial que apenas supera los 18 años de vida), sus 91 años de vida sobre la verde gramilla del Independiente del valle medio rionegrino.

Germinal le enrostró que es la patria de la infancia de muchos, el patio de la abuela de los domingos. Su cancha, su olor, su color, el sonido de su gente. Una sociedad de códigos invulnerables que se reconoce por el estilo, por la manera de decir y hacer. Le mostró –a Maronese y a la patria futbolera- una historia de amor simple y desenfrenado. Como debe ser el amor.

Ayer, hubo niños sonrientes y ancianos felices. Ayer, los duendes del fútbol estuvieron a su lado, gozando, sufriendo y palpitando para adentro. Llegó la esperanza. Volvió la magia soñada. Ese día habrá que poner de colorado en los almanaques.

Ayer, Germinal volvió para ser mucho de lo que fue y todo lo que jamás dejó de ser.

Todavía hoy, al revivir a Germinal en blanco y negro, su historia estremece, conmueve y emociona. Llegó con más dudas que certezas sobre su futuro en este delirante campeonato donde un centenar de conjuntos del interior del país se desangra para que sólo tres accedan a la categoría superior, penando y mendigando y sin que a nadie, o a pocos, le importe nada. Con prólogos y epílogos tormentosos.

No obstante, la historia será la que se encarga de agregar páginas desde la perspectiva que ofrece el tiempo.

Muchas veces la indiferencia de su gente se transformó en impaciencia, descortesía y olvido. Sin embargo, esta victoria puede ser una bisagra hacia el futuro. Germinal lo espera. Nosotros lo necesitamos. Pues la gente, su gente, sabe lo que es la pérdida de todo para volver a empezar, la necesidad imperiosa de ser solidarios entre sí como única manera de seguir subsistiendo. El club, como su gente, tiene privaciones y necesidades que se convierten en una manera de vivir con bolsillos flacos y esperanzas cortas con un camino que ha tenido más espinas que rosas.

Es claro que los rodea un frío silencio, forjado por la ilusión desvanecida de sus hinchas antes que nadie y del resto del medio, que piensa que se trata de una generación perdida.

Sin embargo, ayer y para hacerlo todo más dramático y en ese punto de inflexión asomó el acto de fe del hincha. Otra vez, como en tantas en lo que va del casi siglo de vida, su presencia, su apoyo, su fervor religioso tomó el equipo y lo puso donde él quería verlo. Arriba. Porque sus hinchas oyeron el mandato de la historia que les ordena fidelidad ante las infidelidades de los resultados.

Hombres de trabajo, algunos con pantalones cortos y torso desnudo y con sus hijitos sentados a caballito sobre sus hombros y mujeres de entrecasa sin maquillaje, participaron creyendo activamente de ese ritual entre sagrado y profano cuya devoción soporta la desconfianza y el desprecio de otros tantos.

En los pies del que jugó y sintió ayer la pasión estuvieron las respuestas. En aquel puño revoleado al aire –típico gesto de arenga y aprobación, para los demás o para sí mismo- estuvo el sustento cierto de la esperanza.

De cuna proletaria y anarquista de sentimiento, Germinal vive invariablemente al borde de lo novelesco pues nunca es fácil separar cuál es la realidad y qué hechos, al parecer imaginarios, son también verdaderos. Una masa laburante y ruidosa, alegremente dispuesta a las bromas y a las borracheras, se volcó a raudales para ver a once corazones en un rectángulo de noventa por setenta. Escenografía inmutable que hace repetida la descripción por más que se los ignore.

Por supuesto que las desdichas del deporte sólo se curan con deporte. Las de la vida siguen su recorrido eterno, aunque las vueltas olímpicas la mitiguen en algo. Casi un resumen perfecto de una verdad sin contraseñas; sólo la omnipotencia y la alarmante pérdida de contacto con la realidad podrán obviar esa realidad. Por poco tiempo.