SOCIEDAD

Historias del crimen/ Famoso en la Patagonia



1.981

Por  Daniel Schulman  /  Psicólogo forense

Ya era de noche. De noche, muy tarde. Yo andaba cansado por todo el trajín de un día agotador y me disponía a irme a dormir. Me encontraba un tanto decepcionado porque un fulano con el que me iba a juntar a la tarde me había dejado clavado. Sobre la hora me dijo que otra persona lo necesitaba, lo cual podía ser cierto, porque su presencia era muy requerida y su palabra una voz experimentada y plena de conocimiento.
Así que mientras estaba en el sillón leyendo un libro, comencé a sentir cómo los párpados hacían fuerza hacia abajo, y cada vez era más difícil mantenerme despierto. Sentí que me había dormido por un instante, al momento en que oí el sonido de un auto que se estacionaba frente a mi casa. Me asomé por la ventana y vi al fulano falluto, cumpliendo con la reunión que no había podido cumplir, aunque mucho más tarde de lo que se había previsto. Y sin avisar.
Era alto, aguileño, muy sagaz, y por momentos verborrágico. Lo acompañaba su leal compañero, toda una institución, casi tan famoso como él.
“Disculpá la demora. Pero no pude venir antes”, dijo mientras se sentaba y accedía a que los convidara con café a los dos.
La conversación, en un principio, tuvo que ver con nuestros paisajes y la zona patagónica. El tipo éste me decía que nunca había andado por acá, que no conocía, y que le había gustado mucho el paisaje y el clima. Habían recorrido varios lugares en todos estos días y ya en breve se disponían a volver a sus pagos, por lo que rápidamente fuimos al grano. “Bueno, te cuento”, me dijo finalmente, cerrando un tema y abriendo otro. “Te cuento que estuve investigando y encontré cosas muy interesantes, que te van a gustar”.
Se acomodó en la silla y encendió su característica pipa. Le dio un par de pitadas, al tiempo que le acercaba a su compañero, un médico que alguna vez estuvo en Afganistán, el encendedor para que se prendiera un cigarrillo. “La cosa es así. A mi modo de ver está bastante claro. No quedan muchas más vueltas que darle, pero nunca está de más releer todo y analizar lo que hay. A la mujer la mataron. No fue suicidio como se pensó al comienzo del asunto. Y te cuento por qué pienso todo esto”.
Abrió su maletín y empezó a sacar papeles con anotaciones, fotos, dibujos y croquis del lugar, y más papeles que parecían informes de oficinas públicas. Me pidió otro café y serví otra ronda para todos. Una vez que le dio un par de sorbos, siguió.
“Vos por ahí pensabas que iba a sacar una computadora. No. Yo con eso no ando. Yo soy muy antiguo. Yo no uso computadora. Para mí es todo papel. Papel y preguntar, y observar. Y anotar. Y después analizar. En primer lugar a la mujer la encuentran colgada en el garaje de la casa, aunque los testigos me contaron que nunca se metía en ese lugar, porque el marido lo había reciclado como depósito de sus herramientas y bártulos. Se solía encerrar horas el tipo ahí, y tenía de todo: sillón, heladerita, plasma, libros… De todo. Era como su santuario. No dejaba entrar a nadie ahí y era él el único que tenía la llave. Raro. Otra cosa. En el living de la casa noté que faltaba un cuadro. En una pared había un clavo que estaba pintado igual que la pared, pero se notaba que algo había estado colgado mucho tiempo, por las marcas en los vértices. Por ver fotos de la casa de situaciones previas, pude ver que el cuadro faltante era una foto del casamiento de la pareja. Después me llamó la atención otra cosa. La mujer era muy obsesiva con ciertas cosas, como sus libros. Tenía una biblioteca muy nutrida y descifré el criterio por el cual acomodaba sus libros: por temática, luego por autor, y de ahí, por orden alfabético. Había un libro cuya ubicación no me cerraba: era uno de Sartre, El ser y la nada, y estaba entre los libros de poesía. Además, la mujer ordenaba los libros de manera que el título en el lomo se pudiera leer de arriba hacia abajo, y éste estaba al revés. Cuando lo abrí vi una dedicatoria del año 77, de un supuesto amigo o exnovio. Preguntando acerca del tipo éste supe qué hacía poco tiempo se habían vuelto a cruzar, que habían conversado, y que la mujer le contó a su marido del encuentro casual y fortuito con este vago, y que le había caído mal la cuestión. Ah, y otra cosa interesante que pude observar. El marido no tenía el anillo de casados en el dedo donde lo usaba habitualmente. Lo tenía en la mano derecha, y pude ver en fotos que se lo ponía generalmente en la izquierda. Además, la llave del garaje, que está separado de la casa, el marido la tenía siempre en su llavero, y en esta vuelta apareció del lado de adentro, sin el resto del manojo. El tipo dijo que la mujer se ahorcó mientras él había salido a andar en bicicleta y que seguramente la mujer le había sacado la llave del manojo, pero no se encontró ADN ni rastros papilares de la mujer en la llave. Conclusión: la mató el marido y lo quiere hacer pasar por suicidio.”
El fulano le cambió el tabaco a la pipa y la volvió a encender. No nos habíamos dado cuenta que habían pasado varias horas desde que mis visitantes habían llegado. Les ofrecí más café pero negaron gentilmente con un monosílabo y un gesto de la mano. Se los notaba cansados y quién sabe hacia qué nueva historia irían a rumbear más tarde.
Cuando se dispusieron a retirarse, el fulano se calzó su característica gorra, se abrochó el sobretodo, y tomó la pipa. Sacó su reloj de bolsillo y con una expresión de apremio le dijo a su compañero que ya era hora de irse. Luego de los saludos me pareció escucharle su célebre latiguillo, con el que solía terminar sus exposiciones, “Elemental, mi querido…”, aunque en lugar del nombre de su compañero me pareció escuchar el mío.
Pero yo para ese momento ya había abierto los ojos.
Ya estaba despierto.#


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