Por Carlos Hughes / Twitter: @carloshughestre
Al terminar los tres primeros años de la carrera de Medicina comencé a pensar hacia dónde me encaminaría luego de recibir el título. Sabía que debía dirigirme a un lugar donde un médico hiciera mucha falta y, al mismo tiempo, donde tuviera la ocasión de iniciar una labor en beneficio de la comunidad que me brindara hospitalidad; es decir, una acción personal que se proyectara mucho más allá del ejercicio de la profesión. Debía buscar, pues, un sitio que además de darme la oportunidad de ejercer la medicina, me ofreciera la posibilidad de integrarme a su vida cívica, a su desarrollo social y –si fuera posible- a su progreso como pueblo. Intuía, eso sí, que me radicaría en el interior del país. Lo que desconocía aún al promediar la década del ’30 era hacia qué rumbo me llevaría el destino”.
Atilio Oscar Viglione falleció el 20 de marzo de 2010 y en este párrafo, extraído de la biografía que compuso junto al periodista y escritor Eduardo Hualpa, explica por qué eligió como destino Patagonia y desembarcó en una región a la que, desde su impronta, ayudaría a cambiar para siempre.
La vida pública de Viglione, que entre otros cargos desarrolló el complejo papel de conducir los destinos de la provincia en el retorno de la Democracia en 1983, es largamente conocida y reconocida en esta parte del país, pero también lo son innumerables anécdotas como médico, dirigente, funcionario o simplemente vecino, pues su paso por Chubut, a donde llegó cuando aún era Territorio Nacional, está marcado por sus tareas, es cierto, pero sobre todo por su honestidad y su hombría de bien.
Fue gobernador, diputado, presidente de cooperativas, de clubes, de foros de ciudadanos y creador de una institución, el Sanatorio Trelew, que trascendió a su tiempo y por el que pasó y pasa buena parte de la historia de la salud pública de la ciudad.
Llegó al lugar que eligió para vivir en la década del 40, cuando la ciudad de Luis –como la llama en su libro- apenas superaba los 6 mil habitantes. Así dejó atrás a su Chivilcoy natal, donde había nacido el 16 de setiembre de 1914, “año en que dio comienzo la Gran Guerra, como se llamó a la trágica lucha entre pueblos del Hemisferio Norte. Según todos creyeron, sería la última y la más cruenta. Pero se equivocaron”, dice en el primer párrafo de su biografía, que utiliza para explicar el recorrido que tuvo después su vida: “Es quizás por ello que mi destino es la lucha; porque hubo lucha desde que vine al mundo”.
“¿Quién me acompaña? Tengo que ir a ver un paciente a 28 de Julio” solía interrumpir a los habitantes del bar del club Huracán, en su época de presidente de la institución, buscando un ladero para enfrentar la noche, el hielo y el barro bajo el manto del invierno crudo.
Y allí salían, no importaba si la helada arreciaba y la lluvia convertía el viaje al confín del Valle en una temeridad. Se las arreglaba siempre para llegar, atender y dejar los remedios que hicieran falta, sin cobrarlos jamás. Y en más de una ocasión, a escondidas del enfermo para que no lo alcanzara la vergüenza, dejando el dinero necesario para los medicamentos en algún estante inalcanzable para la luz de las velas.
Las caminatas por verdaderos pantanos para llegar hasta alguna vivienda alejada, los pasatiempos truncos en pos de algún enfermo que necesitaba atención de urgencia allá lejos en la noche, o los números siempre a la vista para que todos supieran a dónde iba a parar cada centavo de las instituciones que le tocó comandar; forman parte de esos recuerdos que se marcaron a fuego en quienes lo conocieron y lo siguieron detrás de su figura cumbre, su vozarrón constante y su eterno ejemplo.
En 1983 lo eligieron gobernador. No le fue fácil la tarea y tuvo inconvenientes severos por un país que sufrió a horrores la inestabilidad propia de la época y una situación financiera que le explotó en las manos a Raúl Alfonsín, entonces presidente y amigo personal de Don Atilio. Afrontó todo eso con su temperamento de lucha, lo que incluyó descontentos y algunas protestas que lo marcaron a fuego. Sin embargo, el tiempo se encargó de poner en su lugar su verdadera estatura y hoy hay un reconocimiento universal a su tarea invalorable.
En el año 2005 este patriarca radical de la Patagonia inhóspita fue homenajeado por el entonces gobernador Das Neves con el nombre de una localidad, en el interior profundo de la provincia. La elección no fue casual: el paso de Atilio Viglione por Chubut estuvo marcado siempre por su ayuda a los más necesitados y en ese marco, como funcionario cuando le tocó serlo, se prodigó por los pueblos más alejados, los más pequeños, los de menores recursos.
El manejo de la cosa pública y la política, siempre cuestionada, fue la plataforma desde la que este hombre trascendió para meterse de lleno en la historia.
Fue único e irrepetible, y es una pena que así suceda. Por eso se extraña aún hoy, cuando ya llevamos cinco años sin Don Atilio.

Por Carlos Hughes / Twitter: @carloshughestre
Al terminar los tres primeros años de la carrera de Medicina comencé a pensar hacia dónde me encaminaría luego de recibir el título. Sabía que debía dirigirme a un lugar donde un médico hiciera mucha falta y, al mismo tiempo, donde tuviera la ocasión de iniciar una labor en beneficio de la comunidad que me brindara hospitalidad; es decir, una acción personal que se proyectara mucho más allá del ejercicio de la profesión. Debía buscar, pues, un sitio que además de darme la oportunidad de ejercer la medicina, me ofreciera la posibilidad de integrarme a su vida cívica, a su desarrollo social y –si fuera posible- a su progreso como pueblo. Intuía, eso sí, que me radicaría en el interior del país. Lo que desconocía aún al promediar la década del ’30 era hacia qué rumbo me llevaría el destino”.
Atilio Oscar Viglione falleció el 20 de marzo de 2010 y en este párrafo, extraído de la biografía que compuso junto al periodista y escritor Eduardo Hualpa, explica por qué eligió como destino Patagonia y desembarcó en una región a la que, desde su impronta, ayudaría a cambiar para siempre.
La vida pública de Viglione, que entre otros cargos desarrolló el complejo papel de conducir los destinos de la provincia en el retorno de la Democracia en 1983, es largamente conocida y reconocida en esta parte del país, pero también lo son innumerables anécdotas como médico, dirigente, funcionario o simplemente vecino, pues su paso por Chubut, a donde llegó cuando aún era Territorio Nacional, está marcado por sus tareas, es cierto, pero sobre todo por su honestidad y su hombría de bien.
Fue gobernador, diputado, presidente de cooperativas, de clubes, de foros de ciudadanos y creador de una institución, el Sanatorio Trelew, que trascendió a su tiempo y por el que pasó y pasa buena parte de la historia de la salud pública de la ciudad.
Llegó al lugar que eligió para vivir en la década del 40, cuando la ciudad de Luis –como la llama en su libro- apenas superaba los 6 mil habitantes. Así dejó atrás a su Chivilcoy natal, donde había nacido el 16 de setiembre de 1914, “año en que dio comienzo la Gran Guerra, como se llamó a la trágica lucha entre pueblos del Hemisferio Norte. Según todos creyeron, sería la última y la más cruenta. Pero se equivocaron”, dice en el primer párrafo de su biografía, que utiliza para explicar el recorrido que tuvo después su vida: “Es quizás por ello que mi destino es la lucha; porque hubo lucha desde que vine al mundo”.
“¿Quién me acompaña? Tengo que ir a ver un paciente a 28 de Julio” solía interrumpir a los habitantes del bar del club Huracán, en su época de presidente de la institución, buscando un ladero para enfrentar la noche, el hielo y el barro bajo el manto del invierno crudo.
Y allí salían, no importaba si la helada arreciaba y la lluvia convertía el viaje al confín del Valle en una temeridad. Se las arreglaba siempre para llegar, atender y dejar los remedios que hicieran falta, sin cobrarlos jamás. Y en más de una ocasión, a escondidas del enfermo para que no lo alcanzara la vergüenza, dejando el dinero necesario para los medicamentos en algún estante inalcanzable para la luz de las velas.
Las caminatas por verdaderos pantanos para llegar hasta alguna vivienda alejada, los pasatiempos truncos en pos de algún enfermo que necesitaba atención de urgencia allá lejos en la noche, o los números siempre a la vista para que todos supieran a dónde iba a parar cada centavo de las instituciones que le tocó comandar; forman parte de esos recuerdos que se marcaron a fuego en quienes lo conocieron y lo siguieron detrás de su figura cumbre, su vozarrón constante y su eterno ejemplo.
En 1983 lo eligieron gobernador. No le fue fácil la tarea y tuvo inconvenientes severos por un país que sufrió a horrores la inestabilidad propia de la época y una situación financiera que le explotó en las manos a Raúl Alfonsín, entonces presidente y amigo personal de Don Atilio. Afrontó todo eso con su temperamento de lucha, lo que incluyó descontentos y algunas protestas que lo marcaron a fuego. Sin embargo, el tiempo se encargó de poner en su lugar su verdadera estatura y hoy hay un reconocimiento universal a su tarea invalorable.
En el año 2005 este patriarca radical de la Patagonia inhóspita fue homenajeado por el entonces gobernador Das Neves con el nombre de una localidad, en el interior profundo de la provincia. La elección no fue casual: el paso de Atilio Viglione por Chubut estuvo marcado siempre por su ayuda a los más necesitados y en ese marco, como funcionario cuando le tocó serlo, se prodigó por los pueblos más alejados, los más pequeños, los de menores recursos.
El manejo de la cosa pública y la política, siempre cuestionada, fue la plataforma desde la que este hombre trascendió para meterse de lleno en la historia.
Fue único e irrepetible, y es una pena que así suceda. Por eso se extraña aún hoy, cuando ya llevamos cinco años sin Don Atilio.