SOCIEDAD

Una escapada hasta la Isla Grande de Chiloé


Para llegar desde Esquel o El Bolsón se llega a Chile a través del paso Cardenal Samoré. Desde allí hasta Puerto Montt (por ruta 215 y panamericana).
17/03/2019 02:00

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Desde hace cuatro siglos, las cúpulas de las iglesias patronales siguen dominando el paisaje de cada uno de los pueblos, que se extienden hacia el mar con las barcas de los chilotes pescadores. Del otro lado, los campos verdes con sus papas sembradas, las ovejas y los hombres atando los bueyes para bajar la leña desde el monte.
El archipiélago de Chiloé es conocido por ser “tierra de leyendas”. Producto del cruce de las distintas corrientes nativas (chonos, huiliches) con población española afincada desde 1550, se fue forjando una idiosincrasia que con los años terminó popularizando las creencias que le dan identidad (la Pincoya, el Trauco y los brujos son parte de esta colorida cultura, al igual que el Caleuche, un misterioso barco fantasma que puede avistarse entre los islotes en las noches de niebla y luna llena).
Además de la Isla Grande (200 km de largo por 40 de ancho), existen numerosos islotes interiores poblados desde hace siglos y comunicados con los principales puertos a través de pintorescas lanchas en que los lugareños transportan sus verduras, mariscos, maderas y animales para vender en el pueblo y comprar sus insumos. Durante el verano es común que lleven a los turistas y los hospeden en sus viviendas.
Castro (fundada en 1567 por el mariscal Martín Ruiz de Gamboa), es la capital con 50 mil habitantes. Otras ciudades importantes son Ancud (45 mil habitantes), Dalcahue (15 mil), Curaco de Vélez (4 mil), Quellón (35 mil), Quinchao (9 mil), Chonchi (15 mil) y Queilén (6 mil). En todo el recorrido hay suficiente disponibilidad en alojamiento turístico (de todo tipo y categoría), además de restaurantes, ferias, tiendas, esparcimiento y excursiones.
Sin duda que Chiloé es “una tierra única”, no solamente por sus paisajes que mezclan los bordes del mar, los cielos azules y las verdes praderas matizadas con la selva valdiviana, sino por la calidez de su gente que enseguida lo hará sentir “como en casa”.
De igual modo, con su propio encanto (diferente del resto de Chile), la isla se destaca por su particular arquitectura, construida principalmente con madera, y que cuenta con elementos distintivos como balcones, tejuelas de alerce y miradores.
Este estilo puede encontrarse en sus iglesias, varias de ellas consideradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Tienen varios siglos de antigüedad y están emplazadas en Castro, Achao, Quinchao, Colo, San Juan, Caguach, Rilán, Nercón, Chelín, Aldachildo, Detif, Ichuac, Chonchi, Vilupulli, Dalcahue y Tenaún. Hay todo un circuito para visitarlas a diario, combinado con otros atractivos, como los palafitos y el parque nacional.

De fiesta

En cada fiesta chilota, el curanto en hoyo se lleva las preferencias. Se hace bajo tierra: sobre piedras calientes donde los mariscos se cocinan en su concha (cholgas, almejas, choritos y picorocos). Sobre estos se ponen las carnes de pollo, chancho ahumado y longanizas, para terminar con chapapeles y milcaos (hechos con papa y harina).
Se tapa todo con hojas de pangue (nalca) y bolsas mojadas, dejando todo cubierto finalmente con champas hacia abajo para cocer al vapor aproximadamente por espacio de una hora. Se sirve acompañado de un pebre, que consiste en sal, agua, cebollín, merkén y cilantro.
Los campesinos de la Isla Grande de Chiloé siempre han producido casi todo lo que consumen y por eso han podido conservar la gastronomía tradicional que hoy cautiva a los turistas.
Otras comidas típicas de la región (se cultivan más de 400 especies de papas), incluyen los pescados (salmón, sierra, congrio), el caldillo de mariscos, chochoca al palo, reitimiento o yoco (derivado de la carneada del cerdo) y la cazuela chilota. Por raros que parezcan, hay que animarse a probar de todo (¡seguramente querrá repetir!) y para los lugareños es un verdadero honor “que no quede nada en el plato”.
Durante todo el verano, en cada ciudad, pueblo o isla, todos los fines de semana se celebran las fiestas costumbristas, donde se destaca el humor de los cantores populares y sus alegres bailes, como el vals y la cueca chilota. Lo cierto es que nadie queda indiferente a la magia de Chiloé y la invitación es para “descubrir sus rincones y vivir una experiencia revitalizante y transformadora”.

Raíces chilotas

En la historia patagónica del último siglo, los inmigrantes chilenos construyeron buena parte de nuestras principales ciudades y pueblos: Neuquén, Trelew, Bariloche, Comodoro Rivadavia y Río Grande pueden dar testimonio de ello.
Nacidos en la Isla Grande Chiloé, y con su tradición de “patiperros” para salir al mundo a ganar el sustento, los chilotes se terminaron afincando en tierras argentinas y trajeron sus costumbres, principalmente gastronómicas, y sus tradiciones que expresan a través de la música y la danza.
Muchos de ellos vuelven “a sus raíces” en cada verano, cuando se realizan los festivales en cada pueblo, amenizados con bailes y música tradicional, además de los artesanos con productos de la biodiversidad (lana, fibra vegetal, madera). Tampoco falta la abundante gastronomía lugareña, que incluye platos típicos como el curanto, yoco, asado de cordero, milcao, cazuelas y chochoca; junto al clásico licor de oro y las mistelas.
Ya por la noche, aparecen las peñas folclóricas que congregan a los músicos más destacados del archipiélago y la presentación de conjuntos isleños caracterizados por la gran cantidad de integrantes que se toman el escenario con sus vestimentas coloridas e instrumentos (acordeón, guitarra, rabel, charranco -quijada del caballo-, matraca y tambor) para interpretar un repertorio exclusivo de cuecas chilotas, chocolate, pavo, ranchera, sirilla, pericona, trastrasera, costillar, chapecao y vals chilote, entre otros.

¡Brujerías!

 Dicen que por las noches los brujos vuelan en Chiloé vestidos con un “macuñ” (chaleco de piel de difunto). Además aseguran que dicha prenda se utiliza “a manera de farol para surcar por los aires e ir a sus reuniones nocturnas o aquelarres, donde invocan al maligno”.
Estas increíbles historias son parte de la cultura popular del archipiélago. Con paisajes tan mágicos como sus leyendas, en Chiloé las historias de brujerías se centran en la cueva de Quicaví. A ese lugar de la comuna de Quemchi solo se accede por una pequeña senda rodeada de matorrales y árboles que disimulan su entrada rodeada de musgos y que, según los lugareños, “está siempre custodiada por un grupo de invunches”, seres deformes que conocen a “los dignatarios y magnates del reino infernal”. El investigador de mitos y leyendas chilenos, Oreste Plath, relata en sus estudios que en “el palacio de la brujería de esta isla se celebran grandes reuniones de hechiceros”.
En realidad, Quicaví es tranquilo, caracterizado por sus casas de madera y techos de tejuela de alerce. Situado frente a las islas Chauques se puede llegar a esta zona por el camino de la costa este de Chiloé. Los viajeros pueden visitar allí Aucar (la isla de las almas) y Colo, donde en oposición a las prácticas de hechicería, desde el siglo XVII, los sacerdotes jesuitas y franciscanos edificaron iglesias que hoy son Patrimonio de la Humanidad.

Llegando

Desde Esquel o El Bolsón se llega a Chile a través del paso Cardenal Samoré. Desde allí hasta Puerto Montt (por ruta 215 y panamericana).Hasta Pa rgua hay otros 60 km. Donde se toma el transbordador (cuesta $12.500 chilenos -$625-) hasta Chacao (25 minutos). Ya está en Chiloé: hasta Ancud hay 32 km y hasta Castro 95 km (todos los caminos son pavimentados, dentro de la isla no hay peaje). También hay micros en forma regular.
El dato: se recomienda pagar “todo lo que se pueda” con tarjeta de débito (combustible, alojamiento, comidas, compras). También se puede sacar efectivo en pesos chilenos de los cajeros del Banco Estado (está en todos los pueblos).#


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