Vivir en Japón

El chubutense que se radicó por amor y vivió de cerca el devastador tsunami.

24 ABR 2011 - 0:27 | Actualizado

Un poco antes del mediodía, Mauro estaba en su oficina, sentado frente a su computadora, cuando sintió un temblor en el suelo. Acostumbrado a esa sensación después de seis años de haber comenzado a vivir en Japón, sólo esperó a que el temblor pasara y siguió con su tarea cotidiana. Pero no tardaron en llegar los primeros signos de alarma. Primero fue un mail que llegó desde Italia, luego uno de Malta y minutos después otro de Rusia, al que le siguió uno de Dubai. No eran correos vinculados a los negocios internacionales de la empresa, sino que todos contenían las mismas preguntas: ¿Cómo están todos?, ¿les pasó algo?, ¿cuán grave es la situación? Las primeras noticias de la tragedia habían comenzado a girar por todo el planeta. Entonces Mauro se levantó de su silla, corrió al comedor de la empresa a mirar la televisión y, luego de algunos minutos de angustia por la escasez de información, todos los canales, al mismo tiempo, empezaron a mostrar cómo una inmensa ola de 15 metros de alto arrasaba con todo en la costa norte del país, una zona a la que él había visitado más de una vez pero que ahora veía, petrificado frente a la pantalla, cómo cambiaba para siempre.

Mauro es Mauro Damián Macías, un chubutense que nació hace casi 36 años (los cumplirá el próximo 8 de mayo) en Trelew y que desde hace seis vive en el país que desde el 11 de marzo de este año es noticia permanente por el tsumani y el peligro nuclear en Fukushima, una de las localidades afectadas por el fenómeno que siguió a uno de los terremotos más potentes que se registraron en la historia.

“Ese día hubo más de 35 sismos en Japón, pero hay un dicho popular en el país: no son los terremotos los que matan a la gente, sino las construcciones. Las casas son de madera o de material sintético liviano, lo cual las hace muy resistentes. Si no se hubiera producido el tsunami las consecuencias no hubieran sido tan desastrosas”, le explicó Mauro a Jornada durante una charla en su casa de Trelew, donde estuvo de visita la semana pasada antes de emprender el regreso el último jueves.

Mauro recibió a este diario con una revista japonesa en sus manos: una edición especial de una de las publicaciones más conocidas del país con fotos impactantes del devastador fenómeno que ya mató a unas 60 mil personas y dejó evacuadas, sin nada, a medio millón, según las informaciones que circulan en Japón y Mauro asegura conocer.

La empresa en la que Mauro trabaja -se llama Sasame y se dedica a la fabricación y venta de productos para la pesca deportiva, una actividad muy difundida en todo Japón- queda en Tamba -donde él vive-, a unos 200 kilómetros de Kyoto y a 600 de la zona del desastre. Siempre estuvo a salvo, pero como a todo habitante de Japón la catástrofe lo conmovió. Tanto que sus ojos oscuros rebalsan de lágrimas al recordar un llamado telefónico que recibieron en la empresa el miércoles siguiente a la tragedia, ocurrida un viernes: “Uno de nuestros clientes tenía tres locales de pesca hermosos y muy amplios. Muy cerca de sus negocios estaba su casa, también muy linda y amplia. Con el tsunami perdió todo, incluso a su familia, que murió. Él quedó en un centro de evacuados. Ese día llamó y pidió disculpas porque no iba a poder pagarnos”.

Por amor

Profesor y licenciado en Historia egresado de la Universidad Nacional de la Patagonia, Mauro conoció Japón el 7 de octubre de 2002, cuando llegó a Kyoto para desarrollar un proyecto con el cual había ganado una beca. Dos años después, con el proyecto ya desarrollado y la beca ya concluida, regresó a Trelew. Pero el lazo con el país no se rompió: siguió a través de una mujer a la que había conocido durante su estadía y con la que siguió en contacto a través de mails y de chats. Mauro le insistió con que viniera a poblar la Patagonia, pero ella le parecieron demasiado la distancia, las diferencias culturales y el desconocimiento. Entonces él tomó una decisión: renunció a la universidad, donde daba clases y ya se había ganado prestigio, y volvió a Japón. Pero esta vez sin ninguna beca ni trabajo a la vista: lo hizo por amor.

Seis años después y luego de una dura lucha ganada a la adaptación, dos de los tres productos de ese amor miran desde un portarretratos la entrevista que le hacen a su papá. Son León (como homenaje al escritor ruso Tolstoi) y Emika (cuyo nombre significa “una sonrisa inteligente”), que tienen 5 y 3 años. No está en esa foto, que decora el departamento de la madre de Mauro junto a dibujos y garabatos de ellos y otros nietos, Dante (que recibió el nombre por el poeta italiano Alighieri), que acaba de cumplir un año.

Casi como uno más

Arraigado, con casa propia estrenada en la última Navidad, y si plan alguno de volver a su tierra natal, Mauro habla de la tragedia de Japón tan conmovido como un habitante más, pero con la distancia de saberse, pese a todo, un extranjero. Por eso cuenta con admiración cómo, apenas ocurrido el tsunami, la sociedad de Japón comenzó a organizarse no sólo para sobrevivir, sino para reconstruir el país entero que, según las estimaciones que él conoce, vivirá el resto de 2011 y todo 2012 con ciertas dificultades, que serán superadas un año después, si el plan no sufre contratiempos.

“La gente en Japón ya sabe que cuando hay un aviso de tsunami tiene que salir de sus casas con lo que tiene. Si está desnudo, tiene que salir desnudo”, explicó Mauro. Es que uno de los tantos datos sobre la tragedia que no trascendieron en la Argentina es que la alarma con el aviso de la enorme ola se produjo media hora antes de que llegara a la costa. “Mucha gente murió porque perdió valiosos minutos en llevarse la foto de la abuela, algo de ropa o por hablar por teléfono con su familia para saber dónde estaba en ese momento”, sostuvo.

“Los momentos posteriores al tsunami fueron terribles. No había forma de comunicarse con nadie y la zona había quedado aislada porque todas las rutas estaban rotas. Sin embargo, horas después o al día siguiente la gente, ordenada, hacía cola para conseguir comida en los supermercados”, agregó sin explicitar demasiado -como si hiciera falta- el contraste de esa imagen con los saqueos que en la mayoría de los lugares del mundo (Haití, Chile, incluso Estados Unidos) se producen ante las catástrofes.

La reacción del Estado también fue rápida: “Al día siguiente comenzó la reconstrucción de las rutas. Una de ellas fue hecha de nuevo en sólo seis días. También pasó con las vías de los trenes. Mi cuñado se dedica a reparar trenes y a las pocas horas lo llamaron para empezar a trabajar. Las aseguradoras fueron salvadas por el Estado: el Banco de Japón destinó mil millones de dólares. Y también se anunciaron créditos para las empresas afectadas a una tasa del cero por ciento”.

Por este panorama, Mauro sabe que los tiempos que vienen “van a ser de mucha austeridad”, según sus palabras. Pero como un japonés más, no solamente ni piensa en volver, sino que encara con entusiasmo las horas previas a su regreso a Japón, que ya sabe que le demandará 27 horas de viaje. #

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24 ABR 2011 - 0:27

Un poco antes del mediodía, Mauro estaba en su oficina, sentado frente a su computadora, cuando sintió un temblor en el suelo. Acostumbrado a esa sensación después de seis años de haber comenzado a vivir en Japón, sólo esperó a que el temblor pasara y siguió con su tarea cotidiana. Pero no tardaron en llegar los primeros signos de alarma. Primero fue un mail que llegó desde Italia, luego uno de Malta y minutos después otro de Rusia, al que le siguió uno de Dubai. No eran correos vinculados a los negocios internacionales de la empresa, sino que todos contenían las mismas preguntas: ¿Cómo están todos?, ¿les pasó algo?, ¿cuán grave es la situación? Las primeras noticias de la tragedia habían comenzado a girar por todo el planeta. Entonces Mauro se levantó de su silla, corrió al comedor de la empresa a mirar la televisión y, luego de algunos minutos de angustia por la escasez de información, todos los canales, al mismo tiempo, empezaron a mostrar cómo una inmensa ola de 15 metros de alto arrasaba con todo en la costa norte del país, una zona a la que él había visitado más de una vez pero que ahora veía, petrificado frente a la pantalla, cómo cambiaba para siempre.

Mauro es Mauro Damián Macías, un chubutense que nació hace casi 36 años (los cumplirá el próximo 8 de mayo) en Trelew y que desde hace seis vive en el país que desde el 11 de marzo de este año es noticia permanente por el tsumani y el peligro nuclear en Fukushima, una de las localidades afectadas por el fenómeno que siguió a uno de los terremotos más potentes que se registraron en la historia.

“Ese día hubo más de 35 sismos en Japón, pero hay un dicho popular en el país: no son los terremotos los que matan a la gente, sino las construcciones. Las casas son de madera o de material sintético liviano, lo cual las hace muy resistentes. Si no se hubiera producido el tsunami las consecuencias no hubieran sido tan desastrosas”, le explicó Mauro a Jornada durante una charla en su casa de Trelew, donde estuvo de visita la semana pasada antes de emprender el regreso el último jueves.

Mauro recibió a este diario con una revista japonesa en sus manos: una edición especial de una de las publicaciones más conocidas del país con fotos impactantes del devastador fenómeno que ya mató a unas 60 mil personas y dejó evacuadas, sin nada, a medio millón, según las informaciones que circulan en Japón y Mauro asegura conocer.

La empresa en la que Mauro trabaja -se llama Sasame y se dedica a la fabricación y venta de productos para la pesca deportiva, una actividad muy difundida en todo Japón- queda en Tamba -donde él vive-, a unos 200 kilómetros de Kyoto y a 600 de la zona del desastre. Siempre estuvo a salvo, pero como a todo habitante de Japón la catástrofe lo conmovió. Tanto que sus ojos oscuros rebalsan de lágrimas al recordar un llamado telefónico que recibieron en la empresa el miércoles siguiente a la tragedia, ocurrida un viernes: “Uno de nuestros clientes tenía tres locales de pesca hermosos y muy amplios. Muy cerca de sus negocios estaba su casa, también muy linda y amplia. Con el tsunami perdió todo, incluso a su familia, que murió. Él quedó en un centro de evacuados. Ese día llamó y pidió disculpas porque no iba a poder pagarnos”.

Por amor

Profesor y licenciado en Historia egresado de la Universidad Nacional de la Patagonia, Mauro conoció Japón el 7 de octubre de 2002, cuando llegó a Kyoto para desarrollar un proyecto con el cual había ganado una beca. Dos años después, con el proyecto ya desarrollado y la beca ya concluida, regresó a Trelew. Pero el lazo con el país no se rompió: siguió a través de una mujer a la que había conocido durante su estadía y con la que siguió en contacto a través de mails y de chats. Mauro le insistió con que viniera a poblar la Patagonia, pero ella le parecieron demasiado la distancia, las diferencias culturales y el desconocimiento. Entonces él tomó una decisión: renunció a la universidad, donde daba clases y ya se había ganado prestigio, y volvió a Japón. Pero esta vez sin ninguna beca ni trabajo a la vista: lo hizo por amor.

Seis años después y luego de una dura lucha ganada a la adaptación, dos de los tres productos de ese amor miran desde un portarretratos la entrevista que le hacen a su papá. Son León (como homenaje al escritor ruso Tolstoi) y Emika (cuyo nombre significa “una sonrisa inteligente”), que tienen 5 y 3 años. No está en esa foto, que decora el departamento de la madre de Mauro junto a dibujos y garabatos de ellos y otros nietos, Dante (que recibió el nombre por el poeta italiano Alighieri), que acaba de cumplir un año.

Casi como uno más

Arraigado, con casa propia estrenada en la última Navidad, y si plan alguno de volver a su tierra natal, Mauro habla de la tragedia de Japón tan conmovido como un habitante más, pero con la distancia de saberse, pese a todo, un extranjero. Por eso cuenta con admiración cómo, apenas ocurrido el tsunami, la sociedad de Japón comenzó a organizarse no sólo para sobrevivir, sino para reconstruir el país entero que, según las estimaciones que él conoce, vivirá el resto de 2011 y todo 2012 con ciertas dificultades, que serán superadas un año después, si el plan no sufre contratiempos.

“La gente en Japón ya sabe que cuando hay un aviso de tsunami tiene que salir de sus casas con lo que tiene. Si está desnudo, tiene que salir desnudo”, explicó Mauro. Es que uno de los tantos datos sobre la tragedia que no trascendieron en la Argentina es que la alarma con el aviso de la enorme ola se produjo media hora antes de que llegara a la costa. “Mucha gente murió porque perdió valiosos minutos en llevarse la foto de la abuela, algo de ropa o por hablar por teléfono con su familia para saber dónde estaba en ese momento”, sostuvo.

“Los momentos posteriores al tsunami fueron terribles. No había forma de comunicarse con nadie y la zona había quedado aislada porque todas las rutas estaban rotas. Sin embargo, horas después o al día siguiente la gente, ordenada, hacía cola para conseguir comida en los supermercados”, agregó sin explicitar demasiado -como si hiciera falta- el contraste de esa imagen con los saqueos que en la mayoría de los lugares del mundo (Haití, Chile, incluso Estados Unidos) se producen ante las catástrofes.

La reacción del Estado también fue rápida: “Al día siguiente comenzó la reconstrucción de las rutas. Una de ellas fue hecha de nuevo en sólo seis días. También pasó con las vías de los trenes. Mi cuñado se dedica a reparar trenes y a las pocas horas lo llamaron para empezar a trabajar. Las aseguradoras fueron salvadas por el Estado: el Banco de Japón destinó mil millones de dólares. Y también se anunciaron créditos para las empresas afectadas a una tasa del cero por ciento”.

Por este panorama, Mauro sabe que los tiempos que vienen “van a ser de mucha austeridad”, según sus palabras. Pero como un japonés más, no solamente ni piensa en volver, sino que encara con entusiasmo las horas previas a su regreso a Japón, que ya sabe que le demandará 27 horas de viaje. #