Mañana los libios recordarán la llamada "jornada de ira", que el viernes 17 de febrero de 2011 marcó el inicio de uno de los episodios más famosos de las Primaveras Árabes, con un levantamiento popular pacífico primero, una revuelta islamista que devino en guerra civil después, y finalmente derivó en una campaña de ataques aéreos de la OTAN.
En agosto de ese año un heterogéneo frente de milicias islamistas, con el apoyo aéreo de las bombas de las potencias occidentales, tomó el poder en Trípoli, la capital, y dos meses después capturaron y asesinaron a Kaddafi en Sirte, su ciudad natal en la zona central de la costa mediterránea del país.
Desde entonces, Libia, de estructura esencialmente tribal, quedó a merced de milicias que habían sido financiadas y armadas por las potencias occidentales durante el levantamiento contra Kaddafi.
Esos grupos ahora combaten en distintas regiones y con dos parlamentos que se disputan el poder pese a los esfuerzos de la ONU por instaurar un gobierno de unión nacional.
En 2014, una alianza de milicias, entre ellas varias islamistas, tomaron el control de Trípoli y establecieron un Parlamento paralelo al reconocido por la comunidad internacional, que se vio obligado a huir hacia Tobruk, en el noreste del país, cerca de la frontera con Egipto.
Favorecida por ese caos político y un clima de violencia generalizada, la milicia Estado Islámico (EI), la misma que en 2014 logró avanzar hasta tomar más de un cuarto del territorio de Siria e Irak, empezó a operar en el país y se hizo con el control de la ciudad de Sirte, otrora bastión kadafista.
Tanto creció el EI que desde hace unos meses comenzó a circular el rumor de una posible nueva ofensiva militar occidental contra el país, está vez como un anexo de la campaña de bombardeos aéreos que Estados Unidos y sus aliados lanzan hace más de un año y medio contra la milicia islamista en Irak y Siria.
A principio de febrero, Estados Unidos e Italia descartaron la posibilidad de una ofensiva aérea contra Sirte, en Libia; sin embargo, el gobierno vecino de Túnez hizo saber la semana pasada su temor a un nuevo conflicto internacional en la región y a un nuevo aluvión de refugiados libios.
"Nos informaron que los libios se preparan para un posible intervención extranjera y para bombardeos para combatir al Daesh (acrónimo en árabe para el EI). Yo me dirijo, muy claramente, a mis amigos y les digo que en esta ocasión no piensen sólo en sus intereses. Consúltennos", reclamó el presidente tunecino, Beji Caid Esebssi, un aliado de las potencias occidentales que también llegó al poder gracias a un levantamiento de la Primavera Árabe.
En este contexto de desgobierno, rumores y violencia, la ONU redobló su apuesta a comienzo de este año para terminar con la doble autoridad de los parlamentos rivales que mantiene al país norafricano al borde la fragmentación.
Tras un primer fracaso a finales de enero, el Consejo Presidencial designado por la ONU presentó una nueva propuesta para crear un gobierno de unidad nacional con 13 carteras, que serían divididas entre las tres regiones históricas de Libia: cinco ministerios para la occidental Tripolitania, cuatro para la oriental Cirenaica y las restantes cuatro para el Sur.
Pese a las renovada ofensiva de la ONU, las diferencias aún persisten entre los dos parlamentos e, inclusive, dentro de cada uno, sobre quién debería encabezar el codiciado Ministerio de Defensa y si es posible compartir gabinete con ex aliados y funcionarios de Kaddafi.
Para evitar un nuevo fracaso prematuro, el Parlamento libio de Tobruk aceptó hoy la petición del presidente del Consejo presidencial designado por la ONU, Mohamad Fayez al Serraj, de posponer una semana la sesión, en la que deben discutir y aprobar el nuevo gobierno de unidad nacional.
"La Cámara de Tobruk le informó (a la ONU), no obstante, que tiene hasta el sábado para presentar el nuevo gabinete, que deberá entregar con el currículum vitae de los candidatos y sus méritos para el puesto", explicó en un comunicado oficial el Parlamento reconocido por la comunidad internacional, según el diario local Libya Herald.
Si el Consejo Presidencial designado por Naciones Unidas entrega un nuevo gabinete que satisfaga al Parlamento de Tobruk antes del sábado, éste lo aprobaría en una sesión especial el próximo martes 23 de febrero.
Si esto sucede, el nuevo gobierno de unidad nacional deberá ser ratificado por el Parlamento rebelde de Trípoli, en mano de las milicias no reconocidas por la comunidad internacional.
No será un proceso de negociación fácil; sin embargo, las potencias occidentales parecen haber entendido en los últimos tiempos que una Libia sumida en un vacío de poder y un caos militar rápidamente se convierte en un problema para la región y, potencialmente, para Europa, en la otra orilla del mar Mediterráneo.
En medio del caos político, Libia funcionó durante casi todo 2015 como el principal puerto de salida de la mayoría de refugiados e inmigrantes de Medio Oriente y África que buscaban llegar a las costas europeas y pedir asilo.
La salida de barcos desde el norte de Libia sólo menguó cuando la Unión Europea presionó al Parlamento de Tobruk para que frene el flujo de personas y éste respondió atacando a los barcos con refugiados y deteniendo a los que querían escapar de la violencia y el hambre en centros abarrotados e insalubres.
Al mismo tiempo, las potencias occidentales advirtieron en repetidos informes de inteligencia que alrededor de 5.000 libios se unieron al EI y viajaron durante los últimos dos años a Irak y Siria para sumarse a su lucha contra los gobiernos locales y los aliados de Estados Unidos y Europa en esos países.
Mañana los libios recordarán la llamada "jornada de ira", que el viernes 17 de febrero de 2011 marcó el inicio de uno de los episodios más famosos de las Primaveras Árabes, con un levantamiento popular pacífico primero, una revuelta islamista que devino en guerra civil después, y finalmente derivó en una campaña de ataques aéreos de la OTAN.
En agosto de ese año un heterogéneo frente de milicias islamistas, con el apoyo aéreo de las bombas de las potencias occidentales, tomó el poder en Trípoli, la capital, y dos meses después capturaron y asesinaron a Kaddafi en Sirte, su ciudad natal en la zona central de la costa mediterránea del país.
Desde entonces, Libia, de estructura esencialmente tribal, quedó a merced de milicias que habían sido financiadas y armadas por las potencias occidentales durante el levantamiento contra Kaddafi.
Esos grupos ahora combaten en distintas regiones y con dos parlamentos que se disputan el poder pese a los esfuerzos de la ONU por instaurar un gobierno de unión nacional.
En 2014, una alianza de milicias, entre ellas varias islamistas, tomaron el control de Trípoli y establecieron un Parlamento paralelo al reconocido por la comunidad internacional, que se vio obligado a huir hacia Tobruk, en el noreste del país, cerca de la frontera con Egipto.
Favorecida por ese caos político y un clima de violencia generalizada, la milicia Estado Islámico (EI), la misma que en 2014 logró avanzar hasta tomar más de un cuarto del territorio de Siria e Irak, empezó a operar en el país y se hizo con el control de la ciudad de Sirte, otrora bastión kadafista.
Tanto creció el EI que desde hace unos meses comenzó a circular el rumor de una posible nueva ofensiva militar occidental contra el país, está vez como un anexo de la campaña de bombardeos aéreos que Estados Unidos y sus aliados lanzan hace más de un año y medio contra la milicia islamista en Irak y Siria.
A principio de febrero, Estados Unidos e Italia descartaron la posibilidad de una ofensiva aérea contra Sirte, en Libia; sin embargo, el gobierno vecino de Túnez hizo saber la semana pasada su temor a un nuevo conflicto internacional en la región y a un nuevo aluvión de refugiados libios.
"Nos informaron que los libios se preparan para un posible intervención extranjera y para bombardeos para combatir al Daesh (acrónimo en árabe para el EI). Yo me dirijo, muy claramente, a mis amigos y les digo que en esta ocasión no piensen sólo en sus intereses. Consúltennos", reclamó el presidente tunecino, Beji Caid Esebssi, un aliado de las potencias occidentales que también llegó al poder gracias a un levantamiento de la Primavera Árabe.
En este contexto de desgobierno, rumores y violencia, la ONU redobló su apuesta a comienzo de este año para terminar con la doble autoridad de los parlamentos rivales que mantiene al país norafricano al borde la fragmentación.
Tras un primer fracaso a finales de enero, el Consejo Presidencial designado por la ONU presentó una nueva propuesta para crear un gobierno de unidad nacional con 13 carteras, que serían divididas entre las tres regiones históricas de Libia: cinco ministerios para la occidental Tripolitania, cuatro para la oriental Cirenaica y las restantes cuatro para el Sur.
Pese a las renovada ofensiva de la ONU, las diferencias aún persisten entre los dos parlamentos e, inclusive, dentro de cada uno, sobre quién debería encabezar el codiciado Ministerio de Defensa y si es posible compartir gabinete con ex aliados y funcionarios de Kaddafi.
Para evitar un nuevo fracaso prematuro, el Parlamento libio de Tobruk aceptó hoy la petición del presidente del Consejo presidencial designado por la ONU, Mohamad Fayez al Serraj, de posponer una semana la sesión, en la que deben discutir y aprobar el nuevo gobierno de unidad nacional.
"La Cámara de Tobruk le informó (a la ONU), no obstante, que tiene hasta el sábado para presentar el nuevo gabinete, que deberá entregar con el currículum vitae de los candidatos y sus méritos para el puesto", explicó en un comunicado oficial el Parlamento reconocido por la comunidad internacional, según el diario local Libya Herald.
Si el Consejo Presidencial designado por Naciones Unidas entrega un nuevo gabinete que satisfaga al Parlamento de Tobruk antes del sábado, éste lo aprobaría en una sesión especial el próximo martes 23 de febrero.
Si esto sucede, el nuevo gobierno de unidad nacional deberá ser ratificado por el Parlamento rebelde de Trípoli, en mano de las milicias no reconocidas por la comunidad internacional.
No será un proceso de negociación fácil; sin embargo, las potencias occidentales parecen haber entendido en los últimos tiempos que una Libia sumida en un vacío de poder y un caos militar rápidamente se convierte en un problema para la región y, potencialmente, para Europa, en la otra orilla del mar Mediterráneo.
En medio del caos político, Libia funcionó durante casi todo 2015 como el principal puerto de salida de la mayoría de refugiados e inmigrantes de Medio Oriente y África que buscaban llegar a las costas europeas y pedir asilo.
La salida de barcos desde el norte de Libia sólo menguó cuando la Unión Europea presionó al Parlamento de Tobruk para que frene el flujo de personas y éste respondió atacando a los barcos con refugiados y deteniendo a los que querían escapar de la violencia y el hambre en centros abarrotados e insalubres.
Al mismo tiempo, las potencias occidentales advirtieron en repetidos informes de inteligencia que alrededor de 5.000 libios se unieron al EI y viajaron durante los últimos dos años a Irak y Siria para sumarse a su lucha contra los gobiernos locales y los aliados de Estados Unidos y Europa en esos países.