Una pesadilla de violencia y manipulación que terminó con un castigo millonario

En la semana, una jueza de Esquel condenó a un hombre a pagarle a su expareja una indemnización por violencia física y psicológica. La historia del caso y una crítica a un Poder Judicial que no termina de incorporar la perspectiva de género.

14 AGO 2021 - 21:19

Por Rolando Tobarez / @rtobarez
Respiramos patriarcado. La perspectiva de género en la resolución de casos pretende ser la vacuna que produzca la readaptación social, así como frente a la pandemia que acosa a la humanidad se pretende neutralizar el Covid. La Ley Micaela es sólo un principio a juzgar por lo que, pese a esa manda legal, ocurre en los casos que llegan al Poder Judicial”. El párrafo es de la jueza de Familia de Esquel, Mariela González de Vicel, advirtiendo la necesidad de que la Justicia termine de incorporar la perspectiva de género.
En la semana la jueza condenó a un hombre a pagarle $ 987.600 a su expareja por indemnización por violencia física y psicológica durante la convivencia. Ese dinero sumará intereses desde junio de 2019, fecha de la demanda. Serán $ 2 millones.
La historia violenta comenzó en 2011 en Esquel. Ella tenía 19 años; él, 33. El primer año fue normal. Primero se sentía halagada. Pasó a tenerle terror. “Una pesadilla”, dice el fallo. Él no soportaba que ella intentara actividades propias de su edad, de esparcimiento, educación y capacitación. No la acompañaba, las reprochaba y boicoteaba.
Fue in crescendo: le tiraba del pelo, la empujaba, la cacheteaba y la insultaba. Llegó a amenazarla con cuchillos, trompadas y patadas.
Ella lo naturalizó, convencida de que no era malo sino sólo la personalidad del demandado. Él lograba hacerle creer que merecía el castigo. Con el tiempo ella hasta pudo anticipar sus reacciones. Reconocía sus gestos, su postura corporal y “se preparaba para lo que venía”.
Él se aprovechó de que ella era vulnerable por una historia familiar de ausencias. Sufrió mucho el abandono de su padre. En su pareja buscó comprensión, contención y compañía; encontró sufrimiento. “Por momentos quiso morirse”. Cuando intentaba cortar, él le recordaba aquel abandono. “Hasta le escribió una carta diciéndole que la iba a matar”.
El demandado consumía alcohol. No la dejaba hacer nada. Estaba aterrorizada por su frase: “Tengo miedo de lo que yo te pueda llegar a hacer”. No controlaba sus impulsos.
En 2015 se distanciaron 10 meses. Ella quiso iniciar una carrera universitaria. El día que se iba la llamó para disuadirla, diciéndole que era el amor de su vida. La mujer partió a Córdoba pero se encontraban en El Bolsón. Viajaba 4 veces por mes para verlo. La convenció para convivir en Lago Puelo. Su familia no sabía nada.
La violencia regresó. Él minimizaba cada episodio diciendo que “no era para tanto”. Ella creía que lo quería porque había momentos buenos y todo iba a cambiar. En lugar de pedir ayuda lo defendía y lo cubría.
Hasta que se cansó y en junio de 2019, lo demandó. Habían sido 6 años de pareja y 5 de convivencia.
En su fallo, la jueza explicó que pese a las leyes que protegen a las mujeres, la “igualdad del hombre y la mujer” dista de ser realidad. “En la administración de justicia se necesitan miradas y decisiones ampliatorias de derechos que muestren que esa igualdad pregonada por leyes e instrumentos internacionales es realmente posible y necesaria”.
“Leemos sentencias que valoran conductas femeninas desde esa mirada patriarcal, con discursos judiciales que, con tecnicismos, dejan caer apreciaciones personales sobre lo que debería ser ´la buena víctima´, que es la que responde a las pautas culturales de la mujer no deseante, dedicada a las tareas de cuidado, a la maternidad y el hogar, al trabajo remunerado bajo directivas de los varones, a las que les está vedado el placer o el goce; o a la que se les cuestiona como no se hace con los varones en idénticas circunstancias. En el ámbito jurídico también funcionan los estereotipos”.
“Se trata de que los y las operadores judiciales revisemos nuestro posicionamiento frente a `lo dado´, esa realidad soterrada bajo apotegmas livianamente aplicados, como afirmar la igualdad ante la ley respecto de dos personas –un varón y una mujer, por caso– sin considerar las condiciones estructurales de vulnerabilidad que tornan imprescindible re componer el equilibrio. Se debe juzgar con perspectiva de género”.
“Se nos enseñan modelos de femineidades y masculinidades en las que se nos condiciona permanentemente”. La jueza concluyó que hubo manipulación, control y maltrato físico. La joven estaba siempre angustiada, lloraba, se alejaba de su familia, sufría la recriminación por no quedar embarazada y soportaba los comentarios negativos respecto de las amigas. Su madre sólo se enteró cuando la acompañó a la denuncia penal.
Una testigo dijo que le mostró los brazos con moretones y golpes en zonas no visibles del cuerpo. “Una vez en el centro de Esquel la arrastró de los pelos. Se ponía un jean ajustado y él era muy celoso, todo le molestaba, todo lo que ella se ponía, como actuaba, no podía nada”.
Otra testigo narró que salieron a bailar de tacos y minifalda. Le dolían los pies y él le dijo: “Si te vestiste como una p... aguántatela como una p...”. Le dio una paliza. Cuando la Policía lo atrapó “ella lo primero que hizo fue decir por favor no lo lastimen”.
Una exprofesora de Matemática declaró que en clases la joven se sacaba fotos con ella para asegurarle al demandado que estaba en el aula. Y que una vez perdió el colectivo y tomó un taxi porque si llegaba tarde “él se iba a enojar”. La obligó a sacarle fotos a la patente y a la licencia del taxista.
La definieron como una chica con muchas ganas de vivir, trabajadora, feliz. Pero esta relación la apagó y la consumió. “No la dejaba ser, no la dejaba avanzar, la manipulaba y se sentía siempre menospreciada y menos mujer, con lo linda que es siempre se tiraba a menos”, dijo una amiga.
La jueza evaluó que el hombre la sometió a su voluntad y la despreció. “Mostró indiferencia por sus intereses personales”.
Por la diferencia de edad y de experiencia de vida el sujeto “debió tener un plus de diligencia, respeto y consideración. Era él quien tenía el deber de obrar con mayor prudencia para un vínculo armónico”. En cambio usó su vulnerabilidad para deteriorar su autoestima. Le recordaba las experiencias de violencia intrafamiliar de las que fue testigo y víctima en su infancia.
Según las pericias psicológicas, el demandado es violento en sus vínculos. Posee “descargas agresivas” como mecanismo defensivo. Su carácter dominante es “un armazón que dificulta su posibilidad de autocrítica”. Responsabiliza al resto de sus defectos. “Tiene un nulo respeto por las mujeres como personas con derechos autónomos”. Intentó imponer su “propia y estereotipada versión de una relación de pareja”. Pero le causó daños psíquicos que aún hoy ella no reparó.
La secuela en la autoestima de la mujer impactó hasta no poder mirarse al espejo. Él le decía “no servís para nada” y ella lo asumía como real.
No se relacionaba con otras personas ni tenía deseo sexual. “Padeció conductas hiperalertas y somatización con complicaciones gástricas y cervicales”. Este estrés post traumático incluyó ataques de pánico.
“Si acaso ella portaba vulnerabilidades afectivas, un gesto humano, solidario y ciertamente amoroso esperable era auxiliarla desde la comprensión o terminar con el vínculo; pero nunca someterla”, concluyó la jueza. #

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14 AGO 2021 - 21:19

Por Rolando Tobarez / @rtobarez
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En la semana la jueza condenó a un hombre a pagarle $ 987.600 a su expareja por indemnización por violencia física y psicológica durante la convivencia. Ese dinero sumará intereses desde junio de 2019, fecha de la demanda. Serán $ 2 millones.
La historia violenta comenzó en 2011 en Esquel. Ella tenía 19 años; él, 33. El primer año fue normal. Primero se sentía halagada. Pasó a tenerle terror. “Una pesadilla”, dice el fallo. Él no soportaba que ella intentara actividades propias de su edad, de esparcimiento, educación y capacitación. No la acompañaba, las reprochaba y boicoteaba.
Fue in crescendo: le tiraba del pelo, la empujaba, la cacheteaba y la insultaba. Llegó a amenazarla con cuchillos, trompadas y patadas.
Ella lo naturalizó, convencida de que no era malo sino sólo la personalidad del demandado. Él lograba hacerle creer que merecía el castigo. Con el tiempo ella hasta pudo anticipar sus reacciones. Reconocía sus gestos, su postura corporal y “se preparaba para lo que venía”.
Él se aprovechó de que ella era vulnerable por una historia familiar de ausencias. Sufrió mucho el abandono de su padre. En su pareja buscó comprensión, contención y compañía; encontró sufrimiento. “Por momentos quiso morirse”. Cuando intentaba cortar, él le recordaba aquel abandono. “Hasta le escribió una carta diciéndole que la iba a matar”.
El demandado consumía alcohol. No la dejaba hacer nada. Estaba aterrorizada por su frase: “Tengo miedo de lo que yo te pueda llegar a hacer”. No controlaba sus impulsos.
En 2015 se distanciaron 10 meses. Ella quiso iniciar una carrera universitaria. El día que se iba la llamó para disuadirla, diciéndole que era el amor de su vida. La mujer partió a Córdoba pero se encontraban en El Bolsón. Viajaba 4 veces por mes para verlo. La convenció para convivir en Lago Puelo. Su familia no sabía nada.
La violencia regresó. Él minimizaba cada episodio diciendo que “no era para tanto”. Ella creía que lo quería porque había momentos buenos y todo iba a cambiar. En lugar de pedir ayuda lo defendía y lo cubría.
Hasta que se cansó y en junio de 2019, lo demandó. Habían sido 6 años de pareja y 5 de convivencia.
En su fallo, la jueza explicó que pese a las leyes que protegen a las mujeres, la “igualdad del hombre y la mujer” dista de ser realidad. “En la administración de justicia se necesitan miradas y decisiones ampliatorias de derechos que muestren que esa igualdad pregonada por leyes e instrumentos internacionales es realmente posible y necesaria”.
“Leemos sentencias que valoran conductas femeninas desde esa mirada patriarcal, con discursos judiciales que, con tecnicismos, dejan caer apreciaciones personales sobre lo que debería ser ´la buena víctima´, que es la que responde a las pautas culturales de la mujer no deseante, dedicada a las tareas de cuidado, a la maternidad y el hogar, al trabajo remunerado bajo directivas de los varones, a las que les está vedado el placer o el goce; o a la que se les cuestiona como no se hace con los varones en idénticas circunstancias. En el ámbito jurídico también funcionan los estereotipos”.
“Se trata de que los y las operadores judiciales revisemos nuestro posicionamiento frente a `lo dado´, esa realidad soterrada bajo apotegmas livianamente aplicados, como afirmar la igualdad ante la ley respecto de dos personas –un varón y una mujer, por caso– sin considerar las condiciones estructurales de vulnerabilidad que tornan imprescindible re componer el equilibrio. Se debe juzgar con perspectiva de género”.
“Se nos enseñan modelos de femineidades y masculinidades en las que se nos condiciona permanentemente”. La jueza concluyó que hubo manipulación, control y maltrato físico. La joven estaba siempre angustiada, lloraba, se alejaba de su familia, sufría la recriminación por no quedar embarazada y soportaba los comentarios negativos respecto de las amigas. Su madre sólo se enteró cuando la acompañó a la denuncia penal.
Una testigo dijo que le mostró los brazos con moretones y golpes en zonas no visibles del cuerpo. “Una vez en el centro de Esquel la arrastró de los pelos. Se ponía un jean ajustado y él era muy celoso, todo le molestaba, todo lo que ella se ponía, como actuaba, no podía nada”.
Otra testigo narró que salieron a bailar de tacos y minifalda. Le dolían los pies y él le dijo: “Si te vestiste como una p... aguántatela como una p...”. Le dio una paliza. Cuando la Policía lo atrapó “ella lo primero que hizo fue decir por favor no lo lastimen”.
Una exprofesora de Matemática declaró que en clases la joven se sacaba fotos con ella para asegurarle al demandado que estaba en el aula. Y que una vez perdió el colectivo y tomó un taxi porque si llegaba tarde “él se iba a enojar”. La obligó a sacarle fotos a la patente y a la licencia del taxista.
La definieron como una chica con muchas ganas de vivir, trabajadora, feliz. Pero esta relación la apagó y la consumió. “No la dejaba ser, no la dejaba avanzar, la manipulaba y se sentía siempre menospreciada y menos mujer, con lo linda que es siempre se tiraba a menos”, dijo una amiga.
La jueza evaluó que el hombre la sometió a su voluntad y la despreció. “Mostró indiferencia por sus intereses personales”.
Por la diferencia de edad y de experiencia de vida el sujeto “debió tener un plus de diligencia, respeto y consideración. Era él quien tenía el deber de obrar con mayor prudencia para un vínculo armónico”. En cambio usó su vulnerabilidad para deteriorar su autoestima. Le recordaba las experiencias de violencia intrafamiliar de las que fue testigo y víctima en su infancia.
Según las pericias psicológicas, el demandado es violento en sus vínculos. Posee “descargas agresivas” como mecanismo defensivo. Su carácter dominante es “un armazón que dificulta su posibilidad de autocrítica”. Responsabiliza al resto de sus defectos. “Tiene un nulo respeto por las mujeres como personas con derechos autónomos”. Intentó imponer su “propia y estereotipada versión de una relación de pareja”. Pero le causó daños psíquicos que aún hoy ella no reparó.
La secuela en la autoestima de la mujer impactó hasta no poder mirarse al espejo. Él le decía “no servís para nada” y ella lo asumía como real.
No se relacionaba con otras personas ni tenía deseo sexual. “Padeció conductas hiperalertas y somatización con complicaciones gástricas y cervicales”. Este estrés post traumático incluyó ataques de pánico.
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