PROVINCIA

Fano y Steding rompieron el silencio y dijeron no tener nada que ver ni con Amaya ni con Solari

El exjefe de la Unidad 6 dijo que al saber del asma de Amaya, se preocupó por trasladarlo ràpidamente al hospital de Villa Devoto. Y que en su gestión no hubo “hechos de violencia” aunque los presos políticos “no eran corderos”. El exguardiacárcel aseguró que “nunca intervine” en la represión.

10/05/2013 02:03

Defensa. Fano se presentó ante el tribunal para hacer su descargo.

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Hubo sorpresa en Rawson. El exjefe de la Unidad 6, Osvaldo Fano, y el exguardiacárcel Jorge Steding, pidieron hablar ante el tribunal que los juzga. No aceptaron preguntas y ambos aseguraron no tener nada que ver ni con la muerte de Mario Abel Amaya ni con las torturas que sufrió Hipólito Solari Yrigoyen.

Fano dio la explicación más extensa. Del ingreso de Amaya al penal, el 11 de setiembre de 1976, aseguró que le avisó al juez federal de entonces que el detenido “no estaba en condiciones porque atravesaba una crisis asmática. Gracias a la intervención del doctor García, que hizo su informe y gestionó ante Saleg, del Servicio Médico, me puse en campaña con mis superiores para derivarlo al Hospital Penitenciario Central en Devoto”.

En el Cine Teatro “José Hernández”, Fano le dijo al tribunal haber intentado “apurar” la atención para Amaya. “Me mandaron un médico, Cablinski, para que lo asista exclusivamente. Estuvo tres o cuatro días y después me tocó gestionar el traslado ante los superiores”. El exjefe de la U-6 deslizó que un traslado era complicado. “No era como apretar un timbre y ya estaba disponible: había que gestionar el avión, la custodia, quién lo lleva, a qué hora, una serie de cosas que dilatan”.

El acusado insistió con que en Villa Devoto, a Amaya “lo reciben apto y sin lesiones, y es importante destacarlo”. Fano fue director desde febrero del ´76 hasta los primeros días de enero del ´77. “Muchas de las cosas que se dijeron acá las desconozco y las rechazo porque no tengo conocimiento de que se hayan hecho esos hechos de violencia que se mencionan”, advirtió.

Recordó a su favor la visita del tribunal a la U-6. “Pudieron advertir tranquilamente que en el pabellón son dos salas de 20 celdas de cada lado, 40 personas alojadas y un solo agente con la llave para abrir y sacar a recreo o al baño”. Con su lógica, “es absurdo pensar que ese hombre puede maltratar a voluntad a cualquiera de los internos”.

Fano explicó que aquellos presos políticos “no eran corderos sino personas con un pasado bastante fuerte; son personas normales que van a reaccionar si los agreden, por eso rechazo el argumento de que eran agredidos en cualquier momento o por cualquier circunstancia”.

Enfatizó que “la comida era igual para todos” y mencionó: “Alguien se quejó de que el cordero no lo veían, pero no lo veían ni siquiera los que estábamos afuera porque en esos tiempos se comía carne de capón todo el año. La temporada de cordero era de fines de noviembre a mediados de enero y se acabó”.

Admitió que había quejas por la falta de asistencia espiritual. “Pero se cumplía regularmente, sin inconveniente, y hasta tuvimos la presencia del obispo de Comodoro Rivadavia, Argimiro Moure”. Junto con el capellán de la cárcel recorrieron todos los pabellones. “Quiero destacar que muchas de las cosas que mencionaron los internos son planteos y suposiciones propias, no hubo intención en ningún momento de perjudicarlos”, remarcó.

Fano describió que las calderas de los pabellones funcionaban con petróleo desde la inauguración del penal, en 1952. “Por razones técnicas no quisieron cambiarlas, conectaron el gas y como es mucho más calorífero que el petróleo, a los viejos tubos de la caldera los quemaba”.

Por eso los presos se bañaban con agua caliente “y ¡pum!, reventaba la caldera, pero no es que alguien cerraba maliciosamente la llave para perjudicarlos; pedíamos la reparación, había problemas de presupuesto, lo reparábamos y volvíamos a tener problemas con otra caldera. Así estábamos penando”. Fano insistió con que al agua caliente y la fría “no lo manejábamos nosotros a nuestro libre albedrío para perjudicarlos. El problema era técnico y no lo pudimos resolver con eficiencia por el problema del presupuesto”.

Cuando la fuga de agosto de 1976, Fano trabajaba en el penal de Neuquén. “Causó una gran conmoción”, aseguró. Y generó drásticos ajustes en la seguridad interna para combatir la subversión, con más guardias y sistemas más rígidos. “En el ´73 yo era subdirector en Río Gallegos, no alcance a estar 6 meses y me mandan sorpresivamente a Rawson”. Según su exjefe, en la U-6 “se replantearan todos los sistemas: un jefe de mi repartición decía que hay que trabajar como si fuese un tablero de ajedrez, proteger al rey y los lugares mas sensibles de la Unidad: la puerta de salida y de entrada al penal, la Sala de Armas y la Dirección para evitar la toma de rehenes; eso había que reforzarlo absolutamente”.

“La información de que Amaya estaba tirado en una celda con la cabeza partida fue de García”

Además de la palabra de dos de los tres acusados, otro dato fuerte del juicio fue la ampliación de la acusación y de la posible pena para Osvaldo Fano y Jorge Steding. Hasta ahora, el exjefe de la U-6 y el exguardiacárcel estaban sólo acusados por tomentos en perjuicio de Mario Abel Amaya. Pero ayer el tribunal aceptó el agravante que pidieron los acusadores y los imputados también deberán responder por la muerte del abogado radical. Es que los fiscales federales Horacio Arranz y Fernando Gélvez consideraron que todos los testigos dejaron claro que Amaya murió a causa de las torturas, las vejaciones y los malos tratos en su presidio. Si antes la pena máxima que se les podía aplicar a Fano y a Steding era de 15 años de prisión, ahora podrían ser condenados hasta a 25 años.

En este sentido, la situación de Luis García no varió. En cambio, el médico de Trelew sí quedó complicado por el testimonio de Margarita García, por videoconferencia desde el Consejo de la Magistratura en Capital Federal. La mujer –esposa de Marcelino López- en 1976 trabajaba en el Hospital de Trelew. “Un día se acerca el doctor (Jorge José) Lago, me llama para decirme o darme un mensaje de que Amaya estaba en la cárcel de Rawson y que estaba muy herido con la cabeza lastimada, partida y tirado en una celda. Había recibido la información por García, que trabajaba con él”.

Soprendida

“Le pregunte con sorpresa por qué me había llegado esa información y me dijo que porque el doctor Luis García era médico en la cárcel”, relató la mujer. “Se lo trasmití a mi esposo para que él supiera que hacer y se comunicó con Raúl Alfonsín. Esa fue la información y ese mensaje fue muy claro y duro”. El relato es clave porque cuando le tocó declarar, Lago negó que el exministro radical le haya hablado de Amaya. La testigo y Marcelino lo desmienten.

Otra videoconferencia fue la del conocido dirigente radical Marcelo Stubrin, que estuvo en el primer velatorio de Amaya, en Mataderos. “El cadáver estaba demacrado, extremadamente delgado, sin dientes y con la boca hundida”, describió. No habló de marcas de golpes. “Nos impactó mucho porque tenía un brillo particular en el rostro y su madre estaba desolada”.

Stubrin tuvo vínculo estrecho y diario con el abogado. Fue su asesor de bloque y trabajaron juntos en la Asociación Gremial de Abogados y en la Facultad de Derecho.

“Eso me causó un contraste porque parecía otra persona la que vi en su última morada, con un aspecto extremadamente llamativo y un estado calamitoso. Su estado era algo conmovedor”.

“Se sabía que había sufrido maltratos –le dijo al tribunal-. Hasta se habló de que se cambió su certificado de defunción, que originalmente hablaba de un paro cardiorrespiratorio traumático, y se le puso ´no traumático´ para disimular los evidentes maltratos a los que fue sometido”.

Según Stubrin, “con el estado de salud de Amaya, el maltrato debía desembocar en una situación de esa naturaleza”. Y es que todos sabían qué pasaba. “Los maltratos no eran novedad para nadie y siempre se supo que las condiciones para Solari y Amaya eran extremadamente gravosas y adversas”.

El último relato del juicio fue de José Suárez, el empleado de la funeraria que llevó al cadáver de Amaya de Villa Devoto a la sala velatoria. “Me llevan a un cuarto blanco con un catre, donde estaba el cuerpo cubierto con una sábana. Lo destapé y veo que es su cadáver, con pelo corto”. Según el testigo, “lo conocía de antes y estaba muy flaco, le acaricié el torso, el pecho y el abdomen porque me llamó la atención el brillo en su piel, como si fuese Blend en una mesa”. Un uniformado le gritó que tape el cuerpo pero Suárez se tomó su tiempo. No vio marcas de golpes.