SOCIEDAD

El cataclismo de Valdivia: se cumplen 60 años del terremoto más poderoso de la historia


Era la tarde del 22 de mayo de 1960 y, cuando el reloj marcaba las 15:11, un terremoto de proporciones gigantescas ocurría en Chile: es el terremoto de Valdivia de 1960, cuya magnitud jamas registrada llegó a 9,5 en la escala Richter. El terremoto provocó un devastador tsunami con olas de 12 metros y causó 2.000 víctimas en Chile y dejó pérdidas directas en propiedades del orden de 550 millones de dólares.
22/05/2020 19:26

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Considerado el más grande de la historia desde que se tienen registros, el megasismo sacudió 1.000 kilómetros de tierra y mar desde la región de Biobío hasta la región de Aysén en Chile. Además, generó un tsunami que cruzó todo el océano Pacífico y cuyos efectos se sintieron en lugares tan distantes como Japón, Filipinas y Hawái, matando a más de 230 personas. Fueron registradas olas hasta de dos metros en Japón, 22 horas después de ocurrido el terremoto en Chile.

Aterrados, aquel día los habitantes de Puerto Saavedra intentaban escapar del tsunami que siguió el terremoto, cuyas olas alcanzaron más de 10 metros de altura. En ese escenario apocalíptico, el mar penetraba kilómetros tierra adentro, causando estragos también en ciudades más grandes como Valdivia. Fue entonces que una machi (guía espiritual mapuche) anunció a los lugareños que, para restablecer el equilibrio de la tierra, había que sacrificar a un niño huérfano.

La historia, que terminó dos años más tarde con los involucrados absueltos después de que el tribunal dictaminara que actuaron “impulsados por un miedo insuperable”, grafica cómo se vivió entonces este gran terremoto, que hoy revela una historia que la ciencia demoró décadas en reconstruir.
 
Hito sismológico
 
“Constituye uno de los hitos más relevantes de la sismología instrumental. Es la primera vez que los sismólogos lograron obtener registros de un terremoto catalogado como gigante y la primera vez que geólogos lograron medir los efectos en el terreno de un súper sismo”, explica Gabriel González, académico de la Universidad Católica del Norte y subdirector de Centro de Investigación para la Gestión Integrada de Riesgos de Desastres, CGIDEN, especializado en desastres de origen natural.

Fenómenos como la subducción de placas tectónicas que causan grandes movimientos de tierra, y los precursores sísmicos que anteceden a ciertos movimientos telúricos, generando patrones que ayudan en la predicción, son algunos de los avances científicos que han sido posibles gracias al estudio posterior de esta catástrofe, cuyas dimensiones se consideran de una “escala planetaria”. Gracias a este evento, hoy los especialistas saben, por ejemplo, que un terremoto de estas características se genera aproximadamente cada 300 años en la zona, como parte de un proceso de acumulación de energía que se va traspasando entre las placas.

Parte de la historia viva de este terremoto ha sido reconstruida por el académico Patricio Winkler, de la Escuela de Ingeniería Civil Oceánica de la Escuela de Valparaíso, quien recorrió 43 ciudades azotadas por este fenómeno en 1960, recopilando historias de aquellos testimonios que vivieron el terremoto y tsunami. “No contábamos con GPS, ni tampoco con los modernos instrumentos que hoy permiten medirlos. Al principio se sabía muy poco, el primer estudio en terreno no ocurrió hasta ocho años después”, cuenta el científico, quien también es parte de CIGIDEN.
 
La teoría de las placas
 
En el año 1968 y tras haber investigado el terremoto de Alaska de 1964 –es considerado el segundo más grande la historia con una magnitud de 9,2–, el geólogo estadounidense George Plafker llegó a Chile para estudiar los cambios en el nivel de la tierra generados por el terremoto, evidencia que resultó clave para comenzar a investigar estos grandes sismos. “Durante dos meses fui a casi todas las orillas del mar, desde Concepción a Aysén, utilizando lanchas, avionetas, caballos”, señaló el renombrado científico durante una visita a Valdivia en 2010, donde explicó que el terremoto de 1960 y el de Alaska, fueron científicamente muy relevantes para el desarrollo de las teorías de las placas del mundo.

Fue así que se pudo ayudar a comprobar la teoría de la subducción de placas, que, en términos muy simples, explica esta clase de terremotos por grandes movimientos de placas tectónicas que chocan entre sí. El estudio de los cambios en la línea de la costa realizado por Plafker también fue clave para determinar la extensión del terremoto en 1970, pero el primer mapa de desplazamiento del terremoto fue obtenido recién en 1990, mediante un estudio en el que participó el actual jefe del servicio de Sismología de la Universidad de Chile, Sergio Barrientos.

“Así se pudo determinar que la ruptura fue del orden de los 1.000 kilómetros. En comparación, el último gran terremoto en Chile, del 27 de febrero de 2010, tuvo una ruptura de 500 kilómetros”, explica Daniel Melnick, director del Núcleo Milenio CYCLO, iniciativa que reúne destacados científicos que estudian las zonas de subducción y los ciclos sísmicos.

El terremoto causó 2.000 víctimas en Chile y dejó pérdidas directas en propiedades del orden de 550 millones de dólares.

Muchas otras áreas alrededor del mundo se localizan cerca de zonas de subducción, similares a las causantes del cataclismo chileno de 1960. Un ejemplo es Cascadia, que se localiza al sur de Columbia Británica, frente a los estados de Washington, Oregon y el norte de California. Recientemente se ha descubierto que dicha zona de subducción es similar a la chilena, tiene un historial de terremotos que han generado tsunamis. El más reciente de estos terremotos, ocurrido en 1700, generó un tsunami que azotó a Japón con olas similares a las de 1960 en Chile.

El terremoto del 60 también fue el primero en alertar sobre la existencia de sismos precursores, que pueden anteceder a los grandes terremotos. Antes del gran sismo, se registró una secuencia sísmica que se inició la madrugada del 21 de mayo con un movimiento de magnitud 8,3, localizado bajo la costa de la ciudad de Lota, más de 300 kilómetros al norte de Valdivia. La secuencia de sismos precursores fue completada por ocho sismos de magnitudes superiores a 5,8, dos de los cuales alcanzaron una magnitud 7.3 y uno una magnitud 7.8.
 
Uno cada 300 años
 
“Esto nos permitió comenzar a entender que cuando hay terremotos, las zonas aledañas se cargan, aumentando el estrés de las placas. Eso explica la existencia de zonas que se rompen repetitivamente”, agrega Daniel Melnick. Un estudio dado a conocer en 2018 en la revista Nature Geoscience, por ejemplo, señala que el terremoto registrado el 25 de diciembre de 2016 en la localidad de Chiloé, al sur de Valdivia, se relaciona con el terremoto de 1960.

El paleosismólogo de la Universidad Católica de Valparaíso Marco Cisternas ha estudiado la ocurrencia de terremotos en esta zona en el pasado, llegando hasta los tiempos de Cristo, mucho antes que llegaran los españoles a América llevando la escritura. Mediante estudios estratigráficos con radiocarbono en la localidad de Maullín (una zona ubicada aproximadamente en la mitad de la ruptura que causó el gran sismo), analizó plantas sepultadas por la arena arrastrada por cada tsunami ocurrido durante los últimos miles de años. “Estos análisis, nos han permitido concluir que en los últimos 2 mil años se han registrado otros siete terremotos similares al de 1960”, explica.

Es así que hoy se sabe que, en esta zona, los megaterremotos ocurren aproximadamente cada 300 años. En una investigación liderada por Cisternas y publicada en 2005 en la revista Nature se explica que el predecesor más cercano al de 1960 ocurrió en 1575, siendo registrado por los conquistadores españoles en Valdivia, pocas décadas después de la fundación de la ciudad.

Las consecuencias fueron similares, pero no sería sino hasta el siglo pasado que comenzamos a entender a estos gigantes. Hoy sabemos que estos sismos tienen tal poder, que pueden hacer resonar al planeta como si de una campana se tratara, que el eje de la Tierra se puede mover más de un metro durante el sismo, o que las placas se pueden mover hasta los 40 metros, desplazando repentinamente todo el continente Sudamericano hacia el oeste. Y aunque no podemos predecir estos eventos con exactitud, una serie de pistas indican dónde –y cuándo- deberíamos estar alertas.