OPINIÓN

Fascistas



Por Carlos Hughes / Twitter: carloshughestre

Oriana Fallaci tenía la lengua filosa y la pregunta urgente. Alcanzó una fama prepotente desde sus libros, pero sobre todo por sus crónicas despiadadas de guerras crueles, a veces inverosímiles. Recorrió el mundo y entrevistó a los personajes más influyentes del Siglo XX, a quienes provocó una y otra vez, incomodando al Poder.

La guerra fue su vida y su elemento. En ella transcurrió su infancia, atravesada por la Italia fascista de Mussolini.

Hija de un albañil que se convirtió en activo partisano antifascista, ella misma se colocó las ropas de la lucha uniéndose al movimiento de la Resistencia “Justicia y Libertad” cuando tenía apenas 10 años. Y, con su padre preso durante la ocupación alemana de Florencia, se encargó de trasladar municiones a través del Arno, pues los puentes habían sido destruidos. Por sus tareas en ese período, Oriana recibió un reconocimiento honorífico del ejército italiano cuando tenía 14 años.

Comenzó a estudiar medicina pero tenía el periodismo en la piel. “La primera vez que me senté detrás de una máquina de escribir me enamoré de las palabras, que brotaban como gotas, una a la vez, y se quedaban sobre la hoja… Cada gota se convertía en algo que, si hubiera pronunciado, se habría ido volando, pero sobre las páginas esas palabras se volvían intangibles”, describió años después.

Animada por su tío Bruno Fallaci, que fue periodista y director de algunos semanarios, se inició en el Mattino dell’Italia Centrale, diario de tendencia cristiana, donde se ocupó de distintos temas. Pero desde esos días surgieron sus posiciones venales y terminó en la calle tras negarse a escribir un artículo a favor del político Palmiro Togliatti, como le había ordenado su director. Se fue a Milán a trabajar con su tío Bruno, que dirigía el semanario Época de Mondadori y quien, para no ser acusado de favorecerla, “me encomendaba los peores trabajos, encargos infames”.

En los 50 Fallaci partió al mundo. Recorrió casi toda América y recaló en New York. Le pidieron que cubriera naderías de la farándula pero, fiel a su estilo, esa historia terminó con su primer libro titulado “Los siete pecados capitales de Hollywood” donde describió los entripados de la industria, con prólogo de un tal Orson Welles.

Su primer gran éxito se inspiró también allí: un reportaje sobre la condición de la mujer en Oriente que tituló “El sexo inútil, viaje en torno a la mujer”.

El periódico L’Europeo la envió en 1967 a Vietman como corresponsal de guerra. Viajaría luego 12 veces a ese país generando algunos de los reportajes más crudos y descarnados del conflicto, en donde criticó tanto al Viet Cong y al comunismo como a los estadounidenses y survietnamitas, documentando atrocidades y mentiras pero también actos de humanidad, y de heroísmo. El conflicto, para ella, “fue una locura sangrienta”.

Solo abandonó el frente provisionalmente en 1968, cuando cubrió los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy y las revueltas estudiantiles de la época. Ese mismo año, en vísperas de los Juegos Olímpicos de México, fue herida y considerada muerta tras la represión de una protesta de estudiantes contra la ocupación militar del campus de la UNAM, recordada como la matanza de Tlatelolco. Ella estaba en la Plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México, donde murieron entre 68 y 325 jóvenes (el número preciso se desconoce) y fue alcanzada por una ráfaga de ametralladora. Se dieron cuenta que seguía respirando en la morgue. Para ella, “fue una masacre peor de las que he visto durante la guerra”.

Cubrió también los conflictos bélicos de India y Pakistán, las de Medio Oriente, de América del Sur y la Guerra del Golfo.

Se codeó con los entonces príncipes de España, en Nueva York, y después dijo que “conozco a ese par de idiotas”, advirtiendo que “no es sorprendente que Juan Carlos y Sofía se conviertan en rey y reina de España cuando muera el asesino, son sus protegidos. Desde pequeño, Juan Carlos vivió bajo la sombra de Franco y es su robot obediente”, recordando que Sofía “es simplemente la hija de aquella reina de Grecia que estaba en la Juventud Hitleriana y que hizo encarcelar a 50.000 ciudadanos griegos socialistas”.

Sus coberturas fueron tan impactantes como sus entrevistas, tanto que la acusaban de hacerlo casi “brutalmente” aunque, como definió Los Angeles Times, Fallaci era “la periodista a quien virtualmente ninguna figura del mundo le dice que no”.

Así sufrieron sus preguntas, a veces lacerantes, a veces irreverentes, personajes de la talla de Giulio Andreotti, el rey Husein I de Jordania, Pietro Nenni, Giorgio Amendola, el arzobispo Makarios, Alexandros Panagoulis (opositor griego, con quien se casó tras conocerlo a la salida de la cárcel), Yasser Arafat, Mohammad Reza Pahlavi, Haile Selassie, Federico Fellini, Indira Gandhi, Golda Meir, Sean Connery y Muamar el Gadafi, entre otros.

Desafió a Henry Kissinger porque le espetó su “actuado” pacifismo; llamó directamente torturador a Leopoldo Fortunato Galtieri, el dictador argentino y protagonizó un episodio histórico frente al ayatolá Jomeini, a quien durante la entrevista Fallaci tildó de “tirano”, quitándose el chador que se le exigió para poder hacer el reportaje.

Jomeini, furioso, hizo referencia a la periodista en un discurso posterior llamándola “aquella mujer” y afirmando que no debía ser un ejemplo a seguir.

Oriana Fallaci anticipó tempraneramente la amenaza a occidente del fundamentalismo islámico, apoyó listas del partido radical en Italia y también campañas feministas.

En Argentina es muy recordada por un par de episodios que protagonizó en los años 80.

Invitada a su programa de televisión por Bernardo Neustad, Fallaci lo acusó sin pelos en la lengua de haber colaborado con la dictadura militar que había terminado recientemente.

Murió de cáncer de pulmón en 2006, a los 77 años.

Oriana Fallaci fue una mujer de hierro, a su manera. Vivió la guerra desde adentro, la cubrió críticamente, desafió una y otra vez al poder y se paró de manos ante cada tirano que logró entrevistar.

Como Hannah Arendt, pero desde su lugar, fue una luchadora extraordinaria contra el totalitarismo, acaso desde que nació bajo la opresión del gobierno de Mussolini.

Fallaci sabía con exactitud meridiana el tipo de daño que hace en una sociedad el pensamiento único.

En estos tiempos difíciles, con el recuerdo fresco del paso por Chubut de la lucha de las mujeres con el reciente encuentro realizado en Trelew, y las críticas que esto generó desde posiciones temerarias, vale la pena recordar una frase que Oriana Fallaci dejó en una de sus visitas a nuestro país: “Los argentinos tienen un enano fascista adentro”.


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