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Por Carlos Hughes

carloshughes@grupojornada.com

Twitter: @carloshughestre


La memoria funciona como un laberinto a veces efímero, fortuito y parcial. Retiene arbitrariamente, evade de ese modo pero también –así- morigera el olvido. Es probable que revista alivios en ese andar antojadizo, pero también ampara crueldades. Custodia las diferencias entre humanos y animales, pero no tanto.

El mediodía del viernes 15 de junio de 2007 quedó marcado para siempre en Rawson, la capital de Chubut. En un edificio prepotente que supo albergar a la sede del gobierno, con algunas de sus reparticiones, se produjo uno de los hechos más sangrientos que recuerda la historia reciente. Ese día los suboficiales de la Policía Pablo Rearte y Oscar Cruzado fueron asesinados a balazos mientras protegían dineros del Banco del Chubut en el Ministerio de Economía.

Hubo una investigación rápida y eficaz, media decena de detenidos, prófugos, juicios y condenas, pero las vidas de esos dos agentes se apagaron para siempre. Y, ya se sabe, no hay forma de rasar la muerte.

Dos placas los recuerdan en la Escuela donde se formaron como policías.

En 1877 se produjo una sangrienta revuelta en el penal de Punta Arenas, Chile, rebelión que se conoce aún como El Motín de los Artilleros. Fue una masacre: asesinaron, violaron mujeres y quemaron edificios. Y muchos de ellos escaparon hacia la Patagonia Argentina.

Dos años después se divisó a un sujeto en el Valle Inferior que, supusieron las autoridades, integraba aquel grupo de desalmados del fin del mundo. Aaron Jenkins, el colono del Mimosa que formaba parte por entonces del Cuerpo de Guardias Voluntarios, lo fue a buscar.

Cuentan que llovía pertinazmente aquel 16 de junio. En el camino se encontró con otros dos colonos, Jenkin Richards y Evan Edwars, que venían acompañados por un individuo desconocido que, se dice, habían apresado. No obstante, Aaron Jenkins lo arrestó formalmente, sin resistencia, aunque no lo ató ni revisó sus pertenencias, precaución que acaso no tomó porque el hombre se comportaba pacíficamente. Partieron de regreso y los otros dos colonos se adelantaron.

Esa misma tarde encontraron el cuerpo sin vida de Aaron Jenkins, con varias puñaladas (entre 6 y 15, según distintos testimonios) y la lengua mutilada, que algunos sospechan parte de un ritual y otros como una ofensa, aunque Richard Jones –que era su cuñado- sostuvo, en su crónica “Del Imperio al Desamparo”, que fue para que no grite y pida ayuda.

Aaron no había tratado nunca con criminales y su falta de experiencia lo llevó a la muerte, escribió John Daniel Evans en El Molinero.

El asesino se escapó pero un grupo de colonos lo buscó, lo atrapó y literalmente lo fusiló, pegándole un tiro cada uno, en parte para que no se sepa quién de ellos lo remató. Así vengaron su muerte.

Aaron Jenkins fue el primer mártir de la Colonia Galesa y, por su muerte, el 16 de junio se recuerda en Chubut como “Día Institucional del Caído en Cumplimiento de su deber”.

Entre ambos hechos hubo otros. El 26 de junio de 2012 nueve gendarmes, que regresaban a Rosario, fallecieron trágicamente en un accidente ocurrido al norte de Puerto Madryn. Se los había convocado para contener un conflicto en el yacimiento petrolero Cerro Dragón, el más rico del país, al oeste de Comodoro Rivadavia. El micro en el que viajaban chocó frontalmente con un camión a pocos kilómetros de la zona conocida como Puerto Lobos, cerca del límite con la provincia de Río Negro.

Retornaban a sus casas, claro está, después de cumplir con el deber que le había encomendado el Estado.

Son días de tristeza insondable en Argentina. El submarino ARA San Juan está perdido en las profundidades del mar y hay 44 compatriotas en su interior. Es una tragedia de enormes proporciones que conmueve al país, y a la humanidad toda. Allí está como testigo un conglomerado de fuerzas internacionales, a veces de relaciones belicosas entre sí, tratando de encontrarlos.

Por diferentes razones y en distintos niveles, trabajadores del Estado y miembros de las fuerzas de seguridad soportan un gran desprestigio en Argentina. Unos y otros tuvieron entre sus filas sujetos, y muchos, que lo provocaron. Son mal vistos por la sociedad -o por buena parte de ella-, que peca, como ocurre en toda generalización, de injusta.

Estos muertos, los de estas líneas, también fueron servidores públicos, y se les fue la vida en ello.

Les debemos mucho más que unas cuantas líneas en un diario patagónico, pero vaya este homenaje un tanto humilde, si cabe, por su valentía


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