Por Sergio Pravaz
Hay mujeres que son capaces de hacer cualquier cosa. Yo conozco a cuatro que cuando abren la boca les salen lápices de colores. Sí, ya cuando sonríen, entre los dientes se puede ver como pujan por salir esos lápices de todos los tamaños, enteros, a la mitad, menos de la mitad, con punta, sin punta, mordidos, con una goma de borrar en la cola, con sabor a óleo, acuarela y con tendones para dibujar una primavera completa en un solo movimiento.
Cuando logran saltar de esas cuatro bocas se tiran de cabeza al piso, y ahí, ya sin dominio se largan por sí solos a hacerse los van Gogh, los Kandinski, y todo lo transforman. Como será el asunto que pintan el aire, que de paso sea dicho es tan difícil eso, ¿no?.
Faber Castell se tatuaron las cuatro del lado del corazón; miren si serán locas.
Hay ocasiones, cuando la noche está iluminada por una redonda y hermosa luna de pomelo, como la de la canción de Tom Waits, ellas se juntan, se suben a los árboles y hacen un conjuro. Son parecidas a las malabaristas de Río Senguer pero las que yo refiero son de Trelew y en vez de organizar ferias de libros, son músicas y cantan.
Cuando salen al escenario, vestidas como ellas se visten, con sus ropas de unos colores estrafalarios y hermosos a la vez, de esos que te hipnotizan ni bien posás la mirada sobre ellas, parece que le hubiesen robado la paleta completa a Frida Kahlo; y eso que la sufrida diosa azteca del arte mundial algo sabía de colores.
Bueno, así son las Copleñitas; no se andan con chiquitas; toman los que desean, se los tiran encima, se pintan con ellos, se untan el cuerpo, se dibujan margaritas en la garganta, los tiran sobre sus instrumentos, sobre el piso, las paredes y hasta cuando abren la boca para buscar un tono que reparten entre las cuatro para simplemente afinar, les salen las texturas y los matices con tres orejas, dos narices y una sensación de tener campanitas entre los ojos que es un contento.
Un Do para allá que sale pintado de amarillo, un Mi que recorre el techo y rebota riendo en las ventanas con su cara azul, un Fa verde y panzón que acompaña lento esperando su momento, y así van saliendo hasta acomodarse parejitos a la espera de las indicaciones de estas cuatro féminas del canto latinoamericano. Porque esa es la ruta que ellas caminan, la que conocen y sobre la que despliegan todo su arsenal, aunque a veces tomen otras voces, más escondidas, de otros tiempos, que aún permanecen en el norte de África, en un barrio de Serbia o sobre la margen de un río que acompaña a un pueblito de Vietnam.
Ellas son antropólogas de sonidos ocultos porque saben de tejidos secretos, de tramas apagadas que ellas mismas cuelgan al sol en la cuerda de la ropa para que les salga nuevamente esa energía del canto. Así nos muestran la belleza de la gente que en todas latitudes canta porque sueña, sufre y lo dice con música: una canción de cuna, un casamiento, un amor, una tragedia, lo que sea, pero por suerte mujeres y hombres se anda contando la historia de sus vidas y para eso está la canción popular, para ser ligazón y que nos enteremos, nos asombremos y disfrutemos del alto arte de los pueblos que saben decir con el corazón aquello que incomoda a la razón; para que nos identifiquemos y veamos que ese espejo nos refleja tal cual somos en todas partes y lugares.
Ellas abren el mapa, lo ponen sobre la mesa, lo miran con fruición, lo estudian, ponen el dedo allí y le arrancan al noble pergamino una canción, rarísima generalmente y sumamente bella, porque las cuatro copleñas son así, audaces para caminar por los hilos del alambrado cuando practican esas voces inhabituales, de fugaz y lentitudes, de ataques sonoros y levedades de aire, moderadas y furiosas a la vez.
Como elegantes mochileras de la canción se la pasan andando y recolectando; no hay esquina de ese mapa que no hayan auscultado; lo hacen con un estetoscopio para detectar el más leve de los sonidos, el timbre más apagado, el registro más oculto, y allí se lanzan las cuatro cuando creen reconocer esa línea melódica que necesitan. Y ellas son de encontrar porque saben que el secreto del arte también se sufraga justo en ese lugar por donde pasa todo el mundo y nadie mira, ni ve. Por eso Kenia Rodríguez, Alejandra Guerra, Andrea Freyer y Antú Silva son lo que son, un pabellón de colores que se mueven con sus diversos instrumentos y cuando abren la boca, son la envidia de van Gogh y de Kandinski juntos, a los que se los suele ver en la última fila cada vez que ellas cantan.#
Por Sergio Pravaz
Hay mujeres que son capaces de hacer cualquier cosa. Yo conozco a cuatro que cuando abren la boca les salen lápices de colores. Sí, ya cuando sonríen, entre los dientes se puede ver como pujan por salir esos lápices de todos los tamaños, enteros, a la mitad, menos de la mitad, con punta, sin punta, mordidos, con una goma de borrar en la cola, con sabor a óleo, acuarela y con tendones para dibujar una primavera completa en un solo movimiento.
Cuando logran saltar de esas cuatro bocas se tiran de cabeza al piso, y ahí, ya sin dominio se largan por sí solos a hacerse los van Gogh, los Kandinski, y todo lo transforman. Como será el asunto que pintan el aire, que de paso sea dicho es tan difícil eso, ¿no?.
Faber Castell se tatuaron las cuatro del lado del corazón; miren si serán locas.
Hay ocasiones, cuando la noche está iluminada por una redonda y hermosa luna de pomelo, como la de la canción de Tom Waits, ellas se juntan, se suben a los árboles y hacen un conjuro. Son parecidas a las malabaristas de Río Senguer pero las que yo refiero son de Trelew y en vez de organizar ferias de libros, son músicas y cantan.
Cuando salen al escenario, vestidas como ellas se visten, con sus ropas de unos colores estrafalarios y hermosos a la vez, de esos que te hipnotizan ni bien posás la mirada sobre ellas, parece que le hubiesen robado la paleta completa a Frida Kahlo; y eso que la sufrida diosa azteca del arte mundial algo sabía de colores.
Bueno, así son las Copleñitas; no se andan con chiquitas; toman los que desean, se los tiran encima, se pintan con ellos, se untan el cuerpo, se dibujan margaritas en la garganta, los tiran sobre sus instrumentos, sobre el piso, las paredes y hasta cuando abren la boca para buscar un tono que reparten entre las cuatro para simplemente afinar, les salen las texturas y los matices con tres orejas, dos narices y una sensación de tener campanitas entre los ojos que es un contento.
Un Do para allá que sale pintado de amarillo, un Mi que recorre el techo y rebota riendo en las ventanas con su cara azul, un Fa verde y panzón que acompaña lento esperando su momento, y así van saliendo hasta acomodarse parejitos a la espera de las indicaciones de estas cuatro féminas del canto latinoamericano. Porque esa es la ruta que ellas caminan, la que conocen y sobre la que despliegan todo su arsenal, aunque a veces tomen otras voces, más escondidas, de otros tiempos, que aún permanecen en el norte de África, en un barrio de Serbia o sobre la margen de un río que acompaña a un pueblito de Vietnam.
Ellas son antropólogas de sonidos ocultos porque saben de tejidos secretos, de tramas apagadas que ellas mismas cuelgan al sol en la cuerda de la ropa para que les salga nuevamente esa energía del canto. Así nos muestran la belleza de la gente que en todas latitudes canta porque sueña, sufre y lo dice con música: una canción de cuna, un casamiento, un amor, una tragedia, lo que sea, pero por suerte mujeres y hombres se anda contando la historia de sus vidas y para eso está la canción popular, para ser ligazón y que nos enteremos, nos asombremos y disfrutemos del alto arte de los pueblos que saben decir con el corazón aquello que incomoda a la razón; para que nos identifiquemos y veamos que ese espejo nos refleja tal cual somos en todas partes y lugares.
Ellas abren el mapa, lo ponen sobre la mesa, lo miran con fruición, lo estudian, ponen el dedo allí y le arrancan al noble pergamino una canción, rarísima generalmente y sumamente bella, porque las cuatro copleñas son así, audaces para caminar por los hilos del alambrado cuando practican esas voces inhabituales, de fugaz y lentitudes, de ataques sonoros y levedades de aire, moderadas y furiosas a la vez.
Como elegantes mochileras de la canción se la pasan andando y recolectando; no hay esquina de ese mapa que no hayan auscultado; lo hacen con un estetoscopio para detectar el más leve de los sonidos, el timbre más apagado, el registro más oculto, y allí se lanzan las cuatro cuando creen reconocer esa línea melódica que necesitan. Y ellas son de encontrar porque saben que el secreto del arte también se sufraga justo en ese lugar por donde pasa todo el mundo y nadie mira, ni ve. Por eso Kenia Rodríguez, Alejandra Guerra, Andrea Freyer y Antú Silva son lo que son, un pabellón de colores que se mueven con sus diversos instrumentos y cuando abren la boca, son la envidia de van Gogh y de Kandinski juntos, a los que se los suele ver en la última fila cada vez que ellas cantan.#