Por Walter García Moreno.
Espío el arco allá al fondo, tapado con la bandera que me hizo el Nacha para Sudáfrica y este Mundial no pudo estar acá sufriendo este momento. Pero la bandera, que es cábala, estuvo todos los partidos. Antes de Maxi, Romero nos había hecho explotar al atajar dos penales, pero faltaba uno y no queríamos sufrir más, como sufrimos en el partido con cada entrada de Robben que chocó con el gigante Mascherano. Y Maxi va y vamos todos los que estamos acá y los cuarenta millones de argentinos que lo sufren igual o más que nosotros por la tele. Y no hay forma que ese arquero holandés pueda detener ese tiro empujado por tantas voluntades todas unidas. La pelota le vence los brazos y explota el estadio. Nos abrazamos con mi primo el Tero, “estamos en la final…estamos en la final, gritamos con la voz entrecortada por la emoción inmensa…nos felicitamos todos en la tribuna, es que cada uno le dio un poco de la fuerza a ese tiro del final. Tuvieron que pasar veinticuatro años para poder vivir esto de nuevo, la mitad de mi vida para volver a ver a la Argentina en una final de la Copa del Mundo. No es fácil estar acá, no fue fácil, nos llevó 24 años darnos cuenta de lo duro que es.
A la salida de la cancha se lo decía a Fermín, que tiene 25 años y compartió todo el Mundial con Raúl su papá, orgulloso de poder disfrutar este momento histórico con su hijo. Yo tenía la misma edad que él cuando Argentina llegó por última vez a una final del Mundial y tuve que esperar la mitad de mi vida para volver a verla jugar el último partido de la Copa. Es muy difícil, se hace con los goles de Messi y compañía, pero también con el palo de los suizos, los cabezazos errados por los belgas y las manos enormes de chiquito Romero hoy…
Son las seis de la mañana del domingo en Río de Janeiro y ya no puedo dormir más, la ansiedad es superior al sueño. Todavía una luna inmensamente llena ilumina los morros que rodean la ciudad. Me suena en la cabeza la canción de Caetano que me enseñaron en las clases de portugués: “Lua de Sao Jorge…Lua deslumbrante...”
¿A quién iluminará esa luna?; ¿a los cientos de miles de argentinos que deambulan por las calles de Río o a los pocos alemanes que se ven por las míticas veredas de ondas negras y blancas de la Avenida Atlántica?
“Lua de Sao Jorge…cheia, branca e inteira…” iluminará el sueño o la vigilia de esos 23 leones argentinos que no tengo duda van a dejar la piel ante los bravos alemanes que a Brasil…bueno ya de eso se habló demasiado… ¿Cómo será la última noche antes de la final de la Copa del Mundo? ¿podrán dormir estos pibes o están dando vueltas en la cama como yo, viendo esta luna enorme en el cielo carioca?
“Lua de Sao Jorge, lua maravilha…” brilha sobre os mares.. brilla sobre o meu amor”.
Me siento frente a la computadora a escribir como antes de cada uno de los siete partidos que jugó Argentina. Esta es mi cábala, después se lo voy a mandar a Carlos Baulde, que se está enterando ahora que le cuento de esta cábala que no podemos romper. Y después me voy a preparar para ir a la cancha. El partido es a las cuatro de la tarde pero al mediodía vamos a salir para el Maracaná para llegar todo lo temprano que la apertura de las puertas del estadio nos permita.
Porque en definitiva, aunque todos queremos que el día termine como todos soñamos, hoy pienso disfrutar estar acá, tener el privilegio de ser uno de los setenta mil afortunados que vamos a ver este partido increíble en vivo. Disfrutar de todo lo que va a estimular mis sentidos, el resultado puede ser para cualquiera pero la fiesta tiene que ser de todos.
Y tiene un sabor diferente además para los que estamos hace un mes atrás de este sueño. Un mes que no voy a olvidar en mi vida. Viviendo en una ciudad maravillosa, que siempre me pareció hermosa pero que esta vez fue más que nunca su gente, fue el portero del edificio que me albergó este mes con lo que gastamos bromas antes de cada partido.
Río también fue la señora que me preparaba el desayuno cada mañana en la panadería de la vuelta. Esos cafés con leche con pan con manteca que me hicieron acordar a mi infancia, antes de irme a patear a la pelota en la cancha del Círculo de Obreros, en el barrio de la cancha de Independiente, donde me llevaba mi abuelo Tito a ver a Parsechian.
Porque a pesar del resultado deportivo, coincido con Dilma, su presidenta, cuando dijo que Brasil había ganado el Mundial. Es que le ganó a la desconfianza sobre si el país estaba preparado para organizar la Copa. El torneo fue una maravilla, la gente siempre intentó ayudar a los turistas en todos lados, no nos sentimos inseguros ni en los estadios ni en las calles, fuera de episodios aislados que no empañan la fiesta que vivimos este mes. Ya el sol ilumina las favelas colgadas de los morros y la señorial playa de Ipanema allá abajo, las dos realidades son Río de Janeiro y este país de contrastes, espero sea la luz que ilumine a la Argentina en el día más importante de las últimas dos décadas.#
(NdR: La nota fue escrita antes de disputarse la final entre Argentina-Alemania).
Por Walter García Moreno.
Espío el arco allá al fondo, tapado con la bandera que me hizo el Nacha para Sudáfrica y este Mundial no pudo estar acá sufriendo este momento. Pero la bandera, que es cábala, estuvo todos los partidos. Antes de Maxi, Romero nos había hecho explotar al atajar dos penales, pero faltaba uno y no queríamos sufrir más, como sufrimos en el partido con cada entrada de Robben que chocó con el gigante Mascherano. Y Maxi va y vamos todos los que estamos acá y los cuarenta millones de argentinos que lo sufren igual o más que nosotros por la tele. Y no hay forma que ese arquero holandés pueda detener ese tiro empujado por tantas voluntades todas unidas. La pelota le vence los brazos y explota el estadio. Nos abrazamos con mi primo el Tero, “estamos en la final…estamos en la final, gritamos con la voz entrecortada por la emoción inmensa…nos felicitamos todos en la tribuna, es que cada uno le dio un poco de la fuerza a ese tiro del final. Tuvieron que pasar veinticuatro años para poder vivir esto de nuevo, la mitad de mi vida para volver a ver a la Argentina en una final de la Copa del Mundo. No es fácil estar acá, no fue fácil, nos llevó 24 años darnos cuenta de lo duro que es.
A la salida de la cancha se lo decía a Fermín, que tiene 25 años y compartió todo el Mundial con Raúl su papá, orgulloso de poder disfrutar este momento histórico con su hijo. Yo tenía la misma edad que él cuando Argentina llegó por última vez a una final del Mundial y tuve que esperar la mitad de mi vida para volver a verla jugar el último partido de la Copa. Es muy difícil, se hace con los goles de Messi y compañía, pero también con el palo de los suizos, los cabezazos errados por los belgas y las manos enormes de chiquito Romero hoy…
Son las seis de la mañana del domingo en Río de Janeiro y ya no puedo dormir más, la ansiedad es superior al sueño. Todavía una luna inmensamente llena ilumina los morros que rodean la ciudad. Me suena en la cabeza la canción de Caetano que me enseñaron en las clases de portugués: “Lua de Sao Jorge…Lua deslumbrante...”
¿A quién iluminará esa luna?; ¿a los cientos de miles de argentinos que deambulan por las calles de Río o a los pocos alemanes que se ven por las míticas veredas de ondas negras y blancas de la Avenida Atlántica?
“Lua de Sao Jorge…cheia, branca e inteira…” iluminará el sueño o la vigilia de esos 23 leones argentinos que no tengo duda van a dejar la piel ante los bravos alemanes que a Brasil…bueno ya de eso se habló demasiado… ¿Cómo será la última noche antes de la final de la Copa del Mundo? ¿podrán dormir estos pibes o están dando vueltas en la cama como yo, viendo esta luna enorme en el cielo carioca?
“Lua de Sao Jorge, lua maravilha…” brilha sobre os mares.. brilla sobre o meu amor”.
Me siento frente a la computadora a escribir como antes de cada uno de los siete partidos que jugó Argentina. Esta es mi cábala, después se lo voy a mandar a Carlos Baulde, que se está enterando ahora que le cuento de esta cábala que no podemos romper. Y después me voy a preparar para ir a la cancha. El partido es a las cuatro de la tarde pero al mediodía vamos a salir para el Maracaná para llegar todo lo temprano que la apertura de las puertas del estadio nos permita.
Porque en definitiva, aunque todos queremos que el día termine como todos soñamos, hoy pienso disfrutar estar acá, tener el privilegio de ser uno de los setenta mil afortunados que vamos a ver este partido increíble en vivo. Disfrutar de todo lo que va a estimular mis sentidos, el resultado puede ser para cualquiera pero la fiesta tiene que ser de todos.
Y tiene un sabor diferente además para los que estamos hace un mes atrás de este sueño. Un mes que no voy a olvidar en mi vida. Viviendo en una ciudad maravillosa, que siempre me pareció hermosa pero que esta vez fue más que nunca su gente, fue el portero del edificio que me albergó este mes con lo que gastamos bromas antes de cada partido.
Río también fue la señora que me preparaba el desayuno cada mañana en la panadería de la vuelta. Esos cafés con leche con pan con manteca que me hicieron acordar a mi infancia, antes de irme a patear a la pelota en la cancha del Círculo de Obreros, en el barrio de la cancha de Independiente, donde me llevaba mi abuelo Tito a ver a Parsechian.
Porque a pesar del resultado deportivo, coincido con Dilma, su presidenta, cuando dijo que Brasil había ganado el Mundial. Es que le ganó a la desconfianza sobre si el país estaba preparado para organizar la Copa. El torneo fue una maravilla, la gente siempre intentó ayudar a los turistas en todos lados, no nos sentimos inseguros ni en los estadios ni en las calles, fuera de episodios aislados que no empañan la fiesta que vivimos este mes. Ya el sol ilumina las favelas colgadas de los morros y la señorial playa de Ipanema allá abajo, las dos realidades son Río de Janeiro y este país de contrastes, espero sea la luz que ilumine a la Argentina en el día más importante de las últimas dos décadas.#
(NdR: La nota fue escrita antes de disputarse la final entre Argentina-Alemania).